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¿Es sólo un mal recuerdo o un trauma del pasado?

Por más que deseemos dejarlos atrás, los eventos traumáticos de nuestra infancia tienen un efecto en nuestro presente. Reconocerlos y acomodarlos mejor en nuestra biografía es el camino más liberador.

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Por Álvaro Valdivia Pareja

Psicólogo clínico y suicidólogo
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Bruno creció en un hogar donde evitaban hablar de cosas tristes y preferían concentrarse solo en temas positivos. Por eso, cuando comentaba que en el colegio le decían gordo, su familia respondía: “no les hagas caso”, “estás exagerando”, “quizás puedes bajar un poco de peso”. En la secundaria, Bruno empezó a reaccionar de manera violenta ante las burlas de sus compañeros, siendo etiquetado como chico problema.

A los quince años abusaron sexualmente de Pamela. Desde ese momento, ella ha tenido incontables pesadillas y flashbacks inquietantes sobre lo que le pasó. Actualmente tiene veintisiete años y considera que la actividad sexual la convierte en una persona “sucia”. Pamela tiene mucho temor a que la dañen emocionalmente y prefiere no involucrarse en relaciones afectivas.

El mejor amigo de Mateo le contó, profundamente dolido, que su mamá se había quitado la vida. Y, aun cuando Mateo nunca vio lo que pasó, desde que su amigo compartió los detalles de la muerte de su madre, él lucha por sacar de su cabeza las imágenes intrusivas que tiene cada vez que imagina lo que sucedió.

¿En cuál de estos tres casos consideraríamos que existe un trauma? La respuesta es que no nos corresponde a nosotros definirlo. Ni siquiera a los profesionales de la salud mental. El trauma implica cualquier suceso, o conjunto de sucesos que, habiendo terminado, siguen produciendo perturbación psicológica sin explicarse de manera concreta en hechos presentes. La única persona que puede validar si una experiencia fue traumática o no para ella es quien la atravesó. Por eso, sin importar las diferencias en sus historias, tanto Bruno, Pamela y Mateo pueden estar cargando con el peso del trauma.

Tradicionalmente, la psicología consideraba que solo un evento altamente perturbador —como un terremoto, el abuso sexual o la muerte repentina de un ser querido— podía producir los síntomas más conocidos del diagnóstico de estrés post traumático: flashbacks, pesadillas, pánico frente a situaciones similares, etc. No obstante, las teorías contemporáneas del trauma demuestran que una historia de invalidación emocional, apego inseguro o exceso de protección en la infancia podría producir los mismos síntomas. Es decir, a un niño lo puede lastimar un padre abusivo que lo golpea o una madre que lo sobreprotege y no le permite actuar por él mismo. Así se trate de un avión que estuvo a punto de caerse o de un apodo ofensivo en el colegio, un trauma puede provocar en el futuro depresión, ansiedad, ideación y riesgo suicida.

Una persona que vive con trauma tiene un pie en el pasado y uno en el presente. Enfrentar el día a día de esa forma puede ser muy desgastante. Es normal, entonces, que como sucede con muchos otros problemas de salud mental, se recurra a la evitación experiencial como mecanismo de defensa frente a algo muy doloroso. La persona tomará la decisión de evitar a toda costa cualquier situación que pueda revivir el pasado. No obstante, los efectos de eventos traumáticos pueden ir más allá de lo que logramos percibir. En algunos casos producen desconexión con la realidad, episodios de olvidos recurrentes, sensación de desconexión con el propio cuerpo, entre otros. A todo eso, se le conoce como disociación.

Sobre los efectos y el tratamiento del trauma aún hay mucho por aprender. A mediados de los noventa, un estudio realizado con más de 17.000 personas en Estados Unidos arrojó la posibilidad de que las adversidades en la infancia tengan relación con los problemas de salud en la vida adulta. Los participantes que habían crecido con padres drogadictos, violentos, encarcelados; que habían sufrido abuso sexual o abandono, triplicaban la incidencia de cáncer de pulmón, enfermedades cardíacas y su esperanza de vida se redujo en veinte años.

“Los traumas de la infancia se meten debajo de tu piel y generan cambios en tu cuerpo”, dice la Dra. Nadine Burke, pediatra y jefa de cirugía del estado de California. Burke dirige un centro de salud y bienestar en el barrio más pobre de San Francisco. Con su práctica médica ha podido comprobar que la reacción frente al trauma no es una cuestión de carácter sino fisiológica. El organismo, explica, responde al miedo segregando hormonas del estrés, como la adrenalina y el cortisol. Si estas se mantienen muy elevadas durante periodos prolongados en la infancia, modifican el cerebro del niño y cambian su balance neuroquímico.

En una entrevista para The New York Times, la Dra. Burke cuenta cómo ha integrado su visión sobre el trauma en el centro de salud que dirige. La mayoría de sus pacientes son niños y adolescentes en situaciones adversas. Uno de los primeros fue un pequeño de siete años con constantes cuadros de asma al que los medicamentos no lograban calmar. Burke y su equipo decidieron añadir a su historia médica detalles sobre su historia familiar. Descubrieron que su padre era alcohólico, su mamá sufría depresión severa y que el niño había sido víctima de abuso sexual unos años atrás. Para la pediatra, el diagnóstico era evidente: más allá del asma, el cuerpo de su paciente era un cúmulo de angustia y necesitaba tratamiento para el estrés crónico. Al poco tiempo, los ataques de asma del niño empezaron a disminuir.

Hay suficiente evidencia de que la salud mental tiene impacto en la salud física. Y, quizás por experiencia personal, todos sabemos que no se puede alcanzar un verdadero bienestar ignorando lo que sentimos. Aun así, según el Instituto Nacional de la Salud en Estados Unidos, una persona con un trastorno mental, como ansiedad o depresión, puede demorar alrededor de diez años en pedir ayuda. La mayoría cree que se trata de algo que tiene que sobrellevar o que simplemente pasará.

Lamentablemente los traumas no desaparecen. Aún cuando no seamos conscientes de ellos, cuando no los identifiquemos, pueden estar afectando a la persona que somos hoy. Una de las razones por las que muchos evitan ir a terapia es justamente para “no remover heridas del pasado”. Quizás crean que será una experiencia dolorosa, un simple desfogue sin posibilidad de cambios concretos. Pero no es así. Hay evidencia de que la psicoterapia puede ayudar a una persona a reprocesar las memorias de eventos traumáticos y disminuir la intensidad de las emociones vinculadas a ellas. Además, puede generar nuevas asociaciones de recuerdos positivos en los canales neuronales en los que se han alojado los sucesos traumáticos. Y, sí, es posible que el paciente hasta recuerde episodios dolorosos que había olvidado por completo pero lo hará en un ambiente seguro, de forma controlada y menos perturbadora.

Puede que encontrar al psicoterapeuta con el que uno se sienta cómodo tome tiempo, pero es una búsqueda que vale la pena. La atención profesional no borrará los traumas del pasado pero nos ayudará a acomodarlos de tal forma que ya no limiten ni alteren nuestro presente.

¿Cómo puedo saber si un evento de mi pasado ha sido traumático para mí?

Presta atención a cuántas preguntas respondes con sí. Ante el recuerdo de un suceso doloroso:

  • ¿Sientes que estás experimentando lo mismo que aquella vez?
  • ¿Lo recuerdas con imágenes, olores, sensaciones del cuerpo o emociones intensas que surgen “de la nada”?
  • ¿Tienes pesadillas al respecto?
  • ¿Algún evento reciente, similar, hace que revivas lo sucedido?
  • ¿Sientes temor o pánico sin ninguna razón actual aparente?
  • ¿Eres incapaz de recordar bien lo que pasó?
  • ¿Has olvidado aquella etapa de tu vida?
  • ¿Se te hace imposible hablar sobre lo que te pasó?

Álvaro Valdivia Pareja es psicólogo clínico. Fundador y director de Sentido - Centro Peruano de Suicidología y Prevención del Suicidio. Autor del libro Suicidología (2015). Escribe la columna "Reflexiones en cuarentena" dos veces al mes.

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