El infante de marina
que despertó del coma

[Albert Ñahui Pérez, 22 años]

La foto es escalofriante: un chiquillo de pañoleta se coge el ojo izquierdo mientras un riachuelo de sangre le chorrea la mano, en una calle del Centro de Lima. El perdigón que le ha impactado en la frente lo ha sacudido, le ha provocado una hemorragia y lo ha mandado al suelo. Cuatro muchachos lo cogerán después de los brazos y las piernas y lo llevarán corriendo hacia una camilla. Luego lo subirán en un taxi rumbo al Hospital de Emergencias Grau de donde finalmente lo trasladarán al Hospital Almenara. Su madre y su hermano mayor, que viven en Ayacucho, en la provincia de La Mar, se enterarán por las noticias y llegarán a Lima algunos días después.

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El diagnóstico: traumatismo encéfalo craneano severo. A Albert Ñahui, un ayacuchano que integró durante dos años la infantería de marina, el perdigón le fracturó el hueso frontal de la cabeza, hundiéndolo sobre la masa encefálica y comprometiéndole la órbita de su ojo izquierdo. Debido a la gravedad de la lesión a Albert, de tan solo 22 años, lo inducirán al coma. Lo harán para extraerle los coágulos de sangre del cerebro. Su familia pedirá que oren por él. Su vida penderá de un hilo. Se esperará lo peor.

Doce días después de permanecer en coma, Albert despertará. Junto a él, cuidando su profundo sueño, estará Frine Pérez, su madre. La misma mujer menuda que, junto a sus hermanas, se presentará al cabo de un mes, en la Plaza de la Democracia, para conmemorar a los fallecidos y heridos de las marchas de aquella quincena fatal de noviembre. “¿En qué va a quedar mi hijo? Eso yo pediría a las autoridades”, dice Frine.

Albert es uno de los pocos manifestantes que aún no han sido dados de alta y cuyo pronóstico todavía es reservado. Frine ha impreso en papel bond cuatro fotos del menor de sus dos hijos. Además de la dolorosa imagen del ataque, Albert aparece en las otras tomas en la playa, sonriente en un día casual y uniformado de blanco como todo un marino. La aspiración de servir a su patria también lo llevó a postular a la Escuela de Oficiales de la Policía Nacional de Chorrillos, pero no fue admitido. Por eso en el último tiempo Albert se proyectó a hacerlo a través de las ciencias sociales. Quería estudiar sociología en la Universidad Nacional Federico Villarreal. Difícil precisar cuándo podrá continuar su preparación.

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Foto: Omar Lucas

Ha vivido en Lima durante dos temporadas, Albert. Para estudiar la educación primaria entre los ocho y los trece años y luego ya más grande durante la juventud que estuvieron a punto de interrumpirle. El muchacho ayacuchano vive con sus tíos abuelos cerca a los Pantanos de Villa, en Chorrillos. Su rutina, tras su vida militar, era correr en la arena de las playas más cercanas y jugar fulbito. Su tía Yolanda Durand nos contó antes del cierre que su sobrino ya puede caminar y comer solo. Del área de Neurocirugía oftálmica lo han pasado al área de Cabeza y Cuello. Ya habla. Despacio, pero habla. La traqueostomía que le realizaron como parte de la respiración por ventilación mecánica le ha inflamado las cuerdas vocales. Aún es una incógnita si volverá a ver por el ojo izquierdo. Tampoco se sabe qué secuelas le dejará la lesión cerebral. Pero dentro de todo hay una cierta dosis de alivio: el muchacho ha despertado.

Coordinación y edición general: Fabiola Torres / Texto: Renzo Gómez / Fotografías: Omar Lucas / Edición de videos: Jason Martínez


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