El futuro será de ensueño o no será

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El futuro será de ensueño o no será

Aunque en nuestra cultura dormir parece un despropósito, ya hay evidencia científica sobre la relación entre horas de sueño e inteligencia cognitiva y emocional. En el libro ¿Por qué dormimos?, el científico Matthew Walker explica por qué para poder alcanzar nuestros sueños, primero hará falta soñarlos.

Por qué dormimos

Pocas escenas me gustan tanto como la de un trabajador tomando una siesta en un parque, pues esa persona caminó hasta procurarse un pedacito de jardín cómodo y, sin pudor, adoptó la posición horizontal hasta perder la firmeza de sus músculos corporales y faciales, olvidando el tiempo, las tareas y las miradas de extraños. En ¿Por qué dormimos? del científico Matthew Walker aprendemos por qué, en nuestra era, dormir puede significar simultáneamente crear y resistir.

“Todo el mundo piensa que soy flojo. No me importa, yo creo que están locos.” Así escribía John Lennon, hace casi sesenta años, mientras componía la canción “I’m only sleeping” (“Solo estoy durmiendo”) para reclamar los beneficios de quedarse en la cama. Si bien no tengo pruebas de que Lennon era un experto en onirología, la ciencia del sueño contemporánea, aseguraría que él estaba en lo cierto: urge dejar de asumir que dormir es de flojos. De hecho, dormir correctamente es lo que nos da lucidez cuando despiertos, así que algunos jefes y profesores hacen mal en desproveernos de nuestras hermosas y productivas horas de sueño.

Walker explica una plétora de maravillas sobre el sueño. Entre ellas: que la capacidad del Homo Erectus para dormir profundamente tendido en tierra firme —en vez de en nidos o ramas— fue uno de los factores determinantes para el desarrollo del Homo Sapiens como la especie más compleja emocional, sociocultural y cognitivamente; y que los bebes duermen constantemente porque así estimulan la formación de sus sinapsis. Lo que es más, según el autor, es en el ciclo REM —la fase del sueño en la que la actividad cerebral se torna más activa y soñamos— que yace “la diferencia entre aprender y comprender”.

Porque en el REM, por ejemplo, los niños comprenden la gramática del lenguaje del día a día, y los adultos fortalecemos la conexión de los circuitos emocionales, mejorando el reconocimiento de expresiones de otros y el propio equilibrio mental. Y además, los estudios afirman que en los noventa segundos tras despertar de un ciclo REM obtenemos entre 15% y 30% más posibilidades de resolver problemas. Por consiguiente, soñar, de pronto, es lo que un jefe sabio debería exigir.

El libro ofrece casos emblemáticos como la introducción de Satisfaction escrita por Keith Richards, la canción Yesterday de Paul McCartney, la novela Frankenstein de Mary Shelley y la tabla periódica de Mendeléyev, creadores que aseveraron despertar de un sueño con su gran idea como “de la nada”. Pero, cuidado, no a cualquier dormilón se le puede ocurrir una genialidad. Antes de que se piense, “¡Bah!, yo podría haber despertado con la creatividad de McCartney”, consideremos que para despertar con una idea particular es requisito haber soñado con ella, y eso depende, necesariamente, de qué información se perciba, reflexione y almacene tanto despiertos como dormidos.

“La vida no es más que un sueño”

Clementine, la protagonista de la película “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” creada por Michel Gondry y Charlie Kaufman, reconforta a su ex pareja Joel, susurrándole que la vida no es más que un sueño. Y parece que está en lo cierto. Walker sostiene que, al igual que en dicha película, ya existe la tecnología para escanear los sueños de otros, algo que puede ser positivo para pacientes con síndrome de estrés post traumático mas muy problemático en términos de ética para el resto de la población.

Según el autor esto se debería a que al dormir el cerebro no bloquea el acceso a nuestros recuerdos y emociones; por el contrario, al soñar integramos las experiencias recientes al pasado y así definimos nuestra historia personal. Entonces, dormir es también definir quiénes somos y quiénes queremos ser, es fortalecer nuevas conexiones neuronales para fortalecer y resolver conexiones interpersonales. E incluso, como comprenden Gondry y Kaufman, al perder a alguien superamos el duelo solo si soñamos nuestros sentimientos sobre él. Los sueños, luego, son científicamente imprescindibles hasta para sanar.

Ahora que una rama de la tecnología podría encaminarse a reducir la necesidad de dormir “para ser más productivos” o a borrar forzosamente ciertos recuerdos negativos “para ser felices”, tengamos claro que esos escenarios futuros, salvo en pacientes muy específicos, serían científicamente antitéticos a lo que proponen. Comprendamos que el broche de oro para consolidar cualquier tipo de aprendizaje intelectual y emocional es desconectar con el exterior para conectar con nosotros mismos. En una palabra: dormir.

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