Vivir una guerra es una ruptura con la vida tal y como la conocíamos hasta ahora

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Vivir una guerra es una ruptura con la vida tal y como la conocíamos hasta ahora

Cuando se cumplen dos semanas de la invasión rusa a Ucrania, dos millones de refugiados ya han huido del país, según Naciones Unidas. Los conflictos bélicos son actos violentos tanto por sus características propias como por las secuelas que generan, con repercusiones inmediatas y futuras sobre la salud de las personas.

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Refugiados de Ucrania permanecen en el punto de recepción establecido en la estación de tren de Przemysl (Polonia), el pasado 7 de marzo de 2022 EFE

La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario o acatar nuestra voluntad”, apunta Karl Von Clausewitz en su libro ‘De la guerra’. Con esta definición y sin profundizar, podemos decir que se trata de una forma de extrema violencia ejercida por el ser humano que constituye un desastre, una emergencia y un caos.

Además, afecta a toda la sociedad y trae consigo consecuencias en todos los ámbitos de la vida. Así, las guerras son actos violentos tanto por sus características propias como por las secuelas que generan. Van a tener repercusiones inmediatas y futuras sobre la salud de las personas.

Con respecto al sistema sobre el que se sustenta la comunidad, algunos de los primeros desenlaces que podemos observar son: la destrucción de estructuras críticas y necesarias para poder realizar su vida cotidiana y el sometimiento de la población.

Esto va a ocasionar desplazamientos en masa de la población que se ve obligada a movilizarse por la falta de seguridad, el riesgo de morir, la escasez de alimentos, medicamentos y todo tipo de recursos fundamentales con los que poder cubrir sus necesidades básicas cotidianas.

Los sistemas sanitarios básicos se verán colapsados por el aumento de víctimas y pacientes. Las patologías previas se agudizarán. La aparición de nuevos trastornos y los propios que ocasionan las guerras producirán un aumento de la mortalidad. Y este deterioro de la salud individual y colectivo se podrá convertir en un problema de salud pública.

Las comunidades afectadas por la guerra van a precisar de una respuesta de ayuda humanitaria a corto plazo, medio y largo plazo, que involucre directamente a otros países y coaliciones. Esta asistencia será vital para que la población pueda acceder a los recursos mínimos necesarios para cubrir aquellas necesidades básicas de cuidado de la salud e instaurar rutinas útiles y que aporten seguridad.

Con ello no se alcanzará una vida normal, pero si se amortiguará la sensación de desamparo y vulnerabilidad. Esta ayuda humanitaria deberá estar encaminada a paliar en la medida de lo posible las carencias y déficits que el sistema no puede proveer.

Secuelas físicas, mentales y sociales

Tal y como se recoge en la Constitución de la Organización Mundial de la Salud (OMS), “la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. De hecho, desde que una guerra comienza, resultan evidentes las secuelas en las tres esferas establecidas por la institución sanitaria.

En la parte física encontramos, como se ha mencionado antes, el agravamiento de enfermedades existentes en la población y la aparición de lesiones propias de los efectos de la guerra y de los desplazamientos, como quemaduras, heridas en extremidades, traumatismos craneoencefálicos y hemorragias. También habrá qué hacer frente a los brotes provocados por la falta de higiene y hacinamiento de las personas (diarrea, cólera, parasitosis y sarna, entre otras).

Del lado psicológico se podrán observar reacciones de estrés agudo en la población y, según transcurra el tiempo, existirá un aumento de trastornos mentales como depresión, ansiedad, problemas del sueño, presencia de duelos patológicos, consumo de tóxicos, incremento de la conducta suicida y trastorno de estrés postraumático, entre otros.

Hay que pensar que los supervivientes de la guerra viven en primera persona experiencias traumáticas que conllevan el desarrollo de graves problemas de salud mental y diferentes comportamientos que dificultarán su capacidad para vivir con normalidad.

Por último, a escala social se destruyen los núcleos básicos de convivencia y red social de apoyo. El equilibro ocupacional se rompe, dificultándose el acceso a las ocupaciones significativas de autocuidado, productividad y ocio (como el juego en los más pequeños), que se vinculará con un peor estado general de la población.

Respuestas de apoyo especializadas

Y no solo la población civil, sino también militares y primeros intervinientes sociosanitarios en un conflicto bélico constituyen un colectivo que puede verse afectado en estos mismos niveles por la exposición directa a los acontecimientos y violencia de la guerra. Por todo ello, la respuesta de apoyo para la salud de las víctimas requiere de una alta especialización profesional.

Vivir una situación de guerra supone una ruptura con la vida tal y como se conocía hasta ese momento, supone la violación de derechos humanos más básicos y va a provocar una afectación de la salud física y mental presente y futura en los individuos por separado y en la sociedad en su conjunto.


Carlos Rodríguez Criado es miembro de la Subsecretaría de Sanidad Táctica de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES). Técnico en Emergencias Sanitarias y experto en Intervención Psicosocial en situaciones de crisis, emergencias y catástrofes por la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), es uno de los autores del Protocolo IBERO sobre manejo de heridos en incidentes intencionados con múltiples víctimas.

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