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La soledad del último adiós

La pandemia de COVID-19 nos ha quitado la posibilidad de despedir a nuestros seres queridos. Sin velorios ni funerales, los familiares deben hacer el duelo encerrados en sus casas. ¿Cómo encontrar consuelo sin alguien que te abrace?

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En el país casi ochocientas familias atraviesan la pérdida de un ser querido en la soledad de sus casas.
Ilustración: Héctor Huamán

La última vez que Ruth Obando vio a su tío con vida, él estaba en una cama de emergencias en el Hospital Rebagliati y ya no podía respirar. Llevaba más de una semana con fiebre y tos seca, pero no solía quejarse delante de nadie. Era un hombre de setenta y ocho años que tan solo una semana atrás, el día anterior a que el gobierno decretara la cuarentena, había sido el padrino de boda de su sobrina y la había llevado al altar. Vivía en Estados Unidos desde hacía cinco décadas, pero en esos días volvió a Lima para ver a su familia con la excusa del matrimonio. No pensaba quedarse más de tres semanas: su pasaje de vuelta estaba programado para el nueve de abril. Jamás imaginó que en ese tiempo tan corto un virus le destrozaría los pulmones, conquistaría por completo su sistema inmunológico y lo tumbaría en una cama de hospital con un ventilador mecánico y un pronóstico reservado. «Recuerdo mucho esa última vez porque me partió el corazón», me cuenta Ruth por teléfono con la voz quebrada. «Le dije que tenía que dejarlo en el hospital y él entonces me miró con un gesto de susto y tristeza y me preguntó: ¿me voy a quedar solo?» Ella intentó calmarlo, le explicó que ahí estaría mejor atendido que en la casa y luego le dio un beso. Nunca más lo volvió a ver. Días después, le tocaron la puerta para entregarle un cofre con las cenizas de su tío.

La pandemia nos ha enfrentado con nuestra propia soledad: en la casa, en las calles, en los hospitales. El virus nos aparta de las personas que amamos en el peor instante de sus vidas: cuando el simple hecho de respirar supone un acto de heroísmo. Según datos del Ministerio de Salud, la mayoría de las víctimas por el nuevo coronavirus mueren en las Unidades de Cuidados Intensivos. Un 70% de los que ingresan ya no salen con vida. Sus familiares los dejan en el hospital y luego deben esperar en casa a que suene el teléfono. A veces pasan días sin tener noticias. Si reciben una llamada de noche o de madrugada, ya saben qué van a oír del otro lado de la línea. Hoy más que nunca, el teléfono es el objeto que contiene nuestra incertidumbre. El celular de Víctor Zapana sonó a las tres de la mañana luego de varios días de no saber nada de su padre. Llevaba casi dos semanas sin verlo desde que lo internaron en el Hospital Central de Elmhurst, en Nueva York, y solo se comunicaba con él por mensajes de texto. Víctor cuenta en un testimonio que publicó en The New Yorker que su papá solía escribirle diciendo que quería un jugo de mango o un ceviche, su plato favorito. Pero conforme pasaban los días y la falta de respiración se agudizaba los mensajes se volvieron más dramáticos: «Disculpa por no haber sido un mejor padre», «Siempre te amaré, recuérdalo», «Solo quiero estar bien y pasar lo que me queda de vida con ustedes, no aquí». De pronto ya no escribió más. A los pocos días murió en el hospital sin poder hablar con nadie. En plena cuarentena, la única herramienta de consuelo que le quedó a Víctor era su propio celular: «Tú siempre has estado conmigo cuando te he necesitado», fue el último mensaje que le escribió a su papá, pero él no llegó a leerlo. En tiempos de 5G, la pérdida es también un chat sin la señal de visto, una foto de perfil que jamás se renovará, un muro que solo recibe despedidas y condolencias.

La compañía a través de la piel es mucho más poderosa que las palabras. Un gesto primitivo que no exige ninguna forma de pensamiento ni erudición. Los abrazos confortan por su rasgo auténtico y su calidez cutánea, se estampan en la memoria del cuerpo y, en su falsa brevedad, nos sostienen por un tiempo más

Hace más de un año, cuando mi madre falleció de cáncer, mi hermano y yo pudimos despedirla en la sala de emergencias. El médico de turno nos hizo pasar a Trauma Shock y entonces la vimos en la cama, inconsciente, conectada a cables y máquinas. Nos acercamos y le cogimos la mano, acariciamos su cabello, la abrazamos por un largo rato. Estuvimos a su lado en el último momento de su vida. Como siempre había sido: junto a ella. Aunque fue un instante terrible, plagado de desconcierto y desolación, pudimos contemplar su último gesto y hablarle con la auténtica intensidad de una despedida. Hoy, en cambio, los que pierden a sus seres queridos no pueden decir adiós. Están condenados a aceptar la muerte desde el silencio y el aislamiento. Muchos de ellos tienen que atravesar el duelo en medio de su propia infección, encerrados en sus habitaciones, sin poder abrazar a nadie. En una circunstancia así, el terror y el dolor son la misma cosa. Pocos días después de que Ruth Obando dejara a su tío en el hospital, ella misma empezó a presentar ciertos síntomas. La fiebre y la falta de respiración la tumbaron en la cama, al igual que a su madre y a su hija. Todos vivían en la misma casa, pero de pronto ya no podían verse ni consolarse por la pérdida de su tío. Estaban aisladas dentro del aislamiento del duelo, una experiencia ya de por sí desoladora, y solo les quedaba la frágil esperanza de sobrevivir.

«La muerte ha cambiado muchísimo con la pandemia —afirma el doctor Jesús Valverde, presidente de la Sociedad Peruana de Medicina Intensiva—. Antes se informaba a los familiares de manera presencial, se les acompañaba en el fallecimiento, se les ofrecía soporte y consuelo al recibir la noticia. Muchas veces el paciente moría delante de sus seres queridos y eso de alguna manera los ayudaba a procesar la trágica experiencia. Pero ahora ya no tenemos nada de eso». En la conmoción del coronavirus, Valverde debe informar el deceso con un tono de voz más compasivo, intentando transmitir por teléfono su condolencia, su pesar sin aspaviento, pero a veces siente que no lo consigue. «El consuelo no es el mismo sin la posibilidad de un abrazo o un trato cálido en persona. El cambio ha sido radical: ahora tenemos que aprender a dar malas noticias en medio del apuro y sin saber casi nada del familiar que está al otro lado de la línea», comenta el médico intensivista, quien a diario debe repartir sus jornadas entre el Hospital Dos de Mayo y la Clínica San Pablo. Esa falta de expresión afectiva en medio de la crisis sanitaria—centros de salud colapsados, escasez de camas, insuficiencia de personal médico, carencia de pruebas de descarte, pacientes con asfixia aguardando en la sala de espera—hace que muchas familias se sientan desatendidas durante todo el proceso. No solo por el dolor de la pérdida o el tormento de la hospitalización, sino porque tras el fallecimiento no pueden ver el cadáver ni organizar un velorio ni recibir ningún abrazo. Un virus microscópico nos ha revuelto la vida y la muerte en un instante.

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En octubre de 2017, ante la repentina muerte de mi primo, fui al Hospital Dos de Mayo y alcancé a ver su cuerpo en el mortuorio. Su hermano Orlando y yo estuvimos presente cuando lo prepararon para el ataúd. Él estaba tendido sobre una mesa de acero inoxidable, desnudo, mientras el hombre de la funeraria le introducía pedazos de algodón por la boca y las fosas nasales para acomodar sus facciones. Luego lo vistió, afeitó y maquilló. Nunca habíamos sido muy unidos, pero en ese momento sentí una feroz intimidad con él, con su historia, con la vida que dejaba atrás. No solo estaba contemplando la preparación del cadáver, sino que asistía al instante más vulnerable de su vida: cuando su cuerpo dejaba de pertenecerle. Mientras lo veía, durante quince o veinte minutos, Orlando me iba contando anécdotas de su hermano. A veces se reía abstraído en el relato y yo pensaba en cómo esa escena impactaría en él más adelante, en que quizá esa suerte de ceremonia involuntaria con el cadáver lo ayudaría a sobrellevar el dolor. Uno no olvida nunca la última imagen de un muerto amado. Y aunque algunos prefieran no tener ese recuerdo en el archivador de su memoria, los ritos funerarios con la persona que ha partido —cualesquiera que éstos sean—son una forma de empezar a aceptar lo evidente: que ese cuerpo efectivamente ha dejado de existir.

El duelo es una experiencia de adaptación a una realidad distinta, un tránsito lento que comienza con el abrupto escenario de un velorio. «Despedirnos de nuestros seres queridos es una parte increíblemente importante del proceso de duelo—señala la terapeuta y escritora estadounidense Claire Bidwell Smith—. Cuando esto se impide, los dolientes a menudo se enfrentan a sentimientos de culpa, ira o ansiedad». No es casual que todas las culturas tengan sus propios rituales de despedida: los seres humanos siempre hemos necesitado formalizar un adiós. Y no solo por la carga simbólica del culto, sino por algo mucho más elemental: el consuelo ancestral de los abrazos. La compañía a través del tacto o de la piel es mucho más poderosa que las palabras. Un gesto primitivo que no exige ninguna forma de pensamiento ni erudición. Los abrazos confortan por su rasgo auténtico y su calidez cutánea, se estampan en la memoria del cuerpo y, en su falsa brevedad, nos sostienen por un tiempo más. Un duelo sin contacto físico nos somete a una prisión afectiva, a un retraimiento del dolor, a un vasto laberinto de sombras.

Uno no olvida nunca la última imagen de un muerto amado. Y aunque algunos prefieran no tener ese recuerdo en el archivador de su memoria, los ritos funerarios con la persona que ha partido —cualesquiera que éstos sean—son una forma de empezar a aceptar lo evidente: que ese cuerpo efectivamente ha dejado de existir

Los eventos traumáticos sin actos de despedida suelen diseñar ruinas personales. El médico y periodista Amitha Kalaichandran señala que, en un estudio sobre el genocidio de Ruanda en 1994, se demostró que la gran mayoría de sobrevivientes arrastraba un duelo patológico por la interrupción de los rituales funerarios durante la guerra. El médico también apunta que tras la epidemia del ébola se encontró altos niveles de angustia en los pacientes recuperados, debido al estigma cuando intentaron reincorporarse a la sociedad. Luego de cinco meses desde la aparición de la enfermedad COVID-19, no tenemos idea de la profundidad de la cicatriz que dejará en los familiares de las víctimas, y mucho menos de su marca en el resto de la civilización. Sin embargo ante la inflexible supresión de los velorios, ha surgido una nueva forma de lamentarse.

Muchas familias en el mundo están organizando funerales a través de Zoom, la aplicación de videollamadas más célebre de la pandemia. «Cuando los desastres limitan el duelo, las personas inventan nuevas maneras de despedirse», dice Gary Laderman, profesor de la Universidad Emory. Durante la peste negra en Europa, por ejemplo, los ciudadanos tuvieron que empezar a dirigir los funerales ante la excesiva mortandad de los sacerdotes. En la guerra civil de Estados Unidos, las familias embalsamaban a sus seres queridos que habían muerto en lugares lejanos para preservar los cuerpos y poder enterrarlos en sus pueblos de origen. Esta práctica puso los cimientos de la industria funeraria moderna. Quizá el nuevo coronavirus expanda el hábito de llorar en línea, acabando por fin con las limitaciones del velorio tradicional: el costo, el tamaño, la ubicación. Para la periodista Jodi Kantor, es probable que los funerales postpandemia se enfoquen menos en el cuerpo y más en la memoria. El abandono del cadáver como insignia de la despedida.

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Desde hace meses nos hemos acostumbrado a contar muertos. Hoy, domingo, amanecimos con 728 peruanos fallecidos. Es inútil registrarlo porque mañana, cuando se publique este texto, la cifra habrá cambiado. Todos los días hablamos de enfermos y cadáveres en nuestras casas. Como suele ocurrir en cualquier guerra, la acumulación de muertos normaliza el horror de la pérdida y nos empuja a clavar la mirada en la propia supervivencia. Las epidemias suelen disparar ese instinto de conservación, a veces incluso con las personas más cercanas: en Ecuador algunas familias han tenido que embalar en plástico a sus fallecidos y ponerlos en la calle para evitar contagiarse ellos mismos. A menudo un muerto infectado no despierta compasión, sino más bien miedo y estigma. En Tumbes, los vecinos de un cementerio lanzaron piedras a los hombres que enterraban un cadáver con COVID-19. La noche anterior habían tapado la fosa en donde iban a colocar el cuerpo. «Los trabajadores de las funerarias y el personal de salud ya no quieren participar en los entierros. Tienen miedo a contagiarse y a la violencia de la gente. Ahora nadie quiere tocar los cadáveres», contó el Defensor del Pueblo Abel Chiroque al medio de prensa OjoPúblico. Con frecuencia las víctimas son vistas como parias y sus familiares como sospechosos. Por eso el gobierno ha preferido mantener su anonimato, para protegerlos de la insensatez de nuestro miedo. Hoy solo los conocemos como números que aumentan a diario, tablas matemáticas que casi nadie entiende, curvas de colores que se elevan indefinidamente sin llegar al bendito pico.

En tiempos de desgracia, nuestra tendencia natural es a no querer ver lo terrible. Es menos doloroso pensar en doctores y policías que están salvando vidas que en las víctimas que ya murieron. Después de todo, ¿por qué en las noches no salimos a aplaudir también por ellos, por sus luchas secretas, por la entereza de sus familiares?

Pero ninguna cifra cuenta una historia. Las estadísticas no saben nada de la desesperación de un hombre con neumonía que debe esperar a la intemperie para recibir un balón de oxígeno, no entienden del horror de un policía con asfixia que debe grabarse a sí mismo para que lo atiendan, no conciben el desamparo de una madre a la que no le llega las cenizas de su hijo militar. Para quienes la cuarentena es solo un tiempo de aburrido teletrabajo, de insoportables quehaceres domésticos o de nuevas peleas conyugales, las cifras de fallecidos no ayudan a comprender la verdadera magnitud de la crisis. En tiempos de desgracia, nuestra tendencia natural es a no querer ver lo terrible. Es menos doloroso pensar en doctores y policías que están salvando vidas que en las víctimas que ya murieron. Después de todo, ¿por qué en las noches no salimos a aplaudir también por ellos, por sus luchas secretas, por la entereza de sus familiares? Hundidos en la incertidumbre de la pandemia, el temor nos impide homenajear a quienes más sufren y batallan en el epicentro de esta enfermedad.

En el fondo quizá olvidamos que todos estamos perdiendo algo en esta cuarentena. Para empezar: nuestra vida de antes se acabó con una facilidad espeluznante. «Hay un dolor colectivo al descubrir que el mundo que conocíamos se ha ido para siempre», afirma David Kessler, fundador de la web Grief. La pérdida de certezas sobre el futuro inmediato nos ha conducido a una suerte de duelo anticipado: la premonición de que algo malo va a ocurrir en cualquier minuto. Vivimos constantemente no solo con el miedo al contagio, sino también con la honda sensación de que todo se puede derrumbar en un instante. El mundo como un castillo de naipes. Ese panorama tan frágil nos obligará a mirar hacia las víctimas y a los sobrevivientes, y a tratar de comprender en qué nos convertiremos cuando todo esto acabe. Porque aunque no hayamos perdido a nadie cercano, tarde o temprano el duelo de algunos nos arrastrará a todos. Al fin y al cabo, en un planeta en donde más de doscientas mil personas han muerto en los últimos meses, cerca de un millón de dolientes necesitarán asimilar la angustia de no haberse podido despedir. De quedarse por siempre con esa muda soledad en los brazos, esperando descubrir en algún momento, en el viscoso pantano del duelo, una forma póstuma de decir adiós.

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