Biblioterapia

“Solo cuando la vida y la muerte se dan la mano puede continuar la historia”

A más de dos años del inicio de la pandemia, leer “Vivir con nuestros muertos” de la rabina laica y filósofa francesa Delphine Horvilleur puede servir como una especie de rito para acompañar en el duelo. Según el libro, nuestra historia toma forma en el intersticio entre los vivos y los muertos, como una mezcla de volver a las raíces, hilvanar relatos y dejar ir.

Vivir con nuestros muertos

Delphine Horvilleur viene revolucionando el judaísmo desde que en 2008 se convirtió en la tercera mujer en recibir la ordenación rabínica en Francia. La autora de “Vivir con nuestros muertos” es una autodenominada feminista, quien además se presenta laica y contraria a la derecha israelí desde que vivió de cerca, en 1995, el asesinato del entonces Primer Ministro, Isaac Rabin, por un judío extremista que se oponía a la entrega de tierras a cambio de la paz con el pueblo palestino. Así, años después aún influenciada por este hecho, Horvilleur asumió la vocación de rabina, una que a su parecer no dista mucho de la de narradora, pues en su tradición oficiar entierros es hacer que los relatos sagrados puedan actuar como un umbral permanente entre ambos reinos, el de los deudos y el de los fallecidos.

Prueba de ello es este libro, donde Horvilleur recopila, capítulo a capítulo, las historias de las personas cuyas exequias presidió, vidas que llegaron a ella solo a través de las anécdotas que le contaron amistades y familiares, con el objetivo de que la rabina pueda volver a narrarlas en las ceremonias fúnebres, reinterpretándolas según los textos bíblicos para “asegurarse así de que el relato que ha salido de sus labios regresa a sus oídos a través de una voz que pone en diálogo sus palabras y las de una tradición ancestral.” Por tanto, si bien la autora inicia con una acertada reflexión sobre las pérdidas en tiempos de covid-19 —contexto que la llevó a oficiar un entierro virtual “para una familia con la que ni siquiera había intercambiado una mirada”—, pronto descubrimos que el libro no va únicamente del duelo post pandemia. Es mucho más que eso.

Horvilleur, por ejemplo, no da instrucciones ni mucho menos soluciones tangibles a sus lectores. De hecho, no solo cuenta que suele advertir a los deudos de “la vacuidad de las palabras y la torpeza de quienes” les acompañarán con frases clichés como «los mejores siempre se van los primeros», «al menos ya no sufrirá más» o «está en el cielo» —todas calificadas por ella como disparates sinsentido—, sino que además argumenta que, para el judaísmo, la muerte no trae una respuesta clara, no ofrece el cielo ni el infierno ni tampoco la reencarnación. Lo que es más, como rabina laica, dice basar su laicidad “en la conciencia de que siempre hay lugar para una creencia que no es la nuestra,” en el convencimiento de que sus “creencias jamás podrán ser hegemónicas.”

Quizá por ese carácter abierto a las diferencias, leemos que Horvilleur fue elegida para presidir los entierros de mujeres como las ateas Elsa Cayat, víctima del atentado a Charlie Hebdo, y la rebelde cineasta y escritora, Marceline Loridan-Ivens, así como el de su cercanísima amiga, la política y sobreviviente del Holocausto, Simone Veil (la ley Veil, promulgada por ella, despenalizó el aborto en Francia, pese a quien le pese, católicos y judíos en contra). Lo que nos ofrecen los casos planteados por la autora, entonces, en vez de dogmas, es una invitación a aceptar que a veces lo que hay que entender es que existen asuntos imposibles de entender, que hay preguntas cuyas respuestas son, sin más, un conjunto de preguntas —como en el capítulo de Isaac, en el que leemos de un niño que ha perdido a su hermanito menor: “¿Quién puede dar respuestas a esas preguntas infantiles enunciadas de un modo que ningún adulto se permitiría, preguntas como por qué había muerto su hermanito pequeño, por qué había tenido que pasarle a él y cuándo iba a dejar de llorar su madre?” Claramente ninguno de nosotros estaría en la capacidad de asegurar salidas a tremendos y justos reclamos.

Lo único que para la autora es certero es que somos la continuación de nuestros antepasados y por tanto debemos “asegurarnos de que nuestra memoria permanece fiel a la complejidad de su existencia”. En ese sentido, las interrogantes para quienes sobrevivimos tragedias colectivas no sería tanto ¿por qué murieron? o ¿adónde se fueron? —cuestiones que implican ruptura—, sino ¿cómo narramos las vidas de quienes fallecieron? Y luego, ¿cómo entrelazamos los relatos de nuestros muertos con los de los vivos para vivir acorde a una plural historia sinfín? Mientras guardemos la memoria de sus vidas hasta que estas dejen “huellas indelebles dentro de nosotros,” prolongaremos a los muertos entre los vivos, y continuaremos hilvanando relatos de generación en generación, viviendo y muriendo y viviendo de nuevo, por siempre.

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