En Perú, un paciente con tuberculosis pasa horas en el suelo de un hospital. En otro servicio, una gestante da a luz en un pasillo porque no hay personal suficiente. En la Amazonía, bebés mueren de tos ferina cuando las vacunas no llegan a tiempo. Y quienes enfrentan un cáncer dependen de algo tan básico como que el medicamento esté disponible ese mes.
Cuando eso ocurre, alguien tiene que hacerse cargo. Casi siempre son las familias. Pagan exámenes, compran medicinas, se endeudan, organizan rifas. Viajan a Lima porque allí encuentran la atención que no existe en sus regiones.
Ese es el país real.
La campaña electoral, en cambio, parece transcurrir en otro.
A pocas semanas de las elecciones generales, ningún candidato se distingue por una propuesta clara en salud. Se cruzan acusaciones, predominan los cálculos políticos y crece la desconfianza. Muchos peruanos miran la campaña con cansancio y desesperanza. Y en medio de ese ruido, casi nadie dice con precisión qué cambiaría primero en un sistema que arrastra más de una década en crisis, que salió golpeado de la pandemia y que hoy es aún más desigual.
Al revisar los planes de gobierno, la distancia se confirma. Hay diagnósticos sobre lo mal que funciona el sistema; lo que falta son decisiones concretas. La mayoría promete ordenarlo, digitalizarlo, agilizar compras. Pero pocos explican cómo harán que EsSalud, el Minsa y las sanidades policial y militar dejen de operar como islas que no se hablan entre sí. Tampoco dicen cómo pondrán reglas claras para un sector privado que funciona con otros incentivos y donde, cuando el Estado no fiscaliza, prosperan cobros indebidos y sobrecostos que el paciente termina asumiendo sin margen para defenderse.
El análisis Salud en las urnas de Gobierna Consultores lo resume así: “modernización sin reforma”. Que funcione más rápido, pero sin tocar las reglas que lo mantienen dividido y desigual.
El vacío se vuelve más evidente cuando se habla de dinero. Los planes prometen más hospitales, más personal, más medicamentos. Pero el país destina apenas 3.6% del PBI a la salud pública, cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda al menos 6%. Eso nos coloca entre los que menos invierten en salud en Sudamérica.
Durante años se instaló la idea de que el problema no era cuánto se destinaba, sino cómo se gastaba: “más salud por cada sol”. Lo que casi no se discutió fue la otra mitad de la ecuación: cuánto estamos dispuestos, como sociedad, a invertir para que enfermar no signifique empobrecerse.
Tampoco se habló con la misma claridad cómo exigir que ese dinero se use bien. Los informes de la Contraloría y nuestras investigaciones en Salud con lupa han mostrado hospitales inconclusos, equipos que se malogran sin usarse y compras fallidas de medicinas que terminan provocando escasez.
Sin una conversación honesta sobre cuánto invertir y cómo rendir cuentas, cualquier promesa queda incompleta.
Las epidemias que no existen en campaña
Hay silencios que dicen más que los discursos. La tuberculosis apenas aparece en el debate público. Cada año se registran alrededor de 33 mil casos en el Perú. El país está entre los de mayor carga de tuberculosis resistente en el mundo. No es solo un problema médico: está ligada al hacinamiento, a empleos informales que impiden completar tratamientos largos, a la mala alimentación. Marca el mapa de la desigualdad. Y, sin embargo, casi no figura en la oferta electoral, advierten los reportes de Salud en las urnas.
Con la obesidad ocurre algo parecido. Siete de cada diez adultos viven con esta condición. Detrás de esa cifra hay diabetes, hipertensión, infartos, tratamientos de por vida. El impacto económico ya equivale a cerca del 4.6% del PBI.
Y mientras tanto, la desnutrición infantil no desaparece. Hoy conviven ambas caras de la malnutrición: niños con anemia y adultos cuya dieta depende de lo más barato y accesible, muchas veces bebidas azucaradas y productos ultraprocesados.
En campaña, el problema suele reducirse a consejos individuales: comer mejor, hacer ejercicio. Se habla poco de la publicidad dirigida a niños, del entorno alimentario que condiciona decisiones, de las normas que deberían regular ese mercado y que rara vez se aplican con firmeza.
El sistema que llega cuando ya es tarde
El cáncer muestra otra forma de esta misma ausencia. En el Perú se ha convertido en una de las principales causas de muerte. Miles de familias reciben diagnósticos tardíos y enfrentan tratamientos largos y costosos.
El cáncer de mama lo ilustra con crudeza. Cerca de dos mil mujeres mueren cada año por esta enfermedad. Detectarlo a tiempo puede costar menos de cien soles. Tratarlo cuando ya está avanzado puede superar los trescientos mil al año por persona. La diferencia no es técnica. Es de prioridades.
Mientras tanto, el debate electoral transcurre en otra frecuencia.
Quizás el problema no es que nadie lea los planes de gobierno. Es que el paciente no está en el centro de la conversación.
No está la mujer que viaja doce horas para una mamografía. No está el adolescente que abandona el tratamiento para tuberculosis porque necesita trabajar. No está la madre que vende lo que tiene para pagar un medicamento que no cubre el seguro.
La salud no aparece como la decisión política que ordena el presupuesto, las reglas y las prioridades del Estado. Aparece como una promesa más. Y en algún hospital del país, alguien sigue esperando en un pasillo, durante horas, una atención que muchas veces llega tarde o no llega.
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