Sí es de ‘mi incumbencia’ que tú no te vacunes

Opinión

Sí es de ‘mi incumbencia’ que tú no te vacunes

No nos neguemos a tratar a la pandemia como lo que es: un problema social que hay que resolver mediante acciones colectivas.

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EFE

Cuando le preguntaron si se había vacunado contra la covid-19, Lamar Jackson, un mariscal de campo de los Cuervos de Baltimore, no quiso responder. “Creo que es una elección personal”, contestó. “Solo compartiré mis opiniones con mi familia y conmigo mismo”.

Jackson se sumó a otro mariscal de campo de la NFL, Cam Newton, de los patriotas de Nueva Inglaterra, quien dijo casi lo mismo unos días antes. “Es algo demasiado personal como para hablar de ello”, contestó Newton cuando le preguntaron si estaba vacunado. “Es lo único que diré”.

Jackson y Newton no son las únicas personas famosas que cuando les preguntan sobre las vacunas dicen: “Mira, es algo personal”. Es algo común que, de cara al público, quienes desconfían de las vacunas o que usan la desconfianza hacia las vacunas para sus propios fines lo evadan de esta manera. “No creo que a nadie le incumba si me vacuno o no”, le dijo el mes pasado a CNN el representante republicano por Texas, Chip Roy.

En mayo, el senador republicano por Wisconsin, Ron Johnson, escribió algo similar (aunque menos grosero) sobre que la vacunación era una “decisión personal y privada” y que “nadie debería ser violentado, coaccionado ni obligado a recibir la vacuna contra el COVID-19 que se está aplicando para su uso de emergencia”.

Johnson, y todos los demás, están equivocados. Decisiones personales son usar casco cuando andas en bicicleta o ponerte el cinturón de seguridad en el auto, al menos siempre y cuando se trate de tus propias lesiones. La vacunación es diferente. En el contexto de estos contagios letales y casi siempre incapacitantes, donde la propagación descontrolada de la infección tiene consecuencias para toda la sociedad, la vacunación no es una elección personal. Además, el hecho de que Estados Unidos haya tenido dificultades para alcanzar la inmunidad de grupo contra la covid-19 mediante la vacunación se debe a que nos negamos a tratar a la pandemia como lo que es: un problema social que hay que resolver mediante acciones colectivas.

Desde el principio, el gobierno federal descentralizó su respuesta a la pandemia al endosar la responsabilidad a los estados y a las localidades, lo que, a su vez, hizo que los estadounidenses en lo personal y en lo comunitario tuvieran que lidiar con reglas e informaciones contradictorias.

Esta misma estrategia continuó cuando llegaron las vacunas. Hasta hace poco tiempo, ante el punto muerto de la vacunación, ni siquiera hubo la exigencia de vacunar a los empleados federales. Tanto los estados como los empleadores han sido abandonados a su suerte y la gente se enfrenta a una mescolanza de reglas y disposiciones, dependiendo del lugar en el que residen y en el que trabajan.

¿Sorprende, entonces, que millones de estadounidenses consideren como algo personal este problema, que en esencia es social (vacunar a un número suficiente de personas para evitar que se propague una enfermedad mortal)? ¿O que muchas personas se hayan negado a vacunarse apelando a la confidencialidad de su decisión, así como a su libertad para hacer lo que elijan?

Pensemos también en el contexto político y cultural más amplio de Estados Unidos. Todavía vivimos a la sombra de la revolución de Reagan y su exitoso combate a las tradiciones estadounidenses de solidaridad republicana y responsabilidad social. “Durante los últimos 50 años, tanto nuestra vida personal como nuestra economía se han visto cada vez más inmersas en la dependencia de los mercados”, escribe Mike Konczal en “Freedom from the Market: America’s Fight to Liberate Itself From the Grip of the Invisible Hand”.

Esto también se extiende a nuestra vida política (y nuestras identidades políticas). Si la sociedad estadounidense se ha rediseñado a la imagen del capital, entonces los estadounidenses mismos han sido impulsados a relacionarse unos con otros y con nuestras instituciones como criaturas del mercado en busca de beneficios y no como ciudadanos vinculados por derechos y obligaciones. Si “existen ciertos hábitos, ciertas cualidades de carácter sin cuyo desarrollo no puede haber avance individual y, por lo tanto, avance social”, como escribió en 1883 Henry E. Sharpe, un teórico de los Caballeros del Trabajo, entonces podríamos decir que los estadounidenses de ahora están un poco desentrenados.

Desde luego, no porque sean perezosos, sino porque esta es la sociedad que hemos construido, en la que se deja que las personas lleven las cargas de la vida a los mercados con la esperanza de que sobrevivan. Esta llamada libertad es inadecuada para la prosperidad de los seres humanos. En la práctica, no está adaptada para enfrentar una pandemia.

Por eso se dejó que las familias y las comunidades se defendieran solas de cara a la enfermedad, por lo que tantas personas tratan el tema de la exposición y el contagio como una decisión personal que se toma en privado y por lo que nuestras instituciones han hecho que la vacunación sea opcional cuando desde un principio debió haber sido algo obligatorio.

En fechas recientes, se ha hablado mucho del enojo y la frustración que sienten muchas personas hacia quienes se rehúsan a vacunarse. “Los estadounidenses vacunados ya estamos hartos”, declaró en The Atlantic el ex redactor de discursos republicano David Frum al escribir que “la persona que no se vacuna ha decidido ocasionar un daño previsible e injustificable a sus familiares, amigos, vecinos, comunidad, país y planeta”.

Yo también comparto esta frustración, así como el enojo por las mentiras y la desinformación que alimentan una buena parte de la postura antivacunas. Pero también sé que, en última instancia, este coraje hacia las personas en lo individual no está bien orientado.

Cuando estructuramos una sociedad de tal modo que todas las personas deben ser una isla, no podemos culparlas cuando, inevitablemente, actúan como si lo fueran. Si queremos un país que tome en serio la solidaridad, es un hecho que debemos construirlo.

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