En distintos lugares del mundo, una gran parte de los alimentos que se producen nunca llega a un plato. Se queda en los campos después de la cosecha o se descarta en los mercados por su apariencia, su tamaño o porque madurará demasiado rápido para venderse a tiempo. Aunque siguen siendo alimentos nutritivos, terminan convertidos en desperdicio.
En Perú, un grupo de mujeres decidió cambiar ese destino.
Organizadas en ollas comunes —cocinas comunitarias que sostienen la alimentación de muchos barrios—, salen en brigadas para recuperar alimentos que de otro modo terminarían desechados. A veces entran a chacras después de la cosecha principal y recogen lo que quedó en el campo: tomates, camotes, zanahorias, apio y otras verduras que ya no serán comercializadas. Otras veces recorren mercados mayoristas y separan frutas y hortalizas que los comerciantes descartan.
Lo que recuperan vuelve a las cocinas de los barrios, donde se preparan almuerzos para familias que dependen de las ollas comunes para comer cada día.
Este trabajo ocurre en Pachacámac, un distrito al sur de Lima. Allí, la Red de Ollas de Pachacámac ha convertido la recuperación de alimentos en una práctica organizada que lleva seis años funcionando. Solo entre febrero y abril de 2025, la brigada que trabaja en chacras recuperó 4,119 kilos de alimentos frescos en 20,470 metros cuadrados de campos cultivados en el valle de Lurín.
Al recoger lo que quedó tras la cosecha principal, también ayudaron a los agricultores a evitar un gasto de 1,666 soles (unos 450 dólares) que habrían tenido que pagar para limpiar los terrenos antes de volver a sembrar. El valor estimado de lo recolectado en ese periodo fue de 10,634 soles (alrededor de 2,800 dólares).
La experiencia empezó a tomar forma durante los años más duros de la pandemia. En sus dos primeros años de trabajo, entre mayo de 2020 y septiembre de 2022, la Red de Ollas de Pachacámac logró recuperar más de 800 toneladas de alimentos en mercados mayoristas de Lima. El modelo no nació en una oficina pública ni en un programa estatal, sino en la propia comunidad, a partir de la necesidad urgente de asegurar comida para los barrios.
La escala de este esfuerzo se entiende mejor cuando se mira lo que ocurre en el país. Cada año, en el Perú se desperdician más de 12 millones de toneladas de alimentos, casi la mitad de todo lo que se produce, según estimaciones de la FAO. Frente a ese volumen, la recuperación sigue siendo mínima: apenas unas 8,200 toneladas al año. La diferencia muestra cuánto alimento aún podría aprovecharse.
En 2022, el país aprobó una ley para promover la recuperación y donación de alimentos. Pero su implementación todavía está incompleta. Ministerios como Desarrollo Agrario y Riego (Midagri), Desarrollo e Inclusión Social (Midis) y Salud aún tienen pendientes disposiciones clave para que esta norma funcione plenamente. Mientras esas reglas terminan de definirse, las mujeres de las ollas comunes continúan haciendo el trabajo en el terreno.
También empiezan a aparecer algunas señales alentadoras. La Municipalidad de Lima acaba de retomar el contacto con la red de ollas comunes de Pachacámac para explorar cómo apoyar esta experiencia de recuperación de alimentos. Todavía no hay decisiones a gran escala, pero es un primer paso. Una solución que nació en la comunidad empieza a despertar interés en las instituciones públicas.
En Salud con lupa seguimos desde hace varios años el trabajo de las mujeres de las ollas comunes que recuperan alimentos para sus barrios. En ese camino hemos conocido de cerca a su presidenta, Julia Ninahuamán, y a las líderes de brigada María Zubilete y Deisy López, entre muchas otras mujeres que organizan jornadas de recuperación en chacras y mercados para evitar que alimentos en buen estado terminen en la basura.
A comienzos de este año contamos en este newsletter uno de sus avances más importantes: la inauguración del primer banco comunitario de alimentos. Es un espacio organizado por la propia red donde pueden recibir, clasificar y distribuir los productos recuperados para que lleguen a más ollas comunes y a más familias.
Hace unos días recibimos una noticia que nos alegró mucho. Salud con lupa fue reconocido con el premio “Ayuda humanitaria: la esperanza que reconstruye al Perú”, otorgado por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Nuestro colega Brayan Ramos, quien durante un año trabajó en estrecho contacto con las ollas comunes y documentó esta experiencia de recuperación de alimentos en chacras y mercados, recibió el reconocimiento en la categoría digital.
Para un medio pequeño como el nuestro, este tipo de gestos tiene un valor especial. Nos anima a seguir haciendo periodismo cerca de las comunidades, escuchando lo que ocurre en los barrios, investigando las decisiones públicas que afectan la salud y mostrando también las respuestas que las propias personas organizadas empiezan a construir.
Cada martes envío un newsletter donde comparto estas historias, hallazgos y reflexiones antes de que salgan en la web de Salud con lupa. Si quieres recibirlo en tu correo, puedes suscribirte aquí: