En 1958, el dengue no preocupaba al Perú. Ese año, incluso, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) reconoció al país por haber eliminado al mosquito Aedes aegypti, el que transmite la enfermedad. Hoy la historia es otra. El mosquito ha vuelto y está en casi todo el país: en la costa, la sierra y la selva, en 23 de las 24 regiones. Con él, también regresó el dengue. Lo que antes no era un riesgo, ahora es un problema de salud pública que crece cada año.
En este escenario, el Perú ha decidido incorporar una estrategia que ya se viene aplicando en otros países: el método Wolbachia, impulsado por el World Mosquito Program (WMP), una iniciativa internacional especializada en el control de enfermedades transmitidas por mosquitos.
La estrategia consiste en liberar mosquitos Aedes aegypti que llevan la bacteria Wolbachia. Esta bacteria no hace daño a las personas. Lo que hace es actuar dentro del mosquito: dificulta que el virus del dengue se multiplique en su organismo.
Cuando estos mosquitos se cruzan con otros de su especie, la bacteria se transmite a sus crías. Con el tiempo, aumenta la proporción de mosquitos que ya no pueden transmitir el virus del dengue. Es decir, el mosquito sigue existiendo, pero pierde la capacidad de contagiar la enfermedad.
El Ministerio de Salud oficializó la aplicación de este método en julio de 2025, mediante un plan que se ejecutará hasta 2027. Su implementación cuenta con asistencia técnica del World Mosquito Program, que ha desarrollado y expandido esta estrategia en al menos quince países, y busca transferir esa capacidad al Estado peruano. La evidencia científica disponible respalda su eficacia para reducir los casos de dengue y las hospitalizaciones asociadas.
Por ahora, el proyecto se encuentra en su primera fase, centrada en generar aceptación ciudadana mediante campañas informativas y en capacitar a personal de salud y líderes comunales. Cuenta con un presupuesto de S/ 12,2 millones: más de S/ 6,6 millones provienen del Ministerio de Salud y el Instituto Nacional de Salud, y el resto de la cooperación internacional, a través del Fideicomiso para la Ciencia, Tecnología e Investigación de Puerto Rico y del World Mosquito Program.
Sin embargo, esta apuesta llega en un momento crítico. El dengue no solo ha vuelto; está en expansión. En lo que va del año, se han registrado 8,629 casos y 10 muertes a nivel nacional. Y las proyecciones del propio Ministerio de Salud son preocupantes: para marzo, los contagios podrían alcanzar los 34,000 en 20 regiones.
A esto se suma el clima. El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología del Perú (Senamhi) ha advertido que, entre marzo y mayo, la costa registrará temperaturas por encima de lo normal. Esto coincide con la presencia del fenómeno de El Niño Costero, que traerá lluvias y calor en los próximos meses, creando las condiciones ideales para que el Aedes aegypti se reproduzca en mayor número.
El país ya vivió los problemas que se desencadenan cuando estos factores se combinan. En 2024, el Perú atravesó una de las peores epidemias de dengue de su historia: más de 271 mil casos y 261 fallecidos, con servicios de salud desbordados tanto en zonas rurales como urbanas.
En ese contexto, el método Wolbachia aparece como una apuesta a mediano plazo para intentar contener una enfermedad que, año tras año, sigue cobrando nuevas víctimas.
Cómo actúa Wolbachia dentro del mosquito
El Ministerio de Salud reconoce que las herramientas para controlar al Aedes aegypti siguen siendo limitadas: vigilancia casa por casa para eliminar criaderos —cualquier recipiente con agua estancada—, fumigación en zonas con alta presencia del mosquito y vacunación, una estrategia aún en fase inicial que no ha logrado frenar el avance del dengue.
La vacunación, en particular, todavía enfrenta restricciones para su uso masivo. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en la región solo Brasil la ha incorporado a su esquema nacional. En Perú, su aplicación se limitó a un piloto entre 2024 y 2025 en Piura, Loreto, Ucayali y Tumbes.
En ese contexto, la estrategia Wolbachia aparece como una alternativa científica. En febrero, Salud con lupa visitó el Instituto Nacional de Salud, en Chorrillos (Lima), donde conversó con Miriam Palomino, bióloga e investigadora que integra el equipo encargado de implementarla en el país.
La clave de esta estrategia no está solo en introducir una bacteria en el mosquito, sino en lo que ocurre después dentro de su organismo.
La Wolbachia reduce la capacidad del mosquito para transmitir el dengue de dos formas. La primera afecta la reproducción: cuando un mosquito macho con Wolbachia se cruza con una hembra que no la tiene, los huevos no se desarrollan. Así, disminuye la cantidad de mosquitos.
La segunda bloquea la transmisión del virus. Si ambos mosquitos tienen la bacteria, sus crías nacen con Wolbachia, pero ya no pueden transmitir el dengue.
Dentro del mosquito, la bacteria y el virus compiten por los mismos recursos. La Wolbachia se impone e impide que el virus se multiplique y llegue a las glándulas salivales, desde donde se transmite a las personas a través de la picadura.
Con el tiempo, esto cambia la población de mosquitos: los que transmiten el dengue son reemplazados por otros que ya no pueden hacerlo.
Este método ya se ha implementado en países de América Latina, Asia y Oceanía, como Brasil, Colombia, México, Honduras, El Salvador, Indonesia, Vietnam y Australia, entre otros.
Una estrategia con evidencia acumulada
Uno de los primeros países en aplicar el método Wolbachia fue Indonesia. Este país lo implementó en conjunto con el World Mosquito Program, entre 2011 y 2014, en la ciudad de Yogyakarta.
Luego, un estudio encontró que esta estrategia redujo en 77,1 % los casos de dengue confirmados por laboratorio y en 86,2 % las hospitalizaciones por esta enfermedad en esa ciudad. Además, halló que la población de mosquitos infectados con la bacteria se elevó a 95,8 % durante dos años después de implementado el método, lo que evidencia su sostenibilidad en el tiempo.
En América Latina, destaca el caso de Brasil. Allí, entre 2017 y 2019, se liberaron millones de mosquitos en la ciudad de Niterói, que cuenta con una población de 370 mil habitantes. Un estudio posterior encontró que, gracias a Wolbachia, los casos de dengue se redujeron en 69 %, y también se registró una disminución de contagios en otras enfermedades transmitidas por el mismo mosquito: 56 % menos chikungunya y 37 % menos zika.
Otro ejemplo es Australia, donde el proyecto se inició en 2014, en la ciudad de Townsville. Una investigación determinó que, hasta 2019, los casos de dengue disminuyeron en 65 %, lo que confirma la efectividad de esta estrategia en distintos contextos epidemiológicos.
Ahora, el Perú se prepara para aplicarla en distintas partes del país en un contexto complejo, con casos de dengue en aumento, con la expansión del mosquito en más zonas y en un escenario climático adverso marcado por El Niño Costero.
El mosquito se expande a mayores temperaturas
De acuerdo con el Ministerio de Salud, el mosquito transmisor del dengue pasó de estar presente en 528 distritos en 2022 a 618 en 2026. Entre las nuevas zonas afectadas figura el distrito de Tamburco, en la región Apurímac, ubicado a 2,600 metros sobre el nivel del mar, donde antes no se registraba su presencia y que evidencia su creciente capacidad de adaptación.
Frente a esta realidad, el documento técnico aprobado por el ministerio para la aplicación de la estrategia Wolbachia contempla su implementación, a futuro, en distritos de nueve regiones del país, que abarcan la costa, sierra y selva. Entre ellos están Casma y Chimbote, en Áncash; Jaén, en Cajamarca; Chincha Alta, Pueblo Nuevo y La Tinguiña, en Ica; Pichanaqui, Mazamari y Satipo, en Junín; así como diversas localidades de La Libertad, Lambayeque, Lima, Piura y San Martín.
Para su selección se tomaron en cuenta criterios epidemiológicos y operativos: todos estos distritos presentan altas tasas de transmisión de dengue, ausencia de otras intervenciones —como la vacunación o la fumigación periódica— y poblaciones de más de 40 mil habitantes. Además, no se ubican en zonas de frontera ni atraviesan lluvias intensas u otros eventos meteorológicos extremos.
Por ahora, las zonas con poblaciones indígenas no han sido incluidas en esta etapa. De acuerdo con el Ministerio de Salud, esto se debe a dificultades logísticas y a la necesidad de enfoques diferenciados para su implementación.
También se ha considerado el factor climático. Para que los distritos sean incluidos en esta estrategia, las temperaturas deben oscilar entre 15 °C y 36 °C, un rango que favorece la reproducción del mosquito.
Y esa variable —la temperatura— es otra razón por la que el Perú ha aprobado el método Wolbachia. La propagación del dengue está estrechamente asociada al cambio climático: cada aumento de temperatura amplía los territorios donde el mosquito puede sobrevivir y acelera su ciclo de vida, que puede pasar de 12 o 14 días a solo 7 o incluso 5. Esto implica más mosquitos en menos tiempo y, con ello, un mayor riesgo de transmisión del dengue.
A su vez, este aumento de la temperatura se combina con otro factor: el acceso al agua. Investigadores como César Cabezas, especialista en enfermedades infecciosas y tropicales, señalan que el limitado acceso al agua en el Perú agrava la propagación del dengue.
Según datos del INEI, hasta 2024 sólo el 59,5 % de la población contaba con agua potable las 24 horas del día, lo que obliga a muchas familias a almacenarla. Esto, de acuerdo con Cabezas, genera condiciones propicias para la proliferación del Aedes aegypti, porque el mosquito puede reproducirse en cilindros y otros recipientes.
Con todo esto, el método Wolbachia se presenta como una herramienta útil en un momento en que muchos países realizan esfuerzos por controlar el dengue mientras la temperatura global sube. Pero, por si fuera poco, aún enfrenta otro obstáculo: la desinformación.
Enfrentar las teorías conspirativas
En agosto de 2025, el Ministerio de Salud anunció que la estrategia Wolbachia tendría como punto de partida el distrito de Comas. El plan contempla la liberación semanal de mosquitos con la bacteria durante 20 a 24 semanas en una zona específica del distrito, que forma parte del área de intervención donde viven cerca de 400 mil personas.
Pero el anuncio no solo generó expectativa. También activó dudas y desinformación.
En redes sociales comenzaron a circular mensajes que, sin evidencia, advertían que la liberación de mosquitos podría aumentar los casos de dengue o incluso formar parte de un intento por afectar a la población.
Este no es un fenómeno exclusivo del Perú. En otros países donde se ha aplicado la estrategia Wolbachia, la desinformación también ha generado temor y resistencia.
En Australia, durante los primeros ensayos, parte de la población expresó rechazo porque no comprendía por qué se liberarían mosquitos y temía posibles efectos en la salud o el ambiente. Años después, circularon en redes afirmaciones falsas que aseguraban que se trataba de mosquitos genéticamente modificados, aunque en realidad la estrategia no altera el ADN del insecto, sino que introduce una bacteria presente de forma natural en otros insectos.
En Indonesia, en la isla de Bali, teorías conspirativas sobre supuestos riesgos —como la transmisión de otras enfermedades o planes de despoblación— provocaron protestas y obligaron a retrasar la implementación del proyecto.
En Brasil, instituciones públicas que lideran estas intervenciones, como Fiocruz, han tenido que enfrentar rumores locales y noticias falsas, incluso durante la pandemia, lo que las llevó a reforzar el trabajo directo con la comunidad para explicar el método.
Y en Colombia, la biofábrica de mosquitos en Medellín ha sido blanco de teorías conspirativas que la vinculan con figuras como Bill Gates, lo que incluso derivó en protestas y obligó a intensificar las campañas de información.
Este no es un fenómeno exclusivo del Perú. En otros países donde se ha aplicado la estrategia Wolbachia, la desinformación también ha generado temor y resistencia.
En Australia, durante los primeros ensayos, parte de la población expresó rechazo porque no comprendía por qué se liberarían mosquitos y temía posibles efectos en la salud o el ambiente. Años después, circularon en redes afirmaciones falsas que aseguraban que se trataba de mosquitos genéticamente modificados, aunque en realidad la estrategia no altera el ADN del insecto, sino que introduce una bacteria presente de forma natural en otros insectos.
En Indonesia, en la isla de Bali, teorías conspirativas sobre supuestos riesgos —como la transmisión de otras enfermedades o planes de despoblación— provocaron protestas y obligaron a retrasar la implementación del proyecto.
En Brasil, instituciones públicas que lideran estas intervenciones, como Fiocruz, han tenido que enfrentar rumores locales y noticias falsas, incluso durante la pandemia, lo que las llevó a reforzar el trabajo directo con la comunidad para explicar el método.
Y en Colombia, la biofábrica de mosquitos en Medellín ha sido blanco de teorías conspirativas que la vinculan con figuras como Bill Gates, lo que incluso derivó en protestas y obligó a intensificar las campañas de información.
A diferencia de otras intervenciones sanitarias, esta estrategia implica liberar mosquitos en espacios donde vive la gente. Sin información suficiente, eso puede generar temor y rechazo.
Eso es justamente lo que hoy ocurre en el Perú: la falta de información clara y sostenida ha terminado retrasando una intervención que ya estaba lista para comenzar.
Por eso, el entonces ministro de Salud, César Vásquez, anunció que la etapa de sensibilización se extendería hasta diciembre de 2025 y que la liberación comenzaría en enero de 2026. Sin embargo, esto no ha ocurrido.
Miriam Palomino, bióloga e investigadora que integra el equipo encargado de implementar la estrategia en el Perú, señala que el trabajo de campo continúa en Comas para reducir las dudas en torno a este método. “Nosotros estamos listos para que el ministerio nos indique cuándo liberar los mosquitos. Estamos preparados. Pero, ¿qué necesitamos? La aceptación de la comunidad”, afirma.
Esa desconfianza no es nueva. Es, en parte, una herencia de la pandemia de COVID-19, cuando la desinformación sobre vacunas y medidas sanitarias debilitó la credibilidad en la ciencia y en las autoridades. En 2022, Perú fue el país de América del Sur con mayor desconfianza en los científicos, según el Ranking Global de Confianza de Ipsos.
Ante este escenario, el Ministerio de Salud ha desplegado campañas informativas y capacitaciones dirigidas a líderes comunales y personal de salud. Sin embargo, hasta ahora no hay resultados concluyentes y la estrategia sigue en fase inicial, pese a que los mosquitos ya están listos para ser liberados.
El reto, entonces, no es solo técnico. Es también político y social: implementar una estrategia innovadora en un contexto de desconfianza, donde el mismo mosquito que durante años fue visto como una amenaza ahora debe ser entendido como parte de la solución.