A inicios del siglo pasado, traer un niño al mundo dejó de ser una experiencia íntima e instintiva. Se cambiaron los hogares por salas de parto, se apresuraron las contracciones de la mujer con hormonas sintéticas, se hicieron maniobras y cortes a las mujeres para extraer más rápido a los bebés. Aunque estos procedimientos aparecieron para proteger el bienestar de las madres y sus hijos, con el paso del tiempo, la intervención médica injustificada al dar a luz se convirtió en una epidemia global. Hoy vivimos inmersos en una cultura que silencia el instinto de las madres con instrucciones médicas.

Sin embargo, la modernización del parto olvidó un principio elemental: el cuerpo de la mujer está diseñado para parir siempre que siga sus tiempos fisiológicos y se le ofrezca condiciones de seguridad y confianza. No se puede uniformar los nacimientos porque cada uno es único e irrepetible. Tampoco puede perder su voluntad la mujer que se recuesta en una camilla para dar a luz. Al tratarse de su cuerpo, los protocolos y atenciones médicas deberían ser siempre aprobados por ella. Pero no sucede así.

Por muchos años, millones de mujeres dieron a luz en hospitales y clínicas sin ningún cuestionamiento. Asumieron como normalidad que unas tenazas de metal cojan la cabeza de su bebé al nacer para retirarlo más rápido, que les inyectaran oxitocina sintética para acelerar el proceso de parto o que se les presione bruscamente el vientre para inducir el nacimiento de su hijo. Se sometieron también a un procedimiento que se hizo habitual en los partos vaginales y que implica un corte en el perineo para ampliar el espacio de salida del bebé. Esta cirugía se llama episiotomía y muchas veces se le realiza a las madres sin pedir su consentimiento. O se les programó cesáreas cuando no hay motivo de riesgo que las justifique. Solo por un detalle: es una operación más costosa y rápida que un parto natural.

Cada segundo vienen 5 ó 6 bebés al mundo. Al año, 135 millones de mujeres dan a luz.

Pero en las últimas tres décadas, valiosa evidencia científica ha demostrado que estos procedimientos clínicos son más riesgosos que beneficiosos para la mujer y el recién nacido. Ni siquiera la posición horizontal es la forma más eficaz para dar a luz. Se ha demostrado que la ancestral postura de cuclillas o vertical permite a la mujer hacer menos fuerza, sentir menos dolor, reducir el sangrado y la posibilidad de desgarros. La ciencia nos mostró también que, de cada 100 mujeres, entre 2 y 8 podrían tener dificultades a la hora de un parto vaginal natural.

A pesar del conocimiento disponible actualmente y de la crucial lucha del movimiento feminista para que la comunidad médica internacional reforme sus prácticas, hay una enorme resistencia a hacerlo porque muchos no han querido ver un tipo de violencia a la que se acostumbraron. Al igual que pasó con los feminicidios y los crímenes de odio, este tipo de agresión contra las mujeres tuvo que ser nombrado con términos específicos para que empecemos a reconocerlo: violencia obstétrica. Ahora las mujeres pueden definir lo que vivieron en consultorios ginecológicos, quirófanos y salas de parto. Han tenido que pasar varios años para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los Estados empiecen a entender la violencia obstétrica como lo que es: un problema de salud pública.

"Para cambiar el mundo, primero hay que cambiar la forma de nacer."


Michel Odent

Desde 2014, la OMS desincentiva los procedimientos riesgosos en la atención de los partos y promueve en sus guías “un trato digno al cuerpo de la mujer y el respeto de su voluntad y tiempos fisiológicos para dar a luz”. El parto ya no se entiende más como un acto médico o una enfermedad manejada con estándares rígidos. El parto es una experiencia que vive de manera única cada mujer. Si hay un requisito esencial es que la madre esté bien informada, tranquila y acompañada cuando tenga que tomar decisiones: desde la postura en la que se siente más cómoda para traer a su hijo al mundo hasta el derecho a sostenerlo en sus primeros minutos entre sus brazos.

Por eso, Salud con lupa presenta El parto robado: el lado más doloroso de dar a luz en América Latina, una investigación basada en los testimonios de 27 mujeres latinoamericanas de distintas edades que fueron maltratadas y sometidas a prácticas médicas riesgosas no consentidas en sus partos.

Durante seis meses, periodistas de Argentina, Ecuador, Chile, México, Perú y Venezuela conversamos con ellas, investigamos cómo se atienden hoy los nacimientos en estos países, qué prácticas clínicas se imponen, qué tipo de información se ofrece a las gestantes y qué condiciones hacen a las mujeres más vulnerables a la violencia obstétrica. Entrevistamos también a investigadores de salud pública, obstetras, parteras, colectivos feministas, abogados y funcionarios de gobierno responsables de garantizar la salud sexual y reproductiva de las personas. En todos los países, los hospitales y clínicas donde ocurrieron los hechos que narraron las 27 entrevistadas no reconocen que sus prácticas son violencia obstétrica y menos un delito y tampoco informan a las embarazadas sobre sus derechos en la atención del parto.

En un mundo donde acceder a información confiable es un privilegio, El Parto Robado es una forma de contribuir desde el periodismo a que más mujeres estén informadas, que reconozcan en los valientes testimonios de otras madres que el nacimiento de sus hijos no puede ser tratado como un negocio ni implica el atropello a su dignidad con prácticas que pueden lastimarlas. “Para cambiar el mundo, primero hay que cambiar la forma de nacer”, dice el médico francés Michel Odent desde principios de los ochenta. Aún podemos hacer real esa revolución pendiente.

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