Opinión

¿Todo se lo debo a mi esfuerzo?

La actriz Stephanie Cayo, protagonista de “Hasta que nos volvamos a encontrar”, ha respondido a los comentarios sobre su película. Y la conversación en redes sociales demuestra la urgencia no solo de aprender a hablar sobre la desigualdad en nuestro país sino de reconocer que existe.

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Mi reacción ante ciertos debates en redes sociales suele tener dos etapas: en un primer momento leo cada comentario con una actitud más de chisme que de interés genuino, pero cuando las cosas escalan y se van tocando más fibras, siento el impulso de salir corriendo porque no consigo que las palabras que leo en redes se queden en redes. Y me interrumpen durante el resto del día. Y sé muy bien que Twitter, aunque lleno de opiniones, no es el espacio para preguntar, dudar, discrepar, confirmar una convicción o transformar un punto de vista.

Esta columna no se trata en lo absoluto sobre cuán buena o mala es la película “Hasta que nos volvamos a encontrar” ni sobre el talento o la diligencia de Stephanie Cayo. En realidad, ahora le hacen cargamontón en redes por sus comentarios, pero estos reflejan lo que piensan muchísimas otras personas. Y sobre eso sí sería útil que aprendamos a conversar. Hay cifras y estudios a montones que corroboran la desigualdad social en nuestro país. Creo que en este caso no necesitamos atiborrarlos aquí: en el Perú no todos tienen las mismas oportunidades y existen los privilegios. Eso es indiscutible y, aún así, nos seguimos atacando violentamente cada vez que surge una oportunidad de aceptarlo.

Desde el primer afiche de la película de Bruno Ascenzo, las críticas y los memes sobre el casting de sus protagonistas y la mirada exótica sobre Cusco inundaron Twitter. Poco espacio quedó para los argumentos porque minutos después el diálogo se redujo a: los frustrados, envidiosos y resentidos por acá…los exitosos, trabajadores y patriotas por allá. Stephanie Cayo respondió a los ataques (porque muchos de los comentarios sobre ella sí son simplemente ataques) diciendo que nos daría un consejo: ella no salió adelante hablando mal de los demás sino trabajando desde los nueve años. Concentrarse en lo que uno hace sin compararse ni criticar a otros es un gran consejo. Trabajar con empeño por alcanzar nuestras metas, también. Entonces, ¿por qué sus palabras encolerizaron a tantos? Porque como lo recita hasta PromPerú: nuestro país está lleno de gente trabajadora. Gente que se esfuerza a tal grado por sobrevivir que ya no deberíamos jactarnos de ellos sino preocuparnos por ellos. La respuesta de Cayo incomodó porque no va completa: el esfuerzo y sus habilidades no son los únicos componentes en la fórmula de su “éxito”.

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La palabra privilegio hace que algunos aprieten los dientes por distintas razones. Una de ellas es que muchas personas lo utilizan como un insulto descalificador por el que quien los posee es un tonto que nunca entenderá nada. Otra es que algunos creen que aceptar las facilidades que tuvieron le resta mérito a sus capacidades y esfuerzos. O que por identificar sus ventajas ya se les está haciendo responsables de todo el racismo y clasismo del mundo. Nada de eso es cierto. Stephanie Cayo, como lo ha mencionado, ha avanzado en su carrera “porque trabaja desde niña, porque no dejó de luchar, porque se concentra solo en ella y llena su mente de cosas positivas”. Obviamente es una mujer trabajadora pero también es una mujer blanca, con una belleza hegemónica, que creció en una familia sin pobreza extrema. Ella asegura que su historia no es una historia de argolla sino de esfuerzo. Supongamos que eso es totalmente cierto. Entonces que Stephanie Cayo reconozca el privilegio presente en su vida no tendría que restar en absoluto el mérito de sus logros.

¿Por qué no lo hace? Quizás ni lo note. En sus siguientes respuestas por redes, por más que asegura estar acostumbrada al bullying y que no le afecta, se percibe una genuina indignación de su parte, un auténtico desconcierto como el del que verdaderamente no entiende que está pasando. “Pónganse a trabajar”, “A nosotros nadie nos ha regalado nada”, “Incentivar el odio entre peruanos debe dejarles un vacío grande”. Cayo dice que se ríe de los comentarios porque “si hablan de ti están atrás tuyo”. Pero ¿por qué es eso? ¿por qué están atrás? ¿Por qué estás tú adelante? Quizás ella se ha convencido de que lleva la delantera exclusivamente porque es la más trabajadora y qué culpa tiene ella de que el resto no se sacrifique tanto. Con eso en mente es más comprensible que su análisis final de las críticas sea que los demás le tienen envidia. Y que el mayor problema de un peruano es otro peruano atacándolo y no la desigualdad social.

Identificar el privilegio en la vida de uno no es sencillo porque forma parte de nuestra normalidad. Durante mucho tiempo nuestro hogar y nuestro entorno más cercano es la única realidad que conocemos. El privilegio no les pertenece sólo a las familias de apellidos pomposos ni se trata siempre de dinero. Este atraviesa las clases sociales y se presenta en distintos grados y formas. Darnos cuenta de que hemos tenido y tenemos ciertas ventajas económicas, académicas, emocionales, nutricionales, entre muchas otras, exige romper los límites de nuestro círculo y validar la existencia de realidades distintas a la nuestra. Una vez me tocó explicarle a mi familia porqué el aceptar que había tenido facilidades que otros no, a lo largo de mi formación universitaria y en mi selección de empleos, no significaba subestimar mi “talento” ni menospreciar el esfuerzo que ellos han hecho y hacen por mi. Es simplemente la realidad. Es un problema social que cargamos todos y del que son responsables sobre todo un puñado de personas con poder.

Si hablar de desigualdad entre amigos o en casa es complicado, entiendo que pueda ser muy difícil reconocer el privilegio cuando eres una figura pública mientras miles te observan listos para lanzarte una piedra ante el más mínimo tropiezo. Stephanie Cayo no nos debe explicaciones sobre el colegio al que asistió o sobre la economía de su familia. Este diálogo no debería convertirse en una competencia por quién ha tenido más obstáculos en la vida sino más bien en una oportunidad para visibilizar las distintas situaciones que coexisten en nuestro país. Cuestionar, por ejemplo, el discurso sobre el desarrollo que se nos inocula a diario y preguntarnos si en realidad el éxito depende solamente de nuestra actitud ante la vida y no, un poquito aunque sea, de nuestras circunstancias.

Puede haber miles de chicas talentosas con el deseo de ser actrices, pero si llegan a estudiar, quizás no todas puedan soportar años de audiciones fallidas, no porque les falte amor por sus sueños, carácter o aguante, sino porque tienen que pagar la renta de la casa de sus padres o la deuda que asumieron para ingresar a una academia. Hasta en la proyección de las metas y los sacrificios que uno imagina para su vida influye la desigualdad. No es lo mismo ser una pequeña que quiere ser actriz en una familia de artistas que pueden ayudarla a que lo consiga, a ser una pequeña que quiere ser actriz en una familia de gente que trabaja en las calles para comprar la comida del día. Ninguna de las dos niñas, ni sus familias, son culpables de esa diferencia. La sociedad peruana está estructurada para perpetuar la desigualdad.

Y vencerla no es responsabilidad de una actriz famosa. Tampoco se conseguirá con peleas en Twitter sino con acciones decididas. Pero, mientras tanto, mientras los gobiernos y las autoridades siguen sin encontrar una salida, sí ayudaría a una mejor convivencia que personas con plataformas tan públicas como Stephanie Cayo puedan reconocer la existencia del privilegio en nuestra sociedad, sabiendo que eso no anula su talento ni su ética de trabajo. Aceptar que los peruanos tenemos circunstancias diferentes no es promover el odio ni la división. Al contrario, validar las realidades ajenas puede ser un primer paso para ir acortando brechas.

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