¿Puede el cambio climático aumentar el riesgo de que surja otra pandemia?

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¿Puede el cambio climático aumentar el riesgo de que surja otra pandemia?

El cambio climático va más allá de cambios de temperatura que te hacen la vida incómoda. Hay cada vez más evidencia de que está relacionado con cambios en el ambiente y las especies que pueden provocar más enfermedades, sin importar dónde o cómo vivas.

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Un hombre carga a un niño en sus hombros durante un operativo policial contra la minería ilegal en la zona conocida como Mega 13, cerca de la reserva natural de Tambopata. Foto: Archivo/EFE/ Paolo Aguilar

Si de algo podemos estar seguros es que el cambio climático es real y que ha sido producido por el ser humano y, en buena medida, por su devoción hacia la quema de combustibles fósiles. Pero es hasta años recientes que se ha establecido una relación mucho más clara entre los efectos del cambio climático y la salud de los seres humanos. A tal grado que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha logrado estimar que el cambio climático es responsable de 150.000 muertes cada año.

Las causas tienen que ver con los estragos directos e indirectos que producen los cambios extremos del clima. Por ejemplo, se sabe que los gases de efecto invernadero están relacionados con un aumento en la frecuencia de olas de calor, las cuales pueden provocar hipertemia (aumento extremo de la temperatura corporal) y paro cardíaco. Prueba de ello fue la ola de calor del 2013 que ocurrió en Europa y que provocó la muerte de más de 30,000 personas, según el Programa Medioambiental de Naciones Unidas.

Otra consecuencia del cambio climático en la salud humana está relacionada con la seguridad alimentaria de la población. Tanto las sequías como los cambios abruptos en los patrones de lluvias han afectado -y lo seguirán haciendo- la producción de diversos cultivos base de la alimentación de millones de personas como el trigo, el maíz o el arroz. De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), la falta de acceso a alimentos nutritivos a causa del cambio climático ha propiciado que millones de familias vivan en estado de desnutrición y al mismo tiempo con mayores niveles de sobrepeso y obesidad.

El cambio climático y la emisión de gases de efecto invernadero también han traído como consecuencia que respiremos aire de peor calidad. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) señalan que las altas temperaturas provocan un aumento de alergenos y contaminantes dañinos en la atmósfera. El que haya estaciones cálidas más largas también hace que haya más polen en el ambiente y, en consecuencia, mayores casos de alergias o asma.

Una alta tasa de ozono está relacionada con la disminución de la función pulmonar, el incremento de ingresos hospitalarios, urgencias por asma y muertes prematuras, mientras que la mayor frecuencia de incendios forestales a causa del cambio climático también propicia mala calidad del aire y, por ende, un aumento de enfermedades respiratorias agudas y de hospitalizaciones por enfermedades respiratorias, cardiovasculares y pulmonares. Un artículo publicado este año en Nature comprobó que la materia particulada (PM2.5) producto de los incendios forestales es mucho más dañina y puede propiciar mayor número de hospitalizaciones que el mismo material proveniente de otras fuentes.

Entre todo este coctel de efectos adversos a la salud, está uno que requiere especial atención por su nivel de gravedad en muchos países en desarrollo como los de América Latina y el Caribe: las enfermedades infecciosas.

¿Qué relación tienen las enfermedades infecciosas con el cambio climático?

El ser humano ha sido históricamente vulnerable a infecciones debido a su contacto con determinados vectores, aguas o alimentos. Y aunque no es posible establecer relaciones directas entre cambio climático y las infecciones, sí se pueden usar modelos epidemiológicos para determinar qué tanta sensibilidad pueden tener ciertas enfermedades a los cambios del clima.

Un tipo de modelos ha estado enfocado en cómo el cambio climático puede afectar a los vectores (organismos vivos que transportan patógenos de un individuo a otro). Resulta que, a medida que se registran más cambios en el clima, en la temperatura, la humedad o la precipitación, en muchas zonas aumenta la reproducción y acumulación de ciertos vectores, como los mosquitos de los géneros Aedes o Anopheles.

De ahí que en las últimas décadas se hayan registrado importantes aumentos en enfermedades transmitidas por vectores. Por ejemplo: la fiebre de Chikungunya, el dengue, el zika o la fiebre amarilla, transmitidas por los mosquitos del género Aedes; o la malaria, que se produce cuando el mosquito Anopheles transmite parásitos del género Plasmodium, han tenido aumentos considerables en las últimas dos décadas, debido a que sus vectores son especialmente exitosos en lugares con temperaturas superiores a los 18°.

Otras enfermedades transmitidas por vectores son la esquistosomiasis, provocada por un parásito transportado por algunos moluscos acuáticos; la encefalitis y la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, provocadas por virus transmitidos por garrapatas; el tifus, que transmiten las pulgas; o la fiebre recurrente, transmitida por piojos. Todas estas enfermedades, al ser generadas por vectores, están íntimamente relacionadas con factores ambientales y por lo tanto son sensibles -en mayor o menor medida- a los cambios del clima.

“La mayoría de los vectores son artrópodos de sangre fría altamente sensibles a las temperaturas ambientales. El calentamiento mundial favorece su desarrollo. Las temperaturas más altas aceleran el metabolismo de los insectos, incrementan la producción de huevos y la necesidad de alimentarse”, explican Griselda Berberian y María Teresa Rosanova en un artículo publicado en la revista Archivos Argentinos de Pediatría.

“Las lluvias además tienen un efecto indirecto sobre la longevidad del vector -agregan-debido al aumento de la humedad que crea un hábitat favorable para su desarrollo”. Por lo tanto, el cambio climático sí tiene un efecto claro en propiciar condiciones de vida benéficas para la mayoría de los vectores.

Las enfermedades relacionadas con el cambio climático ¿afectan a todos por igual?

No, en realidad las afectaciones tanto del cambio climático como de las enfermedades infecciosas ocurren con mayor frecuencia y nivel de gravedad en poblaciones más vulnerables. Por ejemplo, las personas con sistema inmune debilitado y desnutrición pueden ser mucho más susceptibles a estas enfermedades.

En el caso de la materia particulada como consecuencia de los incendios forestales, los niños parecen ser especialmente vulnerables. Un equipo de investigadores que publicaron un artículo a inicios de este año en la revista Pediatrics, analizó la causa de más de 170 mil visitas médicas a la unidad de urgencias de un hospital de niños en San Diego, Estados Unidos, por problemas respiratorios. Y encontraron que las PM2.5 estaban asociadas con el 30% de los casos, mientras que solo 3.5% estaba asociado con otras fuentes como emisiones de tráfico.

Algo similar ocurre con los adultos mayores y los cambios extremos en el clima. Por ejemplo, la OMS prevé que la exposición al calor extremo puede provocar 38.000 muertes más entre las personas mayores para 2030.

A la misma conclusión llegó un equipo de investigadores que hizo una extensa revisión bibliográfica sobre la vulnerabilidad de los adultos mayores al cambio climático: “Una serie de factores fisiológicos y socioeconómicos hacen que los adultos mayores sean especialmente sensibles a la exposición a olas de calor y otros fenómenos meteorológicos extremos (por ejemplo, huracanes, inundaciones, sequías), a la mala calidad del aire y a las enfermedades infecciosas”, concluyen. Si viven en zonas costeras o grandes áreas metropolitanas, esas afectaciones pueden ser peores.

Pero hay otros factores de riesgo externos a los individuos y que tienen que ver con su ambiente socioeconómico, por ejemplo: el acceso a los servicios de salud, las migraciones o el tipo de trabajo que desempeñan también pueden hacer que ciertos individuos sean más susceptibles a ciertas enfermedades.

¿El cambio climático también provoca enfermedades más mortales?

No necesariamente, pero lo que muestra la evidencia es que sí está involucrado indirectamente con la aparición de nuevas enfermedades o el resurgimiento de otras.

Varios estudios muestran que los efectos a largo plazo pueden estar generando presiones en los ecosistemas a tal grado que hacen que las enfermedades infecciosas pasen de animales vertebrados al ser humano, un proceso conocido como zoonosis.

Pero también las consecuencias en el corto plazo del cambio climático, como la intensidad de los incendios forestales, las sequías, las inundaciones, las hambrunas, las migraciones, y el cambio de uso de suelo -como cuando se eliminan bosques o espacios para uso agrícola y se convierten en asentamientos urbanos- pueden desencadenar brotes de zoonosis.

“El cambio climático, superpuesto a una dramática alteración antropogénica de los ecosistemas, está conduciendo a una sustitución gradual de especies, a la reducción de los ecosistemas y a la disminución de la diversidad de especies. Es evidente que estos cambios tendenciales pueden dar lugar a desbordamientos de diferentes formas y a encuentros más estrechos y generales entre la fauna y el hombre”, dicen un grupo de investigadores de España, Brasil y Argentina en un reciente artículo de Nature.

Hay muchos ejemplos de que esto ocurre con relativa frecuencia. Desde la gripe aviar que sufren originalmente las aves y que se propagó entre los seres humanos en 2004 y 2013 hasta el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) que surgió en 2002 y que pudo haberse originado del gato civeta del Himalaya, infectado previamente por una especie de murciélago.

El hecho es que el cambio climático, en combinación con acciones humanas que merman la conservación de los ecosistemas, sí puede estar generando que las enfermedades se convierten en pandemias con el potencial de amenazar la vida de más personas, tal y como ha ocurrido con el covid-19.

Pero nada de esto significa que estamos condenados a sufrir el combo letal de cambio climático + enfermedades infecciosas. El brote de SARS en 2003, el de H1N1 en 2009 y el mismo SARS-CoV-2 en 2019 son la muestra de que el comportamiento humano cuenta. Y que medidas tan sencillas como el uso de cubrebocas, la buena ventilación, el lavado de manos o la sana distancia pueden evitar que estas nuevas enfermedades se vuelvan eternamente mortales.

Una población más consciente de los riesgos que corre es también una población que puede estar mejor preparada para enfrentar las nuevas emergencias. Por lo tanto, conocer los riesgos a la salud que trae el cambio climático podría ayudar a prepararnos mejor: en lo individual, a modificar nuestras formas de consumo para disminuir emisiones de dióxido de carbono y, en lo colectivo, a exigir que nuestros países se propongan metas de reducción de emisiones y de protección a la biodiversidad mucho más ambiciosas.

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