En primera línea

¿Los habré contagiado yo?

Óscar Caicho Caicedo, enfermero del Hospital de Los Ceibos en Guayaquil mantiene una sensación de pérdida desde que empezó la pandemia. La culpa e impotencia aumentó cuando sus familiares enfermaron de COVID-19.

Después de que mi abuelo falleciera por COVID-19, el temor y la duda me mantuvo despierto por días. Pensaba, “¿los habré contagiado yo? ¿será que por mi culpa se está muriendo mi abuelo?”. En mi familia nos contagiamos mi papá, mi mamá, mis tíos, mi abuelo y yo. No sé si nos contagiamos por el hospital o fue comunitario, nunca lo sabremos, pero esos pensamientos no me dejaban estar tranquilo.

Empecé con escalofríos y dolor de espalda la última semana de marzo. Pensé que era el estrés, resultó ser covid-19. Me dieron permiso el 30 de marzo y estuve en casa dos semanas. El 15 de abril, cuando me recuperé, volví a trabajar como enfermero del Hospital del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) Los Ceibos en Guayaquil.

Una vez que me reintegré, llegaba a mi casa después de turnos de 24 horas y no podía dormir. Solo pensaba en la gente que me pedía auxilio. Recuerdo claramente a una señora de unos 65 o 70 años que, durante los días más álgidos de la pandemia, me tomó de la mano y me dijo “ayúdeme, no puedo respirar”. No fue la única, muchos pacientes me estiraban la mano y me decían lo mismo, pero ya no teníamos respiradores artificiales. Cuando no puedes hacer mayor cosa para salvar a alguien que te pide ayuda, el impacto es enorme. Estábamos tan ocupados todo el día trabajando, tratando de salvar al máximo de personas, que no queríamos perder tiempo yendo al baño y quitándonos todo el equipo de protección y volviéndolo a usar. En los turnos más intensos usábamos pañales.

Amigos y vecinos me llamaban todo el tiempo a pedir ayuda para ser admitidos en el hospital, pero estaba lleno. La gente se moría en el piso. Nos dábamos la vuelta para buscar las medicinas y cuando regresábamos, estaban muertos. Las personas se morían prácticamente en nuestras manos. Muchos de mis amigos enfermeros fallecieron. Fue muy duro verlos trabajando el lunes y que el viernes ya no estén. Lo de mi abuelo y mi familia me impactó mucho, pero la conmoción de ver a mis compañeros en una camilla agonizando fue mayor.

La situación se está tranquilizando. Tenemos cinco o tres pacientes nuevos por día, ya no atendemos a más de mil personas al día como durante los peores momentos de la emergencia en Guayaquil. Lo que más recuerdo de esas semanas es el sentimiento de pérdida, era permanente. A diario perdías algo: oportunidades, momentos, pacientes, familia, amigos, vecinos. Esto afectó la salud mental de todos. Nos sugerían que hablemos con un profesional pero en el hospital solo se quedó una psicóloga hablando con los familiares, con los pacientes, haciendo terapias de respiración para calmarnos. El resto se fue a su casa y eso me hizo pensar, ¿en qué me podían ayudar si el que está viviendo esto soy yo? La mayoría de personas que lo vivimos, salimos solos del impacto psicológico de esos días. Nos sentíamos miserables por no poder ayudar a la gente. Pero ahora me siento más tranquilo. Sé que hice todo lo humanamente posible.

Coordinación general: Fabiola Torres
Investigación: Susana Roa
Edición: Stefanie Pareja

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