Foto: Yael Martínez

Los escolares sin colegio
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[Un grupo de niños de siete estados de México
nos muestra cómo estudia desde casa]

Por Trasluz Photo con textos de Stephania Corpi

Un grupo de fotógrafos mexicanos documentó las nuevas rutinas que ha impuesto la pandemia en los niños de su país. Desde Laguna de Alvarado en Veracruz, donde muchos viven sin acceso a electricidad, al elegante barrio de Polanco en Ciudad de México, una de las zonas más caras del país. El proyecto fue comisionado por Quinto Elemento Lab y coordinado por el colectivo fotográfico Trasluz Photo.

La escuela es uno de los escenarios centrales de la infancia. Es el lugar donde los niños gastan su energía corriendo con sus amigos en el patio, crean vínculos de confianza conversando con sus maestros, empiezan a definir su personalidad sin la mirada familiar encima. Es, también, por supuesto, el sitio donde aprenden sobre historia, geografía, lengua y tantas otras materias. Desde que empezó la pandemia, los gobiernos reaccionaron pronto para evitar que los niños pierdan el año escolar. Su propuesta ha sido trasladar las aulas del colegio a distintas plataformas virtuales. Sin embargo, en esta metodología solo se intenta replicar la experiencia académica más no la social.

En México son casi treinta y un millones de niños los que han visto interrumpidas sus clases, sus juegos en el recreo y las travesuras con amigos a la salida de la escuela. Sin sus rutinas de siempre, la ansiedad y la depresión podrían dispararse en los más pequeños. Según un estudio de Save the Children, el 65% de los niños a nivel mundial está sufriendo por el aburrimiento y aislamiento social. Si el 2020 es un año de incertidumbre para los adultos, para un niño que no entiende de pandemias, inestabilidad laboral ni índices de pobreza puede ser una experiencia aún más abrumadora. Christian Skoog, representante de UNICEF en el país, considera que las consecuencias del Covid-19 en la infancia y adolescencia no serán a causa de la enfermedad en sí; sino más bien por las secuelas de las medidas de prevención necesarias frente al contagio como la restricción del movimiento, la situación económica de los hogares, y el estrés que acarrean.

La educación a distancia, además, plantea retos particulares en un país donde solo el 52.9% de los hogares cuenta con conexión a Internet. Un país donde buena parte de los estudiantes se alimentaban con los seis millones de raciones de comida que se repartían a diario en las escuelas y ahora deben encontrar otra forma de no quedarse con el estómago vacío. Este fotorreportaje recoge la realidad de estos primeros meses sin colegio a lo largo de México: de la austeridad de la laguna de Alvarado en Veracruz a los elegantes departamentos en Polanco en Ciudad de México, de los niños que debieron salir a trabajar a la calle con sus padres a los que tuvieron que quedarse solos en casa a paliar la ansiedad como pudiesen. Por supuesto, esta no es la película completa. Es apenas una serie de instantáneas de las múltiples infancias de los distintos México que conviven entre las mismas fronteras y de los retos que les ha tocado afrontar por la pandemia.

Guerrero


Fotos: Yael Martínez

Las hermanas Martínez, Itzel, Zuria y Adhara, tuvieron mucho miedo cuando empezó la pandemia. Su padre tuvo que aislarse durante un mes pensando que se había contagiado de Covid-19. Su única comunicación fue mediante videollamada. Itzel, la hermana mayor de diez años, dice estar muy estresada sin poder salir a ningún lado.

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Zuria Martínez, cinco años, en una proyección sobre la tierra y el sistema solar creada por su padre. Taxco, Guerrero.
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Una de las pinturas que hicieron las hermanas Martínez en casa. Dibujar y pintar las mantiene entretenidas y de buen ánimo durante el encierro.

Veracruz


Fotos: Félix Márquez

Brian Zamudio vive en un México excepcional: habita el 1% del país que no cuenta con electricidad. Su casa está a orillas de los ríos Papaloapan y Blanco, que desembocan en la Laguna de Alvarado. Brian tiene dieciocho años, cursa el cuarto semestre de la preparatoria y quisiera ganar una beca del gobierno para convertirse en biólogo marino. Por ahora, tiene que terminar sus clases sin una tableta, computadora o impresora que le facilite seguir los cursos a distancia. Solo cuenta con un celular que rara vez tiene señal.

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Brian toma una fotografía con su celular a su cuaderno de ecología. El teléfono lo carga con placas solares y luego cruza en bote al otro lado del río para buscar señal y enviar su tarea. El Nacaste, Alvarado.
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Durante su tiempo libre, Brian ayuda a sus padres a pescar para alimentarse o comercializar en el mercado de mariscos de la cabecera municipal. El Nacaste, Alvarado.
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Kevin Zamudio, hermano menor de Brian, busca su ropa con una linterna. No cuentan con instalación de luz eléctrica en casa. El Nacaste, Alvarado.

Ciudad de México


Fotos: Luis Antonio Rojas

“¿Podríamos hablar de algo más que no sea coronavirus, por favor? Me da miedo”, dijo Sarah un día en la mesa familiar. A sus siete años, le ha tocado entender que un virus, aunque microscópico, es una amenaza real. Su bisabuela murió por Covid-19 a inicios de la pandemia.

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Sarah Mac Gillivray en una clase privada de yoga en su departamento en la colonia Polanco, Ciudad de México.
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Cuando no está conectada a sus clases virtuales, a Sarah le gusta distraerse disfrazándose de robot o construyendo castillos en su cuarto.

San Luis Potosí


Fotos: Mauricio Palos

Brisa y Daniela viven en el municipio de Axtla de Terrazas. A Brisa le ha tocado graduarse de la preparatoria en una ceremonia online. Sin vestidos ni fiestas de promoción. Daniela ha terminado el bachillerato a través de una pantalla. Algunos familiares se reunieron con ella para ver la ceremonia de graduación en un proyector en casa.

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Daniela Aguilar, 18 años, prepara su computadora para la transmisión en vivo del cierre de clases de su preparatoria. Axtla de Terrazas, San Luis Potosí.
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Brisa Francisco en una de sus últimas visitas a la escuela para que le expliquen cuál sería el procedimiento para recibir su certificado de preparatoria. Axtla de Terrazas, San Luis Potosí.

Puebla


Fotos: Koral Carballo

Ariadna es una alumna muy responsable y creativa. Su madre Jessica, secretaria, y su padre Raúl, técnico eléctrico, han hecho malabares para no ser de los 1.1 millones de mexicanos con empleos formales que se han quedado sin trabajo durante la pandemia hasta julio. Siempre preocupados por el bienestar de sus dos hijos (Ariadna tiene un hermano menor), utilizaron unas cámaras que ya tenían instaladas en casa para vigilar cómo estaban cuando tuvieron que dejarlos solos.

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Ariadna Rojas, 9 años, en clase de teatro musical. San Baltazar Campeche, Puebla.
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Ariadna en su dormitorio-estudio durante el periodo de confinamiento por Covid-19.

Baja California


Fotos: Omar Martínez

Winansca llegó a Tijuana desde San Marcos, Haití, en febrero justo antes de que la pandemia se instale en continente americano. Su padre, Paul, la había dejado al cuidado de su abuela y había migrado, como miles más, a Brasil. Recorrió muchos países y en 2016 se estableció en la frontera norte de México con cerca de 3,000 connacionales. Un reporte de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), hace énfasis en que niños y jóvenes migrantes que no tienen acceso a educación durante la pandemia no solo corren el riesgo de abandonar la escolarización, sino también de quedar rezagados en términos de aprendizaje de idiomas y convertirse en blancos fáciles de explotación laboral y sexual.

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Winansca Jean-Paul, 10 años, camina a un costado del muro fronterizo que divide a México de Estados Unidos. Tijuana, Baja California.

Querétaro


Fotos: Selene Ugalde

Por la crisis sanitaria, Briana tiene que acompañar todos los días a su mamá a trabajar. Ambas viajan dos horas en transporte público hasta llegar al Centro Histórico de Querétaro. Mientras su mamá atiende a los transeúntes que se acercan al puesto de periódicos, Briana se entretiene haciendo origami, repasando sus tareas en el celular o acomodando los periódicos que no se vendieron a cambio de una pequeña propina.

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Briana con un sombrero de origami. Dice que lo hizo siguiendo un ejercicio de una de las revistas para niños que está a la venta en el puesto de periódicos donde trabaja su madre.

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