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La competencia entre países por fabricar la primera vacuna contra el COVID-19

La propaganda, los discursos políticos y las estrategias diplomáticas y comerciales de países como Estados Unidos, Rusia y China han enmarcado el desarrollo científico como una competencia de rapidez y superioridad geopolítica que puede ser contraproducente.

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El 11 de agosto Rusia anunció que la primera vacuna exitosa contra el COVID-19 en el mundo había sido desarrollada por científicos de su país. La vacuna ha sido ensayada en personal médico, soldados y hasta en la propia hija de Vladimir Putin. Shutterstock

A finales de la década de los 50, en plena Guerra Fría, la Unión Soviética logró lo que ningún otro país había hecho antes: viajar al espacio. Fueron muchos años de intentos y temores en una carrera aeroespacial en la que no había ninguna garantía de éxito y mucho riesgo. El cosmos no perdona errores de cálculo y diseño, así que solo hasta que estuvieran seguros de que sus cohetes podían proteger a un ser humano, enviarían a uno de sus compatriotas a la gravedad cero. Su primer logro en la carrera aeroespacial fue el satélite Sputnik. El segundo fue Laika, una perrita que le dio la vuelta a la tierra. Solo tras ensayar con otros doce perros y comprobar que podían sobrevivir, enviaron a Yuri Gagarin. No se atrevieron a celebrar por anticipado hasta que él no regresara sano y salvo a la tierra.

Pero los tiempos han cambiado y el presidente ruso Vladimir Putin anunció el pasado 11 de agosto que la primera vacuna exitosa contra el COVID-19 en el mundo había sido desarrollada por científicos del Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya de su país. La vacuna ha sido ensayada en personal médico, soldados y hasta en la propia hija de Putin, pero no ha terminado todas las pruebas y no han publicado ninguna evidencia científica que demuestre su seguridad o efectividad. Aun así ya fue registrada y aprobada por el Ministerio de Salud ruso.

El anuncio fue visto con temor y mucho escepticismo por varios científicos alrededor del mundo -también en Rusia- que advierten sobre lo riesgoso que puede ser ese visto bueno prematuro y el enmarcar el desarrollo científico como una competencia de rapidez y superioridad geopolítica: el nombre de la vacuna justamente es Sputnik V, en honor al satélite que marcó el punto de partida en la rivalidad aeroespacial con los Estados Unidos.

Aliados de Rusia en América Latina celebraron el anuncio. El presidente venezolano Nicolás Maduro dijo que él sería el primero en inocularse con ella. El mexicano, Andrés Manuel López Obrador, dijo que si resultaba efectiva él también se la pondría y que su país estaría interesado en comprar varias dosis.

Más allá de las declaraciones de los presidentes, en la página oficial de Sputnik se habla de posibles alianzas para fabricarla con Cuba y con Brasil, donde además harán algunos de los ensayos clínicos pendientes. En días pasados el gobierno nicaragüense también anunció que un laboratorio de su país, el Instituto Latinoamericano de Biotecnología Méchnikov, -financiado con recursos rusos y con sede en Managua- produciría y distribuiría la vacuna al resto de la región. Pero en Nicaragua dudan sobre su capacidad de producir vacunas y otros medicamentos y temen, no solo porque desconfían de la efectividad y la seguridad de Sputnik, sino también por el origen y uso de los fondos invertidos en la iniciativa.

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El grupo farmacéutico chino Sinopharm está trabajando en dos vacunas al mismo tiempo. Ambas se probarán en el Perú a partir de setiembre. EFE

El discurso de Guerra Fría alrededor de las vacunas no solo está siendo alimentado por Putin, sino también por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien tiene afán por mostrar resultados positivos contra la pandemia antes de las elecciones presidenciales en noviembre. Esto se ha visto reflejado en una presión sin precedentes por parte de la Casa Blanca a la entidad regulatoria y sanitaria, la Food and Drug Administration (FDA). Trump dijo a través de su cuenta de Twitter que la FDA estaba dilatando la aprobación de tratamientos y de ensayos clínicos para vacunas contra el COVID-19. Mejor dicho, que estaba jugando políticamente en su contra, como parte de una supuesta conspiración de los burócratas estatales o lo que él llama el "deep state", para frenar su reelección.

Este tipo de acusaciones son graves y más grave aún es que una entidad que ha gozado de mucho prestigio haya sucumbido a la presión y dado su aval acelerado a tratamientos para el COVID-19, como el remdesivir o la hidroxicloroquina, y más recientemente al plasma, aun cuando no había información determinante o concluyente de que fueran efectivos. Los tiempos de la política no son los de la ciencia y no se debería sacrificar la seguridad de millones de personas no solo en Estados Unidos, sino en el resto del mundo: muchos de los países siguen al pie de la letra lo que recomienda la FDA.

China es otro de los países que tiene varias vacunas en etapa avanzada de desarrollo y está ansioso por ofrecerlas al resto del mundo. Una de ellas, fabricada por el laboratorio Cansino, ya fue aprobada de emergencia y suministrada a los militares de este país, aunque tampoco había concluido todos los estudios clínicos. Si bien los chinos, a diferencia de los rusos, han publicado los primeros ensayos de sus vacunas en revistas internacionales, tampoco se han caracterizado por tener un sistema regulatorio diligente y transparente, y sus laboratorios no han estado exentos de errores recientes que afectaron la salud de cientos de miles de niños.

En un esfuerzo por revertir su mala imagen por la forma como manejó el brote del virus que luego se extendió a todos los países y también aprovechar su capacidad productiva ventajosa durante la pandemia, China ha avanzado en todo tipo de acuerdos comerciales para surtir de respiradores, mascarillas y otros implementos médicos necesarios a países de América Latina como Chile, Argentina, Colombia y Venezuela. Ante la posibilidad de que una de las vacunas desarrolladas por científicos de su país sea exitosa, se realizó una cumbre virtual en la que el canciller Wang Yi ofreció un crédito de 1000 millones de dólares para los que estén interesados en adquirirla. En la cumbre participaron representantes de los gobiernos de Argentina, Uruguay, Perú, Chile, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Cuba, Barbados, Trinidad y Tobago y República Dominicana.

Valga decir que la cumbre fue facilitada por el canciller mexicano, Marcelo Erbrad, que parece estar jugando unos de los roles más activos como representante, no solo de su país, sino del continente, para lograr toda clase de acuerdos, con distintos actores. Erbrad fue instrumental también para el acuerdo entre el gobierno mexicano y argentino para producir la vacuna de Astrazeneca-Oxford en sus países. El día en que se hizo público, lo definió como un esfuerzo del "Eje del bien", desmarcándose así de los otros ejes que están en puja en la región.

Han sido tantos los anuncios y lanzamientos de vacunas al espacio mediático, sin que hayan despegado, y es tanta la falta de claridad y transparencia hacia los ciudadanos sobre las negociaciones diplomáticas y de compras por adelantando, que solo han contribuido a generar más teorías conspirativas, especulación alarmista y desinformación. El resultado más grave de esta nueva "Guerra Fría de vacunas" es que está empezando a minar la confianza de la gente, no solo en sus gobernantes, las autoridades sanitarias y los organismos multilaterales, sino también en las vacunas mismas. Sin la credibilidad y disposición de las personas para inocularse cuando éstas finalmente estén disponibles, todos los esfuerzos invertidos habrán servido para nada.

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