Foto: Omar Lucas

El desactivador de bombas que
quizá no vuelva a caminar

[Jon Cordero Morales, 24 años]

El 5 de diciembre, postrado en una cama del Hospital Loayza, tres semanas después de ser atacado por la espalda por los efectivos policiales, Jon Cordero le cantó happy birthday por videollamada a Apolo, su mascota. Un perrito mestizo, de siete años, que rescató de las calles. La tradición: celebrarlo cada año compartiendo una torta helada. “Mamá, que sea como siempre”, pidió Jon aunque todo sea tan distinto. Dice Verónica Morales, la madre, que el perrito ladró desesperado ni bien escuchó la voz de su amo. “Él lo sacaba a pasear tres veces al día. Cómo lo extraña”, dice por videollamada.

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Desde el 14 de noviembre, Jon Cordero es incapaz de ponerse de pie. Un perdigón metálico le desgarró una parte de la médula espinal ocasionándole un traumatismo vértebro medular. La escena, que se viralizó en las redes sociales, es una de las más espeluznantes: Jon cae rendido sobre el pavimento y uno de los manifestantes, visiblemente shockeado, grita: ¡Lo mató, lo mató!

Era un cuarto para las diez de la noche, y Jon había estado desactivando bombas lacrimógenas junto a unos amigos de su barrio de Surquillo. Además de apagarlas con agua con bicarbonato, se había dado maña para devolverles un par al contingente policial. Fue cuando ya se estaba retirando en la intersección de las avenidas Lampa y Nicolás de Piérola que Jon sintió la ráfaga y se desplomó. Uno de sus amigos, Bryan Pérez, quedaría con varios dedos destrozados de la mano derecha.

Han sido dos las operaciones que Jon ha debido soportar. Una de seis horas para extraer el perdigón metálico y otra para colocarle tornillos y conseguir que pueda sentarse, aunque con ayuda. Un pequeño avance al que se aferra familia para creer que algún día, contra los pronósticos de los médicos, Jon volverá a caminar. “Se ha mentalizado”, dice Verónica a quien le permiten verlo cada dos horas, pero solo por quince minutos.

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Jon era una de las vigas de la casa. Trabajó en un grifo hasta antes de la pandemia y cuidaba de su abuelo Víctor, un señor de 84 años al que le cuesta mantener la estabilidad. En enero iba a comenzar su preparación para ingresar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos a la carrera de Nutrición. Se trataba de su segundo intento luego de haber postulado a Psicología. Ese mismo muchacho que soñaba con ser universitario, hoy micciona por sonda y debe ser volteado cada dos horas para que no le salgan escaras.

Jon, además, sufre de asma. Por lo que no se desprende de su inhalador. Hace unas semanas, la madre de André Rivero, otro de los manifestantes que también pasó la Navidad en el hospital, le obsequió un manto de una las procesiones donde su hijo cargaba el anda. Jon y su madre se pusieron a rezar. Por lo pronto el Instituto Nacional de Rehabilitación lo evaluará. Mientras haya vida, dicen, habrá esperanza.


Coordinación y edición general: Fabiola Torres / Texto: Renzo Gómez / Fotografías: Omar Lucas


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