Si tú o alguien cercano ha esperado una quimioterapia en un hospital y el medicamento no estaba disponible, sabes lo que significa esa angustia. No siempre se debe a falta de presupuesto. En varios casos, el problema estuvo —y sigue estando— en las compras públicas. Entre 2019 y 2025, el Ministerio de Salud adquirió 19 lotes de fármacos contra el cáncer con graves fallas de calidad: bacterias, partículas de vidrio y concentraciones menores a las declaradas.

Más de 140 mil frascos fueron destruidos. Eran tratamientos que no llegaron cuando más se necesitaban. En al menos un caso, productos defectuosos se distribuyeron a hospitales y se aplicaron antes de que se emitiera la alerta.

Estos medicamentos provenían de cinco laboratorios de India que abastecen a más de 100 países y que aún venden al Estado peruano. El sistema que permitió estas adquisiciones no ha sido reformado y las mismas reglas siguen vigentes. Esta es una serie de Salud con lupa y The Bureau of Investigative Journalism que continuará en 2026.

Reportaje DIGEMID

Seis proyectos y ninguna reforma: la Digemid sigue sin cambios

Tras muertes y casos graves vinculados a fallas en el control sanitario, seis proyectos intentan reemplazar a la autoridad de medicamentos. La Comisión de Salud del Congreso suspendió el predictamen en diciembre y las debilidades estructurales continúan: autonomía limitada, capacidad técnica insuficiente y controles desiguales.

Lo que significa para los pacientes

El cáncer se produce cuando algunas células del cuerpo crecen y se dividen sin control debido a mutaciones que alteran su funcionamiento normal. En lugar de morir cuando corresponde, continúan multiplicándose y pueden formar tumores o invadir otros órganos.

La quimioterapia utiliza medicamentos que interrumpen ese proceso. Los fármacos incluidos en nuestra investigación —cisplatino, ciclofosfamida, doxorrubicina, ifosfamida y metotrexato— actúan interfiriendo en mecanismos esenciales para la división celular, como la replicación del ADN.

Aunque funcionan de manera distinta, comparten un objetivo: frenar o destruir las células cancerosas que se multiplican rápidamente. Sin embargo, también pueden afectar células sanas que se dividen con rapidez, como las del cabello o la médula ósea, lo que explica varios de sus efectos secundarios.

A pesar de ello, la quimioterapia sigue siendo un pilar del tratamiento contra el cáncer y ha mejorado la supervivencia de millones de pacientes.

Las empresas que producen estos medicamentos tienen la responsabilidad de que cumplan estándares de calidad. Muchos oncológicos se administran por vía intravenosa: entran directamente a la sangre. No pasan por barreras como la piel o el sistema digestivo. Por eso, cualquier contaminación puede tener consecuencias mortales.

En el proceso pueden ocurrir distintos errores: que ingresen bacterias si fallan las condiciones de limpieza; que el agua o las materias primas no tengan la pureza necesaria; que los equipos no estén bien desinfectados; o que haya fallas en la formulación y la dosis no sea la correcta. Antes de distribuirse, cada lote debe ser analizado para comprobar que es seguro.

Cuando esos controles fallan, el medicamento puede estar contaminado, tener menos (o más) dosis de la indicada o perder estabilidad. En personas que reciben quimioterapia —cuyo sistema inmune suele estar debilitado— esto puede traducirse en infecciones graves o en un tratamiento que no haga el efecto esperado.

Para una persona con cáncer, cada ciclo de quimioterapia es decisivo. El tratamiento sigue un calendario preciso y cualquier falla puede alterar todo el proceso. Si el medicamento no tiene la calidad adecuada o no contiene la dosis correcta, puede no hacer efecto. Si está contaminado, el riesgo es inmediato: infecciones graves, complicaciones y, en algunos casos, la muerte.

Esto ya ha ocurrido. En 2019, pacientes en Arabia Saudita desarrollaron fiebre alta tras recibir un medicamento oncológico defectuoso y uno falleció. Ese mismo año, en Colombia, varios niños murieron y más de cien enfermaron después de que se les administrara un fármaco contaminado. En 2022, en Yemen y Líbano, se reportaron casos de metotrexato contaminado con bacterias.

Cuando los controles fallan, el impacto no se queda en un informe técnico. Se siente en la sala de quimioterapia. Afecta a personas que dependen de cada dosis para seguir viviendo.

Las Buenas Prácticas de Manufactura (BPM) son normas técnicas que regulan cómo deben fabricarse los medicamentos para asegurar que cada lote cumpla estándares de calidad, seguridad y eficacia. Establecen requisitos sobre instalaciones, personal, procesos de producción, control de calidad, documentación y almacenamiento.

Su finalidad es garantizar que los medicamentos se produzcan de forma consistente y conforme a las especificaciones aprobadas por la autoridad sanitaria. Esto incluye controles sobre materias primas, condiciones ambientales, validación de procesos y pruebas antes de que el producto sea distribuido.

Si estas normas no se cumplen, aumenta el riesgo de contaminación, errores en la concentración del principio activo o fallas en la estabilidad del medicamento, lo que puede comprometer la seguridad del paciente.

Analizar la calidad de un medicamento requiere laboratorios especializados, equipos costosos y personal capacitado. Sin esa infraestructura es difícil verificar si un producto tiene la dosis correcta, está libre de contaminación o cumple los estándares exigidos.

La brecha es clara en algunas regiones. En el África subsahariana, por ejemplo, solo siete países cuentan con laboratorios aprobados por la Organización Mundial de la Salud para realizar estos análisis. En muchos otros casos, los gobiernos dependen de certificados emitidos en el extranjero o de controles realizados por terceros.

En el Perú, cuando se realiza una compra pública de medicamentos, el Centro Nacional de Abastecimiento de Recursos Estratégicos en Salud (Cenares) encarga las pruebas de control de calidad a un laboratorio privado acreditado por el Instituto Nacional de Salud. El Estado no cuenta con un laboratorio propio para realizar directamente estos análisis. Por eso debe enviarlos a un tercero, y el proceso puede demorar varios días. Esto retrasa la confirmación de posibles problemas y limita la capacidad de reacción inmediata.

La Organización Mundial de la Salud mantiene un sistema de alerta rápida para medicamentos de calidad inferior o falsificados. Cuando un ministerio de salud, una autoridad reguladora o un hospital detecta un problema —por ejemplo, un lote contaminado o un producto que no cumple con las especificaciones—, la información se evalúa y, si se confirma el riesgo, se emite una alerta a todos los Estados miembros.

Estas alertas permiten retirar productos del mercado, advertir a otros países y prevenir que el mismo medicamento siga circulando en distintos territorios. Es un mecanismo de coordinación internacional que ayuda a contener daños.

Pero tiene una limitación clave: el sistema se activa después de que el problema ha sido detectado, muchas veces cuando ya se han producido efectos adversos en pacientes. No es un filtro previo que revise cada medicamento antes de que llegue al mercado. Depende de que un país identifique la falla y la reporte.

La Lista de Medicamentos Esenciales de la Organización Mundial de la Salud es un catálogo de los fármacos que se consideran más seguros y eficaces para atender las necesidades prioritarias de salud de una población. Incluye tratamientos para enfermedades comunes y graves, entre ellas varios tipos de cáncer.

La lista no obliga a los países a comprar esos medicamentos, pero sirve como guía. Ayuda a los gobiernos a decidir qué productos deben estar disponibles en hospitales y centros de salud, especialmente cuando los recursos son limitados.

En contextos donde el presupuesto es ajustado, esta lista permite priorizar lo indispensable y orientar las compras públicas hacia medicamentos cuya eficacia y seguridad están respaldadas por evidencia científica.