Perfiles para conocer a los que nos dejaron en la pandemia

Las soluciones de mamá

La señora Claudia Aliaga tenía siempre las respuestas correctas. Era una experta resolviendo los crucigramas que salían en los periódicos. Llenaba las casillas con temas de historia, geografía, elementos químicos o nombres de famosos con la misma dedicación e inteligencia con la que ayudaba a sus seis hijos en las tareas escolares. Aunque no había culminado el colegio, era una maestra para su familia. Había sido mamá muy temprano, y a los diecinueve años dejó Huancavelica para venir a Lima junto a Juana, su primera hija de cinco años. En sus ratos libres, también resolvía pupiletras y sudokus, y si no le quedaba tiempo en el día, recortaba la página del crucigrama y la guardaba para resolverla después.

Sus hijos crecieron viendo que ella tenía soluciones para todo, en especial para decidir qué se cocinaba y para multiplicar las raciones. “Hacía magia”, dice su hija Juana Prado. Había vendido jugos y menú en un mercado de San Juan de Lurigancho, y por eso en su casa cocinaba lo que hubiera. Nada se desaprovechaba. Se las ingeniaba para hacer platos como cau cau o seco de pota, su carapulcra o su pollo a la olla eran ideales para satisfacer a las visitas inesperadas, y cuando había que cortar un pastel, solo ella tomaba el cuchillo porque podía hacer que alcance para todos. En los cumpleaños, preparaba el plato preferido del agasajado y compraba regalos porque en algún lugar de la casa -donde llegó a abrir un locutorio y luego una bodega- escondía dinero para esas ocasiones especiales y para emergencias. Siempre ahorraba, pero nunca en un banco. “Debes tener tu guardadito cerca”, le repetía a su hija.

En casa confiaban en sus consejos tanto como en su buena suerte. Tenían razones para ello. Claudia Aliaga había ganado sorteos, bingos, rifas, y una vez en los ochentas, en el programa concurso “Triki Trak” de “Rulito” Pinasco, giró una ruleta y ganó una canasta repleta de una marca de puré de papa y sopas instantáneas que todos comieron por semanas. En esa misma época, cuando había apagones en la noche, su solución para calmar a sus hijos era contarles chistes o cuentos de misterio hasta que volviera la luz. A ellos, y luego a sus nietos, les hacía recordar las tres palabras mágicas que siempre debían decir: por favor, buenos días, gracias.

Juana Prado recuerda a su madre

Autor: Julio Escalante / Editor: Juan Francisco Ugarte

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