Opinión

Antes de que nos acostumbremos

En 2025, siete de cada diez intentos de suicidio registrados en el país correspondieron a mujeres, principalmente entre los 15 y 24 años. Una parte importante de estos casos se concentra en jóvenes que estudian en universidades, donde hoy se están organizando respuestas en salud mental.

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Hace unos días, una joven de 28 años intentó quitarse la vida en Surquillo. Está hospitalizada y su estado es reservado. Lo supe como se saben hoy tantas cosas: por un video que alguien grabó y que empezó a hacerse viral en redes. Lo vi.

Desde entonces no dejo de pensar en lo rápido que el momento más frágil de una persona puede convertirse en contenido, y en lo que esa escena deja al descubierto.

En 2025, el Perú registró 4,519 intentos de suicidio, la cifra más alta desde que el Ministerio de Salud consolidó el registro nacional en 2016. En 2020 habían sido 675. La diferencia es grande y merece atención.

Parte de lo que hoy vemos también tiene que ver con el registro. Los servicios de salud reportan estos casos con más regularidad que antes. Durante años, muchos intentos pasaban sin quedar consignados. Ahora sí. Y eso permite entender mejor la dimensión del problema.

El total impresiona. Pero preocupa aún más mirar a quiénes corresponde. Siete de cada diez intentos de suicidio fueron de mujeres. La mayoría se concentra en personas jóvenes, muchas con estudios superiores: en ellas, principalmente entre los 15 y los 24 años; en ellos, entre los 15 y los 29.

Estas cifras son peruanas, pero el problema no se detiene en nuestras fronteras. La OMS estima que por cada muerte por suicidio ocurren alrededor de veinte intentos previos.

El patrón por sexo se repite en muchos países: ellas registran más intentos; ellos mueren más por esta causa. Parte de esta diferencia se explica porque los hombres suelen recurrir a métodos más letales y enfrentan mayores barreras para buscar ayuda. En las mujeres, los intentos son más frecuentes y muchas veces no llegan a ser fatales.

En las últimas dos décadas (2000–2021), la tasa de suicidio aumentó en nuestra región, mientras en otras partes del mundo disminuía.

Es difícil no pensar en lo que dejó la pandemia. Fueron meses —en algunos lugares, más de un año— de encierro, clases suspendidas o virtuales, trabajos perdidos y duelos sin despedida. En países como el Perú, donde el aislamiento fue especialmente prolongado y la precariedad más visible, el impacto fue profundo.

Sabemos que la ansiedad y la depresión aumentaron en ese periodo. Lo más difícil de medir es cómo ese desgaste se fue quedando, acumulándose en silencio, sobre todo en quienes atravesaban una etapa decisiva de su vida. Muchos jóvenes vivieron esos años con sus rutinas rotas, con sus vínculos a la distancia y con una incertidumbre que parecía no terminar nunca. No era solo el confinamiento: era la sensación de un futuro en pausa. Y nada de eso desapareció de un día para otro cuando se levantaron las restricciones. Las clases volvieron, sí, pero no necesariamente la estabilidad emocional.

Por eso, no es casual que el Ministerio de Salud haya creado en 2025 la Mesa Nacional de Trabajo para el Cuidado Integral de la Salud Mental y la Prevención del Suicidio en las Universidades, que reúne al menos a 28 casas de estudio. Es el reconocimiento de que el impacto persiste y de que las universidades se han convertido en uno de los principales espacios donde hoy se expresan esas secuelas.

El año pasado escribí sobre el suicidio porque sentía que necesitábamos hablar de esto sin miedo. Entonces, como ahora, circulaban videos en redes sin que nos detuviéramos demasiado en lo que significaban. Hoy vuelvo al tema porque los datos son más claros y porque lo ocurrido hace una semana nos recordó que seguimos reaccionando rápido, pero sin mirar con suficiente atención.

Hablar del suicidio con cuidado es entender que no se explica en una frase ni se reduce a lo que ocurrió ese día. Muchas veces hay algo que se fue acumulando con el tiempo: dolor, pérdidas, angustias que no siempre se dicen en voz alta. No siempre sabemos reconocer esas señales, y a veces recién miramos cuando ya es demasiado tarde.

Vuelvo a escribir sobre esto porque no quiero que lo miremos solo como estadística ni que aprendamos a convivir con ello en silencio. Tal vez hablarlo con más atención nos ayude a estar más cerca cuando alguien necesite ayuda.

Si estás en Perú y te sientes en crisis o en riesgo:

  • Busca ayuda inmediata. No estás solo(a). Llama gratis al 113 (opción 5 – salud mental) desde cualquier parte del país.
  • Si la situación está vinculada a violencia, también puedes comunicarte con la Línea 100. En caso de emergencia, llama a los Bomberos (116).
  • Si el riesgo es urgente, acude al hospital o clínica más cercana y solicita atención en emergencia. En Lima: Honorio Delgado – Hideyo Noguchi, Víctor Larco Herrera y Hermilio Valdizán. En regiones: Hospital de Salud Mental Juan Pablo II (Cusco) e Instituto de Salud Mental Moisés Heresi (Arequipa).
  • Habla con alguien de confianza. Decir que no te estás sintiendo bien puede ser un primer paso.
  • Si ya estás en tratamiento, comunícate con tu terapeuta o médico.

Si ahora mismo sientes que no hay salida, no tienes que enfrentarlo solo(a). Con apoyo, las cosas pueden empezar a verse de otra manera.

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