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La importancia de las ventanas abiertas para evitar el contagio

Con la evidencia cada vez más consistente sobre la transmisión del nuevo coronavirus a través de aerosoles, las autoridades sanitarias insisten en la recomendación de evitar espacios cerrados donde haya mucha gente y que tengan mala ventilación.

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Mantener las ventanas abiertas ayuda a la circulación del aire y puede reducir la carga viral de un ambiente. Shutterstock

Durante meses la duda ha estado en el aire: ¿es posible contagiarnos de COVID-19 al respirar? La evidencia acumulada, que desde el pasado 9 de julio está bajo revisión por la Organización Mundial de la Salud, muestra que parte de la respuesta depende del lugar que se trate y de sus consecuentes flujos de aire.

Cualquier persona con la infección, aún sin síntomas, puede expulsar partículas del virus al toser, estornudar o cantar, por ejemplo. Y a pesar de que aún se desconoce la cantidad de virus necesaria para causar una infección, hay suficientes razones para pensar que el patógeno, al permanecer en el aire por varias horas, puede ser inhalado por personas susceptibles y, con ello, contagiarse. Pero mientras que la posibilidad de esa transmisión es menor si estamos en lugares con poca gente, al aire libre o bien ventilados, esa misma posibilidad aumenta si se trata de lugares cerrados y con mala ventilación.

Así que mientras que las medidas de confinamiento se van flexibilizando y las personas vuelven a espacios públicos cerrados —oficinas, escuelas y edificios que no fueron diseñados para enfrentar una pandemia—,se vuelve más evidente la necesidad de usar la ventilación para minimizar la presencia de virus en esos ambientes.

¿Qué es un lugar bien ventilado?

Un lugar que tiene una buena calidad de aire. Para definirlo se utiliza un parámetro conocido como renovación de aire por ocupante, que representa la cantidad de aire exterior que debe estar garantizado para cada persona que está en un determinado espacio.

¿Cuánto aire nuevo requiere cada persona? Depende del lugar y de la cantidad de individuos que lo ocupen. Por ejemplo, mientras que en un hospital donde se atiende un buen número de pacientes con infecciones transmitidas por vía aérea, como COVID-19, la tasa de ventilación media por hora debe ser de 160 litros por segundo por cada paciente, en otros lugares con menor afluencia la tasa recomendada es 12,5 litros por segundo por cada ocupante, según datos del Ministerio de Sanidad de España.

¿Cómo mantener una ventilación adecuada para no contagiarnos?

Aunque la ventilación por sí sola no previene contagios por completo, sí es un elemento fundamental para disminuir la cantidad de virus que pueda mantenerse en el aire. Para lograrlo pueden hacerse dos cosas: aumentar la ventilación y/o reducir la cantidad de personas en un espacio.

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De acuerdo con la Federación Europea de Calentamiento, Ventilación y Aire Acondicionado (REHVA), una de las recomendaciones más importantes —y menos costosas— para prevenir la propagación del virus SARS-CoV-2 es “garantizar la ventilación de los espacios de trabajo con aire exterior”.

Eso significa tener ventanas y puertas abiertas permanentemente y, de ser posible, trasladar muchas de las actividades que usualmente ocurrían en el interior de los edificios al exterior; aprovechar terrazas, balcones, patios, estacionamientos, jardines, pasillos y corredores al aire libre.

Y en los automóviles ¿basta con abrir las ventanas?

Hace un par de meses, los investigadores estadounidenses Joseph Allen, Jack Spengler y Richard Corsi, reportaron en un artículo de opinión en USA Today el resultado de modelar un escenario: ¿qué pasaría en un recorrido de 72 minutos en un automóvil donde hay una persona infectada de SARS-CoV-2 que tose cada tres minutos?

Los científicos encontraron que, si se mantenían las ventanas cerradas, el virus se acumulaba dentro del auto y que con cada vez que tosía la concentración aumentaba sin que se diluyera en el aire de manera significativa. Pero eso cambiaba cuando abrían una sola ventana poco más de siete centímetros; la cantidad del virus se mantenía en una concentración mínima dentro del auto.

Otro grupo de investigación reportó en un artículo aún sin revisión por pares que en un escenario en el que todas las ventanas están abajo, la posibilidad de que un posible conductor con COVID-19 pueda contagiar a un pasajero ubicado en el asiento de atrás era mínima.

Por eso, los autores recomiendan mantener abiertas las ventanas de los automóviles —incluido otro tipo de transporte como autobuses—, incluso si no hay una persona con síntomas; usar cubrebocas en todos los recorridos, especialmente si subes a un taxi o Uber; y cuando se tenga que usar aire acondicionado, hay que evitar la función de recirculación de aire.

¿Qué hacemos con los lugares que no cuentan con ventilación natural?

Si no se puede garantizar una buena ventilación natural, especialmente en lugares con mala calidad de aire o condiciones climáticas extremas, algunos especialistas recomiendan ventiladores de piso para aumentar el flujo del aire.

“Un ventilador de piso es una opción económica cuando no se cuenta con equipos más sofisticados; estos sirven para ‘refrescar’ el aire en una habitación o espacio pequeño. Este tipo de ventiladores generalmente se ubican sobre el piso y con cierta inclinación hacia arriba para lograr una mejor circulación del aire ‘frío’ con el aire caliente de la habitación”, explica Juan Manuel Belman, especialista en ingeniería mecánica de la Universidad de Guanajuato, en México.

En el caso de edificios como cines, oficinas o fábricas, que carecen de ventanas, usualmente cuentan con instalaciones de ventilación mecánica que permiten que salga el aire viciado del interior y que entre el aire natural del exterior de manera mecánica. En esos casos, la recomendación es que se usen en condiciones óptimas, con filtros de buena calidad, es decir, con mayor capacidad de atrapar partículas pequeñas y, especialmente, evitar la función de recirculación de aire, para impedir que el sistema transporte el virus de un cuarto y lo redistribuya en otros espacios.

Además, el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía de España aconseja aumentar los tiempos de funcionamiento de estos sistemas, aun si no hay personas.

“En horario laboral, se recomienda trabajar con el caudal máximo (es decir, la mayor potencia de la máquina) que permita el sistema durante dos horas antes/después de la apertura/cierre del centro de trabajo. En las horas restantes de la semana, incluidos sábados y domingos, se recomienda mantener el sistema funcionando a bajo caudal, pero nunca por debajo del 25% del caudal”, se lee en sus Recomendaciones.

¿Los sistemas de aire acondicionado minimizan o propician la presencia del virus en el aire?

Si bien los sistemas de aire acondicionado pueden hacer que fluya el aire, si se trata de espacios cerrados, con mucha gente y donde no hay ninguna otra vía de ventilación natural, puede haber consecuencias contraproducentes al generar flujos de aire que transporten y hagan circular el virus.

Uno de los ejemplos más citados es el que ocurrió en un restaurante —sin ventanas y con los extractores de aire cerrados— de Guangzhou, en China a finales de 2019. De las 83 personas que convivieron en el mismo espacio, diez dieron positivo a COVID-19 a pesar de haberse sentado en mesas distintas. Los investigadores que analizaron el brote concluyeron que la causa más probable de contagio fue la transmisión por aerosoles y que el fuerte flujo del aire acondicionado pudo haber propagado estas gotas de una mesa a otra.

A pesar de la evidencia, no está claro que el uso de estos aparatos esté directamente relacionado con el contagio, pero sí que puede haber mayor probabilidad de transmisión si se combinan varios factores: muchas personas conviviendo durante largo tiempo en espacios pequeños, sin ventanas y sin sistemas de extracción del aire. Por eso, la recomendación es evitar acudir a esos lugares y, siempre que las haya, abrir las ventanas.

Autores:

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Aleida Rueda

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