¿Por qué insistimos en culpar a la víctima?

Hablemos de salud mental

¿Por qué insistimos en culpar a la víctima?

A menudo la sociedad responsabiliza a las personas que han sufrido un abuso, en lugar de condenar al agresor. Esta actitud no solo desvía la atención sobre el verdadero culpable, sino que además origina más dolor y trauma en la víctima.

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Por Álvaro Valdivia Pareja

Psicólogo clínico y suicidólogo
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Shutterstock

Quiero que imaginen estas tres situaciones: un hombre camina por una calle peligrosa mientras habla muy alto por teléfono. De pronto aparecen dos personas y le roban el celular. ¿De quién es la culpa: del hombre o de los ladrones? Una mujer lleva muchos años en una relación abusiva. Sabe que debería separarse pero tiene miedo. Una noche su esposo la golpea hasta dejarla al borde de la muerte. ¿Ella es responsable por no haberse alejado antes? Una chica de veinte años se emborracha con un grupo de amigos. Horas después, mientras duerme, uno de ellos aprovecha para abusar sexualmente de ella. ¿La culpa es de la muchacha o del violador?

Si consideras que en alguno de estos ejemplos la persona que sufrió la agresión tuvo algún grado de responsabilidad, o que pudo hacer algo más para prevenir su infortunio, estás incurriendo —quizá sin ser muy consciente de ello— en la desafortunada práctica de culpar a la víctima. Aunque cada vez más se condena esta forma de pensar y de juzgar la desgracia ajena, creer que alguien pudo actuar de otra manera para evitar una agresión es más común de lo que imaginamos. Tal vez en algún momento todos lo hayamos hecho, aunque sea fugazmente, en voz baja o sin darnos cuenta. La dimensión de la frase “culpar a la víctima” —una expresión que se asocia con frecuencia a casos de abuso sexual— tiene múltiples matices y no siempre significa una falta de empatía hacia la desdicha del otro. A veces puede reflejar una tendencia natural por querer encontrar motivos a lo acontecido y, en ese intento, caemos sin advertirlo y de forma sutil en la acción de responsabilizar a la víctima. Por ejemplo, cuando nos enteramos de un robo, es común y hasta cierto punto normal que aparezcan pensamientos como estos: “Si esa persona no hubiera sacado el celular, no se lo habrían arrancado”, “si hubiera caminado por una calle más segura, habría prevenido el asalto”, o “si no hubiera olvidado la billetera en la tienda, nadie se la habría llevado”.

A menudo, cuando decimos o pensamos expresiones de este tipo, no las asociamos de inmediato con el acto de culpabilizar a la víctima. Sin embargo, no dejan de ser formas discretas de buscar una respuesta en las acciones del agredido, en lugar de hacerlo en las del agresor. Con esto quiero decir que el “victim blaming”, como se denomina en inglés, no es una práctica propia de gente insensible o desconsiderada, sino que muchas veces responde a un esquema de pensamiento tan arraigado que suele costarnos identificar con claridad, y que se ejerce de manera involuntaria.

Pero lo cierto es que, en cualquiera de sus formas y niveles, el hecho de responsabilizar a la víctima produce una repercusión indeseada: desvía la acusación culposa sobre el agresor. Y sin pretenderlo, disimulamos o hasta justificamos sus acciones. La sociedad tiene cierta tendencia a ensalzar al victimario antes que defender a la víctima, con lo cual invalidamos su experiencia y emociones. En un momento de extrema vulnerabilidad, la hacemos sentir más frágil e incluso la revictimizamos hasta el punto, quizá, de motivar la creencia de que el trágico evento sí fue su culpa y que se lo “merece” por no “tomar precauciones”.

Si es algo tan nocivo, ¿por qué insistimos en culpar a la víctima en lugar de condenar al agresor? Los psicólogos sociales tienen una teoría para esta vieja incógnita. “Creo que el factor más importante que promueve esta actitud es algo llamado la hipótesis del mundo justo”, dice Sherry Hamby, profesora de psicología en la Universidad del Sur de California y editora de la revista Psychology of Violence. “Consiste en la idea inconsciente de que las personas se merecen lo que les sucede, todo lo bueno y lo malo”. Por lo tanto las cosas no ocurren por un azar nefasto, sino por una razón que nos involucra. Según esta hipótesis, si pensáramos que el mundo no es un lugar justo, admitiríamos la posibilidad de que cualquiera puede ser víctima de una tragedia. Mis padres, tu mejor amigo o uno mismo. Pero al creer lo contrario, nos protegemos bajo la ilusoria seguridad de que a nosotros no nos pasarán esos eventos terribles, porque sabremos tomar las previsiones adecuadas. Algo como: “Si el hijo del vecino fue agredido, al mío no le sucederá porque yo lo protejo mejor”, “Si violaron a una chica por embriagarse, a mí jamás me ocurrirá porque yo no tomo alcohol con hombres”, “Si una mujer fue golpeada por su marido, eso no me pasará porque nunca permitiría que alguien me levantara la mano”.

Para Sergio Ruiz Arias, profesor de psicología de la Universidad de Granada, “al pensar que la responsabilidad es de la persona que ha sufrido el ataque, nos sentimos más seguros porque controlamos la situación y así tenemos la convicción de que a nosotros no nos va a pasar lo mismo. Es decir, creemos estar a salvo siempre que hagamos lo correcto”. Es lo opuesto a lo que sentimos con los desastres naturales, por ejemplo, a los cuales juzgamos como algo inevitable y fuera de nuestro control. Cuando se trata de un delito cometido por alguien más, a algunas personas les cuesta aceptar que la víctima no contribuyó (ni tampoco tiene cierta responsabilidad) en su propia desgracia.

Este mecanismo de defensa se extiende incluso a la misma víctima, quien con frecuencia también se culpa por la agresión que sufrió. Según algunos especialistas, esto podría deberse a una tendencia denominada como “sesgo de retrospectiva”: cuando miramos un evento en el pasado y pensamos que debimos haber reconocido las señales y anticipado las consecuencias. En vez de concentrar los esfuerzos en acusar al agresor, nos enfocamos en lo que hicimos o dejamos de hacer, en la impertinencia de nuestros actos y en los múltiples caminos que pudimos elegir para evitar el incidente. No es sólo una búsqueda del culpable, sino también una forma de imaginar un desenlace distinto.

Quizá en algunos casos eso es lo que motiva la reacción de quienes culpan a la víctima: proyectar un deseo de lo que no debió haber sucedido. Sin embargo, el discurso de la previsión sólo tiene sentido cuando se realiza antes del hecho, no después. Hacerlo cuando el evento acaba de ocurrir —y peor, en frente de la persona involucrada— no es sólo una falta de empatía, delicadeza y comprensión, sino que además puede generar más dolor y trauma del que ya existe. Lo más terrible que le puede pasar a alguien que ha experimentado una agresión es sentirse juzgado y criticado, en lugar de recibir ayuda y cobijarse en los brazos compasivos de sus seres queridos. Todos, sin excepción, merecemos ese refugio cuando la desdicha nos asalta.

¿Qué podemos decir y qué no delante de una víctima?

Situación Qué no decir Qué sí decir
1. Persona a quien le roban el celular en una calle peligrosa
  • ¿Cómo vas a caminar por ahí?
  • ¿Qué tienes en la cabeza?
  • Seguro nunca tomas precauciones
  • ¿Quién te manda a sacar el celular?
  • Nada justifica que te roben.
  • Lamento mucho lo que te ha pasado.
2. Mujer que es maltratada por su pareja
  • Estás loca por seguir con él.
  • ¿Qué tienes en la cabeza?
  • En parte es tu culpa por seguir con él.
  • Te gusta el golpe.
  • Te lo mereces por no separarte.
  • Nadie tiene por qué agredirte.
  • Me gustaría ayudarte a que te separes de él.
  • Lamento mucho lo que sucede, permíteme ayudarte para frenar esto de inmediato.
3. Joven que es abusada sexualmente luego de beber alcohol con amigos
  • ¿Quién te manda a tomar?
  • ¿Cómo se te ocurre hacer eso?
  • Es tu culpa por ser irresponsable.
  • Permíteme ayudarte a denunciar.
  • Nunca debieron hacerte eso.
  • Nadie tiene derecho a abusarte.
  • No es tu culpa.
4. Padres que no se dan cuenta que su hijo es agredido
  • ¿Cómo no vas a estar pendiente de tu hijo?
  • Qué mal padre/madre eres.
  • ¿Cómo no te vas a dar cuenta?
  • ¿Cómo no lo vas a cuidar?
  • Necesitamos protegerlo para que no vuelva a pasar.
  • Lamento mucho todo esto, al menos ya sabemos quién es y podemos denunciar.

Álvaro Valdivia Pareja es psicólogo clínico. Fundador y director de Sentido - Centro Peruano de Suicidología y Prevención del Suicidio. Autor del libro Suicidología (2015). Escribe la columna "Reflexiones en cuarentena" dos veces al mes.

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