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De 180 quimioterapias a 8 por día: los pacientes con cáncer se quedan sin tratamiento

Luego de que los hospitales cancelaran las consultas externas por el estado de emergencia, cientos de pacientes oncológicos no han podido continuar con sus terapias. Muchos han tenido que acercarse a un servicio de salud para buscar información corriendo el riesgo de contraer el coronavirus. Ya sea en su casa por el cáncer o en el hospital por la COVID-19, su vida se encuentra en peligro.

El INEN ha pasado de realizar 180 quimioterapias diarias a 8; de 360 radioterapias a 150; y de 10 operaciones a solo 3. Foto: Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN)

Tras enterarse de que tenía un cáncer de mama con metástasis, Adela* tuvo que someterse a cuatro sesiones de quimioterapia en el Hospital Rebagliati del Seguro Social de Salud (EsSalud). Una vez al mes, ella entraba a la sala de tratamiento, se sentaba en uno de los sillones y esperaba durante tres o cuatro horas que el medicamento ingresara a su organismo. Para el 14 de marzo del 2020, un día antes de que se decretara el estado de emergencia, su doctor le dijo que la enfermedad estaba cediendo a la terapia: el tumor seguía allí, pero se había reducido considerablemente. Luego de meses de náuseas, dolores de cuerpo y depresión, podía empezar una quimioterapia menos agresiva, que no la condenara todos los días a permanecer tendida en la cama. Pero su alivio duró poco. Una semana después, Adela llamó al hospital para programar su siguiente cita. La respuesta la dejó helada: el centro de salud había cancelado las consultas externas y de pronto ella se quedó sin tratamiento.

Junto a su hija, bombardearon de preguntas a la persona que atendió el teléfono: ¿Cuándo se reanudarían las citas? ¿Qué podría hacer ella mientras tanto? Si se supone que era una paciente de alto riesgo, ¿no había otra alternativa para personas en su condición? Pero la voz al otro lado de la línea solo atinó a decir que no podía informar nada más. Apenas encontremos alguna opción, agregó, nos comunicaremos con usted.

Por dos semanas Adela esperó en vano la llamada del hospital. Conforme pasaban los días, ella sentía cómo un dolor agudo que iba desde su pecho hasta su brazo volvía a aparecer. Sin tratamiento ni pastillas no había forma de calmarlo. El cáncer no se somete a ninguna cuarentena, no entiende de estados de emergencia ni de virus de última generación. Solo hace lo único que sabe hacer: reproducirse insensatamente. “A esta enfermedad no le interesa lo que hay afuera y sigue avanzando”, comenta Adela por teléfono.

Un paciente oncológico que se queda sin tratamiento se convierte en un firme candidato a morir. El doctor Carlos Farias Albuquerque, coordinador de la Alianza para la Prevención y Control de las Enfermedades no Transmisibles, explica que para que un tratamiento funcione es indispensable completar la programación establecida. “Si las dosis se cortan el objetivo no se alcanza y el paciente queda más vulnerable. Si el tratamiento es quirúrgico y se posterga la cirugía, los tumores cancerígenos siguirán creciendo”, asegura. Cuando un enfermo no recibe ninguna terapia, corre el peligro de que el cáncer acabe conquistando al organismo por cualquiera de estos tres motivos: dolor excesivo, hipercoagulabilidad (una condición que aumenta el riesgo de formar inadecuadamente coágulos de sangre), o caquexia (un estado final de la enfermedad que origina pérdida de peso, músculos y debilitamiento). “En el Perú, hay muchos pacientes oncológicos que se han quedado sin consultas, sin operaciones y sin quimios. Su cáncer avanza y puede ser fatal” dice Farias. Adela no lo sabía con exactitud, pero su cuerpo empezaba advertírselo: el mal que ella sufría parecía fortalecerse sin ninguna resistencia.

Al verla cada vez peor, sus hijos hicieron de todo para comunicarse con el hospital Rebagliati: llamaron a la central más de veinte veces, enviaron decenas de correos electrónicos y escribieron innumerables mensajes por Facebook y Twitter etiquetando al centro de salud. Pero lo único que obtuvieron fue un rotundo silencio. Mientras tanto, Adela empezó a perder peso por las náuseas y vómitos que le quitaban las ganas de comer. Sus hijos decidieron ir al hospital para exigir que la atendieran, pero se toparon con una marea de pacientes con síntomas de COVID-19. Luego de hacer una larga cola, el personal de atención les dijo que no había citas para pacientes con cáncer y que solo estaban atendiendo emergencias.

Días después, Adela tuvo que pararse de la cama con las pocas fuerzas que le quedaban y acercarse ella misma al hospital. Sabía que hacerlo ponía su vida en juego, pero ya no tenía más opciones.

Camas de oncología en el área de COVID-19

Las pocas investigaciones que existen sobre el cáncer y el nuevo coronavirus revelan que un paciente oncológico tiene 20% más riesgo de morir que una persona sana. Como señala el doctor Farias, todo enfermo de cáncer tiene sus defensas comprometidas, por lo que es más vulnerable ante la COVID-19. El cáncer altera el sistema inmune del cuerpo: hay una menor capacidad de producción de defensas o simplemente carece de ellas debido entre otras cosas a la quimioterapia, que arrasa tanto con las células dañinas como con las sanas. “Este nuevo virus se desarrolla fácilmente en pacientes oncológicos y los ataca con mucha fuerza. Las consecuencias son fatales”, afirma Farias. Para un paciente con cáncer, deambular por un hospital en plena pandemia es como transitar por un territorio minado.

Luego de un día entero recorriendo el hospital Rebagliati, Adela se dio cuenta de que la única manera de conseguir una cita era insistiendo una y otra vez, sin descanso. Solo los pacientes que andaban detrás del personal lograban separar una fecha de consulta. Había pasado un mes y medio desde que dejó de recibir tratamiento y las consecuencias ya se hacían notar: el día de su cita le anunciaron que el tumor había crecido. Tenía que empezar de nuevo, solo que esta vez en medio de una crisis sanitaria sin precedente.

La falta de atención a los pacientes oncológicos no es el único problema del hospital Rebagliati. Las personas como Adela que logran atenderse de forma ambulatoria o quienes están hospitalizados corren peligro de contraer la COVID-19 por una sencilla razón: los pacientes oncológicos se encuentran muy cerca de los contagiados. El 3 de junio, un programa dominical reveló que se había internado al señor Rino Vargas Ríos, un paciente con cáncer de 60 años, en el área de COVID-19. Aunque su hija informó al hospital que Rino había dado negativo a la prueba, los doctores decidieron mantenerlo internado. “A los familiares les dicen que sus seres queridos con cáncer están en otro piso, alejados del coronavirus, pero no es cierto. Y nadie se puede quejar porque los pacientes entran solos”, nos declaró un oncólogo del Rebagliati que pidió no revelar su identidad.

Por otro lado, el área de oncología se ha quedado sin camas para atender a sus enfermos y muchos de ellos han fallecido. “Se han llevado las camas al área de COVID-19 y nosotros estamos desesperados porque no podemos atender a nuestros pacientes más graves”, dijo otra oncóloga del hospital, quien también pidió no revelar su nombre. Los médicos quieren que se sepa lo que está sucediendo, pero tienen miedo a cualquier forma de represalia o amonestación. Desde el 27 de mayo, nos hemos comunicado con EsSalud para conocer la situación actual de los pacientes oncológicos del hospital Rebagliati. Pero hasta el momento no hemos tenido respuesta.

Sin atención ni personal especializado

En el Perú el cáncer afecta a más de 66 mil personas al año. Hasta el 2019, era la primera causa de muerte, básicamente porque la gente detecta muy tarde la enfermedad. El 85% de ellos que acuden al Instituto Nacional de Enfermedades Nepásicas (INEN) llegan con un estado avanzado, lo cual hace más difícil su pronóstico y tratamiento. Este centro de salud recibe el mayor número de pacientes: 13 mil por año, el 12,5% de toda la población oncológica en el país. Por ello, siempre está abarrotado y es muy difícil conseguir cita: las personas tardan un mes para lograr que un médico los examine. En este contexto, el coronavirus solo ha agravado una situación que ya era crítica desde mucho tiempo atrás.

En nuestro territorio solo hay cuatro locales del INEN: en Lima, Huancayo, Trujillo y Arequipa. Las zonas alejadas no tienen acceso a servicios de salud especializados y mucho menos a programas de prevención. Además, el país cuenta con muy pocos especialistas: 2 por cada 100 mil habitantes, de los cuales muchos de ellos han dejado de ejercer debido a la pandemia.

“Nuestra capacidad de atención se ha reducido. De 10 operaciones diarias, pasamos a realizar 3. De 180 quimioterapias, ahora hacemos 8*. Y de 360 radioterapias solo podemos hacer 150”, dice Gustavo Sarria, subjefe del INEN. Él asegura que el principal motivo de esta reducción es precisamente la falta de personal. “No llegamos al 47% del personal trabajando. La gran población de 3.200 trabajadores del INEN está en cuarentena, tiene alguna comorbilidad o ha dado positivo a la COVID-19 y no nos damos abasto”, explica el doctor en una llamada telefónica. Aunque él declara que han cumplido con el tratamiento de todos los pacientes, muchos de ellos denuncian que se han quedado sin citas, terapias u operaciones.

Hace dos años, a Emily le diagnosticaron un cáncer linfoma de Hodgkin, una enfermedad que produce células malignas en el sistema linfático. Los tumores pueden crecer en los ganglios del cuello, la axila, la ingle, el tórax, el abdomen o la pelvis a tal punto que ocasionan presión sobre los nervios del cuerpo y provocan un dolor insoportable. Desde que inició su atención en el INEN, ha recibido tres tratamientos con quimioterapia, cada uno más agresivo que el otro. A fines de enero del 2020 se enteró de que los doctores habían logrado encapsular el cáncer. Es decir, el tumor estaba en una sola zona del cuerpo y necesitaba una operación para extirparlo. De lo contrario, corría el peligro de que se extienda a otros órganos. Por primera vez en mucho tiempo Emily —a quien le aterra dejar sola a su hija de dos años y medio— sintió que la pesadilla empezaba a desaparecer. Pero aunque su operación estaba programada para inicios de febrero, cuatro meses después aún no se la han realizado. Sin tratamiento, ni medicamentos, ni atención médica, ella teme que el cáncer vuelva a diseminarse rápidamente por todo su cuerpo.

Ha pasado los últimos meses angustiada en el teléfono, llamando constantemente al INEN para que le confirmen una nueva fecha de operación, pero siempre le dicen lo mismo: que está en lista de espera y por eso no pueden darle una respuesta específica. Emily sabe que quizá podría lograr algo si se acercara al centro de salud, pero en su condición tiene miedo de exponerse al contagio. Según el testimonio de algunos familiares, el INEN ya no es solo un establecimiento oncológico, sino que se ha tenido que convertir también en un centro de COVID-19. En medio de la crisis, se ha acondicionado un espacio para atender a pacientes oncológicos y personal sanitario que contrajeron el nuevo coronavirus. Sin embargo, los profesionales de la salud carecen de los implementos necesarios para velar por esta clase de enfermos. El 28 de mayo, un enfermero del INEN publicó en su cuenta de Facebook que no todo el personal estaba recibiendo mascarillas N95, ni equipos de protección, ni tampoco se les había hecho las pruebas rápidas, a pesar de que un gran número de doctores y enfermeras están contagiados. Tampoco se les ha dado la tarjeta de alimentos, ni el pago por horas extras de trabajo a tiempo. Hasta la fecha, han fallecido ya cinco miembros del personal de salud y otros se encuentran en UCI.

Según Gustavo Sarria, el INEN ha buscado la forma de brindar las medidas de seguridad a sus pacientes y a su personal. Por eso ha ralentizado los servicios de salud para no tener un hospital abarrotado. El problema reside en que no hay muchos lugares en el país a donde puedan derivar a los enfermos. Sarria asegura que la pandemia ha evidenciado un déficit de servicios oncológicos que fluctúa por el 40%. Además, los pocos centros de cáncer también han disminuido el flujo de sus atenciones y la lista de espera. “La enfermedad continúa en medio de la pandemia. Las muertes en exceso que se han reportado en estas últimas semanas en el Perú tienen un componente importante de casos de cáncer”, afirma.

La segunda ola de enfermedades crónicas

A María San Julián, una exasesora de seguros de salud, le suspendieron sus sesiones de radioterapia cuando empezó la cuarentena. Desde hace catorce años ella se atiende en la clínica San Gabriel, en donde ha llevado distintos tratamientos para combatir un cáncer de mama que luego se extendió a los huesos y al hígado. Pero todo cambió con el estado de emergencia, y desde entonces ella tuvo que quedarse en casa, soportando náuseas y vómitos, hasta que una mañana de abril se despertó con un dolor intenso en el estómago y tuvieron que hospitalizarla. “Estuve internada diez días hasta que lograron estabilizarme, me hicieron una quimioterapia y me mandaron a casa”, narra la mujer. El centro de salud estaba lleno de personas con síntomas de COVID-19 y para María era un riesgo permanecer allí por más tiempo.

Sin embargo, una vez que volvió a su casa no tuvo más noticias de la clínica. Debía iniciar un tratamiento de nueve quimioterapias, pero ahora cada vez que llama por teléfono le dicen lo mismo: «Disculpe, no hay oncólogos, no podemos programarle su cita». María sabe que mientras la clínica no le ofrezca una solución, la enfermedad irá desarrollándose día a día sin que ella pueda hacer nada. “Cuando uno tiene las armas para luchar, lucha. Pero a mí me han quitado esas armas”, dice. Ya pasó dos meses desde que tuvo que empezar sus quimioterapias, pero su caso ha sido relegado en medio de la pandemia. Voceros de la clínica San Gabriel dijeron a Salud con lupa que revisarían el caso y enviarían una respuesta oficial. Pero hasta el cierre de esta edición no lo hemos recibido.

El coronavirus ha terminado monopolizando toda la atención médica. Hoy el cáncer, una enfermedad que siempre ha sido prioridad en el país, ha pasado a segundo plano. Los centros de salud no permiten que un paciente oncológico se acerque al hospital, pero tampoco alcanzan a dar un tratamiento para todos. Para el doctor Gustavo Sarria, lo peor puede venir después. La falta de consultas médicas está formando una segunda ola de enfermedades crónicas que podría desestabilizar aún más el sistema sanitario del país. “Nosotros sabemos que cuando volvamos a atender con normalidad, la demanda de pacientes será muy alta”, dice el médico. Por ejemplo, el 55% de los pacientes del INEN son de regiones y en este momento no reciben consultas presenciales. “Ellos no están llegando ahora, pero van a hacerlo en algún momento y todos al mismo tiempo”, asegura.

Va a depender de cada institución solucionar la situación de sus pacientes para evitar el avance de la enfermedad y el incremento de las muertes. El INEN ha empezado a realizar teleconsultas como una alternativa para evitar el colapso posterior. Se hacen al día 100 teleconsultas y entre 70 y 90 consultas presenciales para aquellas personas que no tienen acceso a la tecnología o no saben usarla, y también para pacientes nuevos que requieren de atención presencial.

Además, a través de una alianza con el Ministerio de Salud, se realizan despachos de medicamentos a domicilio. El INEN envía fármacos oncológicos a las Direcciones Regionales de Salud (DIRIS) para que los distribuyan en los centros de salud más cercanos a las casas de sus pacientes que han recibido una receta por teleconsulta. Esta es una gran ayuda si se considera que los medicamentos oncológicos son de los más caros del mercado y no podrían ser cubiertos por la mayoría de los pacientes. Los fármacos para cáncer de mama, por ejemplo, oscilan entre los 13 mil y los 25 mil soles. La terapia para leucemia aguda cuesta 6.931 soles, mientras que los medicamentos para el cáncer de cuello uterino pasan los 8.500 soles.

¿Qué pasará cuando se reactiven las consultas externas?

Nosotros quisiéramos reactivar las consultas, pero no tenemos la garantía de que la epidemia esté controlada”, explica Sarria. Sin embargo, asegura que el INEN ya cuenta con un plan de reactivación que consiste en un retorno gradual al número de consultas normales.

En este proceso se dará prioridad a los pacientes más graves. Para ello, los dividirán en tres grupos: uno de alto riesgo que requiere atención inmediata, otro de riesgo intermedio que podría esperar al periodo normal de atención y un tercero de bajo riesgo que está en capacidad de esperar un poco más. Por supuesto, esta división va a requerir de un análisis muy cuidadoso de los casos. Según señala el subjefe del INEN, un niño con leucemia es un paciente que necesita atención inmediata, mientras un hombre con cáncer de próstata de bajo riesgo es alguien que puede esperar un poco más con un tratamiento de pastillas. “Lamentablemente, y eso deben entenderlo todos, aquí no se trata de quién llegue primero a la fila de la consulta, sino de quién tiene la necesidad de ser atendido antes que otro. Los demás, aunque cueste decirlo, tendrán que esperar”.

Pero mientras tanto los hospitales y clínicas no dan señales de abrir nuevamente las consultas externas. Hasta que eso ocurra, pacientes de alto riesgo como Adela, Emily y María tendrán que seguir enfrentándose al mismo dilema: quedarse en casa sin tratamiento soportando los dolores de la enfermedad, o acercarse a un centro de salud a pelear por una cita, exponiéndose a contraer el virus en cada paso.

*Las pacientes Adela y Emily pidieron a Salud con lupa mantener en reserva su identidad para dar su testimonio.

*Salud con lupa entrevistó a Gustavo Sarria, subjefe del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN), el 28 de mayo. Durante la entrevista, el doctor Sarria dio las cifras sobre la reducción de quimioterapias que consignamos en el reportaje. Que de 180 sesiones al día se redujeron a 8 sesiones. Sin embargo, el 11 de junio, un día después de nuestra publicación, Sarria nos informó que se están realizando 82 quimioterapias por día y que el servicio irá retornando a la normalidad en las siguientes semanas. De igual modo, se han ido incrementando las consultas por telemedicina y las citas presenciales.

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