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Siguen desapareciendo los glaciares del Perú… ¿Cómo nos afecta este deshielo?

Aunque la desaparición de un glaciar suena a una catástrofe del futuro, el deshielo está generando consecuencias directas en la regulación de nuestro ecosistema y la calidad del agua que consumimos.

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Todos los glaciares o nevados que estén por debajo de los 5,500 metros de altura son mucho más vulnerables al cambio climático.
Foto: Andina

La vida en Perú está íntimamente ligada con los glaciares. El 70% de los glaciares tropicales (ubicados en las zonas cálidas de la Tierra) de todo el planeta, se encuentra aquí, lo que lo hace uno de los nueve países megadiversos de América Latina. Además, miles de peruanos dependen del agua de estas estructuras ya que alimentan los ríos de las zonas desérticas, incluida Lima.

Pero depender principalmente de los glaciares también implica una alta vulnerabilidad ante el cambio climático. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (INAIGEM), las altas temperaturas de los últimos años han provocado la desaparición de más de la mitad de la superficie glaciar que tenía el país hace 50 años.

“Nosotros reportamos que alrededor del 53% de los glaciares en términos de superficie se habían perdido en el Perú en un periodo de 54 años. Solo en la Cordillera Blanca en ese mismo periodo se ha perdido el 38%”, dice Jesús Gómez, director de investigación en glaciares, del INAIGEM.

Y ya hay datos del Ministerio del Ambiente que muestran que este patrón empeorará: nueve glaciares en el país desaparecerán en los próximos 20 años debido a las altas temperaturas. Un ejemplo en concreto es el glaciar Quelccaya, ubicado en la cordillera de Vilcanota, que disminuyó en 46% la superficie de hielo entre 1976 y 2020, lo que lo hizo perder el primer lugar como el glaciar tropical más grande del mundo.

Los glaciares en Perú son el perfecto ejemplo de que el cambio climático no es un problema del futuro. “El cambio climático ya está aquí y muchas veces lo vemos como una cosa a futuro, y sobre todo si en este caso no vivimos en la montaña o en los glaciares, pues es muy difícil poder ver ese efecto”, dice Jahir Anicama, investigador del Centro Latinoamericano de Excelencia en Cambio Climático y Salud (Centro Clima).

¿Cómo se sabe que este deshielo es anormal?

El deshielo es un fenómeno común, pero su proceso natural ya no ocurre como hace años. Hoy, el problema es tan evidente que se puede medir mediante dos vías: la primera es revisando directamente cuánto hielo ha perdido un glaciar y, la segunda, analizando cuánta agua ha generado el deshielo.

En Perú, por ejemplo, se encuentra la Cordillera Blanca (la cordillera tropical más extensa y alta del mundo) que abastece de agua a los departamentos de Ancash y La Libertad, y ha perdido cerca de 5 km2 de superficie glaciar cada año, según el Inventario Nacional de Glaciares.

Así, la Cordillera Huayhuash ha perdido casi el 34% del área glaciar en 54 años, la Raura casi el 54%, la Huagoruncho 68%, la Central casi el 64%, etc.

El especialista Jesús Gómez, del INAIGEM, explica que una forma de estudiar la vulnerabilidad de los glaciares ante el cambio climático es mediante estudios de balance de masas a partir de dos valores: acumulación y ablación. “Cuando hablamos de acumulación nos referimos a cómo un glaciar se alimenta a través de precipitaciones de nieve o granizo, y hablamos de una zona de ablación donde prácticamente el glaciar empieza a perder masa”, explica.

Entonces, para saber si un glaciar está perdiendo masa (hielo), se debe comparar la cantidad de agua que entra al glaciar contra la cantidad que pierde en un tiempo determinado, en este caso, por causa de la evaporación. Justamente la línea que divide la zona de acumulación y ablación se le denomina línea de equilibrio donde el INAIGEM ha podido estudiar el estado de los glaciares a través de los años.

Por ejemplo, según el inventario del gobierno peruano, para el caso de la Cordillera Huallanca, el agua acumulada fue de 245,177 m2, mientras que la zona de ablación tuvo 108,147.5 m2, resultando en un balance de masas de 506,777 m3 de pérdida de hielo.

Lo interesante es que ese patrón de acumulación y ablación está ligado a las temperaturas. “Se pierde masa en una dinámica natural, pero la temperatura año a año va elevándose de tal manera que lo que vaya a ganar en ese vaivén ya no es tanto”, asegura Anicama.

En los Andes, la acumulación se da en época de lluvias y la ablación durante todo el año, aunque está determinada por las condiciones climatológicas. Según el inventario, se indica que para esa zona, la ablación será mayor en tiempos de lluvias debido a la humedad y el incremento de la temperatura.

Otro elemento importante es la altitud de los glaciares en Perú. La altitud de las montañas permite un ambiente cada vez más frío hacia la cumbre, y la condensación del aire hace que se formen nubes que le proporcionan nieve a la cima.

Eso importa, según explica el investigador del INAIGEM, porque aquellos glaciares más bajos serán aún más vulnerables que los de mayor altitud. “Se sabe que todos los glaciares o nevados que estén por debajo de los 5,500 metros de altura son mucho más vulnerables al cambio climático y por lo tanto van a tener más susceptibilidad a desaparecer en un corto tiempo”, asegura.

Pero no todo depende de la altura, porque es justamente en las alturas mismas donde hay otro problema: la concentración de hollín, también conocido como carbono negro, proveniente de la quema de combustibles fósiles y otras actividades llevadas a cabo por el ser humano. Todas esas partículas suspendidas crean un efecto completamente contrario al trabajo de reflexión de la luz de la nieve. El hollín atrae fuertemente el calor hacia los glaciares propiciando su deshielo de forma acelerada, según explica el Sistema Nacional de Información Ambiental (Sinia) en Perú.

Más agua, pero ¿mejor?

Otro indicativo del deshielo de los glaciares es el agua que se desborda hacia las lagunas existentes o que forma lagunas nuevas y eso, por extraño que parezca, no es bueno para nadie. En setiembre del año pasado, el Ministerio del Ambiente de Perú informaba sobre la formación de 3 mil lagunas nuevas como consecuencia del deshielo de los glaciares por el cambio climático.

Es lógico pensar que nos conviene que el hielo de las montañas se derrita y baje hasta nosotros, sobre todo en épocas de sequías extremas como las del año pasado. Pero sería un reto almacenarla, sobre todo sabiendo que, generalmente, los glaciares también desembocan en los océanos, o sea que es posible que el agua dulce se pierda en la inmensidad del mar salado, lo cual significaría una pérdida considerable de agua apta para beber y abastecer nuestras necesidades alimenticias.

“El retroceso también podría afectar la provisión del agua en términos de su calidad para el consumo humano y para el ganado”, asegura Anicama. Incluso si el almacenaje fuera una opción, deberíamos tener cuidado con la calidad de agua porque una vez que los glaciares han comenzado a deshelarse, quedan expuestos varios componentes químicos dañinos para nuestra salud.

Ya son varios estudios que comprueban la presencia de metales pesados en la nieve de los glaciares en todo el mundo. Uno de ellos, publicado en 2022, encontró plomo y arsénico en las muestras obtenidas de las capas de nieve del glaciar Huaytapallana.

Esto sucede, según explica una tesis de 2022, porque cuando la nieve se deshiela y la roca de la montaña queda expuesta, los minerales reaccionan de tal modo que se disuelven, cambiando el pH del agua y la mantienen ácida.

Aunque este texto asegura que el plomo y el arsénico son inofensivos en bajas cantidades, se trata de compuestos que pueden llegar hasta nuestra sangre y provocar vómitos, dolor abdominal, diarrea, lesiones en la piel, e incluso pérdida de las capacidades cognitivas.

Otros impactos

Hay varios elementos relacionados con el deshielo que nos podrían afectar severamente si se pierden los glaciares en los próximos años. Y la razón es que estas estructuras “son súper importantes en términos de regulación de los ecosistemas, no solamente para el sistema natural sino también para el ecológico, es decir, para que diferentes entidades puedan habitar, tanto la flora como la fauna”, asegura Anicama.

Esto significa que si los glaciares desaparecen, no habrá reservas de agua dulce que regularmente abastecen a los cuerpos de agua de los que se alimentan cientos de familias peruanas. Debido a esto, tampoco podrían producir ganado o cultivos.

Perder los glaciares es un trabajo que analizarán varias especializaciones de la ciencia. “Cuando tengamos que despedirnos de ellos va a ser interesante estudiarlo también desde la sociología para entender qué pasará con nuestra sociedad cuando se extingan los glaciares, porque en nuestra historia ambiental, tenemos referencias, percepciones y visiones de un terremoto, una inundación, una sequía pero no hay un precedente de la pérdida de glaciares”, reflexiona.

Por otro lado, hay ciertos riesgos catastróficos. Cada vez que se desprende un bloque monumental de hielo las personas que viven cerca de los glaciares o quienes lo visitan, quedan sepultados bajo las inmensas capas de hielo.

La Cordillera Blanca, por ejemplo, está registrada como la que tiene mayor número de eventos catastróficos de origen glaciar a partir de 1702. Los 32 eventos documentados por el Gobierno peruano han provocado la muerte de miles de personas y la destrucción de casas y cultivos.

Hasta ahora, especialistas como Jesús Gómez ya saben que se han perdido 53% de los glaciares peruanos en los últimos 54 años. Con el cambio climático afectando el comportamiento de los eventos climatológicos y de las interacciones de los ecosistemas, es difícil saber con exactitud cuándo nos quedaremos sin glaciares.

Lo que es seguro es que “van a seguir su proceso de retroceso, siempre y cuando las condiciones de clima sigan como hasta ahora”, advierte el especialista.

Las proyecciones del INAIGEM de 2018 indican los años estimados para la desaparición de los glaciares de las cordilleras peruanas: Chila en 2021, Chonta en 2023, La Viuda y Huanzo en 2024, La Raya en 2031, Urubamba en 2034, Carabaya 2038, Huallanca en 2039, Huaytapallana en 2040, Huagoruncho y Vilcabamba en 2042, Central en 2048, Ampato en 2052, Raura en 2056, Apolobamba en 2066, Vilcanota en 2075, Huayhuash en 2099 y Blanca 2111.

Aunque parezca que podemos hacer muy poco por los glaciares, en realidad se pueden establecer lineamientos para proteger la masa de hielo que queda en ellos, por ejemplo, a través del uso mínimo de combustibles fósiles para evitar que las temperaturas se sigan elevando. También se hace imperativo buscar estrategias de adaptación frente al contexto de una desglaciación que parece imparable.

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