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¿Cómo enfrentarnos al cambio climático?

Cuando hablamos del cambio climático, suelen aparecer los conceptos de mitigación y adaptación. En esta nota veremos en qué consiste cada uno, cómo se complementan y porqué cada gobierno debe considerarlos para evitar hacer esfuerzos en vano.

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Decenas de jóvenes piden a sus gobernantes tomar acción para reducir los daños del cambio climático en una marcha por el Día de la Tierra.

La mitigación y la adaptación son dos estrategias para enfrentar el cambio climático y nos ayudan a identificar qué tan vulnerables, o no, estaremos ante el constante aumento de la temperatura media global. Se trata, sobre todo, de dos formas de actuar para reducir riesgos. Se sabe que el cambio climático es el resultado de las emisiones de gases de efecto invernadero que se han incrementado en las últimas décadas a partir de actividades producidas por el ser humano, especialmente por la quema de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo o el gas natural. Estas emisiones atrapan el calor, por lo que son las responsables de que el planeta se caliente de manera extrema. Así que la forma en la que los países, las sociedades y los individuos pueden protegerse ante estos cambios es, por un lado, reduciendo o limitando esas emisiones (mitigación) y, por otro, adecuando su forma de vida a ellos con el fin de reducir su vulnerabilidad (adaptación).

El Panel Intergubernamental del Cambio Climático, mejor conocido como IPCC, que es el órgano internacional conformado por expertos y expertas de diversas disciplinas para evaluar la evidencia de que el cambio climático está ocurriendo, ofrece definiciones exactas: adaptación, dice, se refiere a “los ajustes en los sistemas naturales o humanos como respuesta a estímulos climáticos proyectados o reales, o sus efectos, que pueden moderar el daño o aprovechar sus aspectos beneficiosos”. Mientras que la mitigación es la “intervención humana destinada a reducir las emisiones o mejorar los sumideros de gases de efecto invernadero”. El mismo IPCC define esos sumideros como “cualquier proceso, actividad o mecanismo que remueve un gas de efecto invernadero, un aerosol o un precursor de un gas de efecto invernadero de la atmósfera”.

Una forma fácil de identificar las diferencias entre ambos conceptos es que mientras que las políticas de adaptación suceden cuando los impactos del cambio climático ya han ocurrido, las políticas de mitigación se aplican para evitar o disminuir los efectos que están por ocurrir. Así, la adaptación se ocupa de los efectos, y la mitigación, de las causas del calentamiento global; por eso, los resultados de la adaptación suelen ser inmediatos, mientras que los de la mitigación suelen requerir mucho más tiempo.

Desde su cuarto informe publicado en 2007, el IPCC también dice que ambas son igualmente importantes y necesarias: “Las políticas en materia de clima no deben ceñirse a una selección entre adaptarse al cambio climático o mitigarlo”. Esto quiere decir que los países no se pueden olvidar de la adaptación, porque la mitigación no sería suficiente para evitar el avance del cambio climático en las próximas décadas, y tampoco se debe dejar de lado la mitigación porque el avance las emisiones haría que la adaptación ocurriera a un costo social, ambiental y económico muy elevado. De hecho, existen muchas acciones que involucran estrategias de mitigación y de adaptación al mismo tiempo, por ejemplo, la restauración de humedales que, por un lado, sirve para capturar emisiones (mitigación) y, por otro, mejora las fuentes de agua para la población (adaptación).

Así que para tener una idea mucho más profunda de lo que significa responder al cambio climático resulta prioritario entender ambos conceptos para identificar o exigir acciones en América Latina encaminadas a mitigar y adaptarse.

¿Qué es la adaptación?

Poco a poco se acumula evidencia que relaciona los cambios de temperatura con consecuencias que ya forman parte de nuestra vida como las lluvias torrenciales o las largas sequías, como las variaciones en la producción de los alimentos o la aparición de enfermedades emergentes. Pero mientras eso sucede, lo que es un hecho innegable es que el aumento de la temperatura promedio global ha aumentado. Desde los años 1850-1900, este promedio ha incrementado 1.1°C y el IPCC prevé que en 2050 pueda rebasar el umbral de los 2°C.

Para América Latina y el Caribe, ese aumento en la temperatura significa un incremento incuestionable en su vulnerabilidad. Según datos de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), entre los principales riesgos para la región destacan: la disminución de la producción y calidad de los alimentos; sequías en regiones semiáridas e inundaciones en zonas urbanas; desaparición de bosques, blanqueamiento de corales y pérdida de servicios ecosistémicos; propagación de enfermedades transmitidas por vectores; fenómenos extremos en zonas costeras; disminución del ingreso, principalmente de la población vulnerable, y aumento de la pobreza.

Así que la adaptación consiste, justamente, en prever esos riesgos y disminuirlos. El biólogo Armando Valdés, investigador del Centro Clima, dice que “la adaptación incluye estrategias para reducir la vulnerabilidad de las poblaciones humanas a los efectos del cambio climático”. Por ejemplo, “asegurando fuentes seguras de agua en los Andes, con la cosecha de agua, restauración y expansión de bofedales alto-andinos, o reforzando las orillas de los ríos para evitar las inundaciones a través de la canalización con cemento o restauración de humedales y vegetación aledaña a los ríos”.

Otros ejemplos de estrategias de adaptación que ya ocurren en América Latina son los sistemas de alerta temprana al calor en Chile que permiten avisar a la población sobre cuándo y en dónde ocurrirá una ola de calor o la red de infraestructura verde implementada en México, que permite disminuir los efectos de la isla de calor, regular el clima y almacenar el agua en el subsuelo para evitar inundaciones, entre otros beneficios.

¿Qué es la mitigación?

Por otro lado, es importante limitar las emisiones de efecto invernadero debido a que han sido las causantes del calentamiento del planeta. El último informe del IPCC señala que “a menos que las emisiones de gases de efecto invernadero se reduzcan de manera inmediata, rápida y a gran escala, limitar el calentamiento a cerca del 1,5°C o incluso a 2°C será un objetivo inalcanzable”.

Por eso, en buena parte de las discusiones mundiales y locales sobre cambio climático se incluye la necesidad urgente de mitigar esas emisiones a través de acciones como la reducción de la deforestación y la degradación de bosques, pues al perderlos se pierden sumideros naturales de dióxido de carbono; la sustitución de sistemas de calefacción o enfriamiento, que requieren mucha energía por infraestructura verde; o el uso de transporte que no implique la quema de combustibles fósiles, entre otros.

Lo mismo explica el investigador Armando Valdés: mitigar se trate de aplicar “estrategias para reducir la emisión de gases de efecto invernadero, como dióxido de carbono (CO2), óxido nitroso (N2O), metano (CH4), el vapor de agua (H2O) y el ozono (O3). Por ejemplo, frenando el cambio de uso de suelo (y consecuente deforestación) o reduciendo la quema de combustibles fósiles (pasando a transporte eléctrico)”.

Valdés considera que una de las máximas responsabilidades para la mitigación global es preservar la Amazonía. Pues, aunque los latinoamericanos no somos los principales generadores de gases de efecto invernadero a nivel global, “si no frenamos la deforestación en la Amazonía, muy probablemente generaremos o emitiremos grandes cantidades de gases de efecto invernadero en el futuro cercano, aparte de ser responsables por una catástrofe mundial de pérdida de biodiversidad y funcionalidad de la Amazonía”.

Otros ejemplos de mitigación en la región incluyen el gran aumento de automóviles eléctricos e híbridos, cuya matrícula incrementó en 107%, solo en 2021 en toda la región, según datos la Asociación Nacional de Movilidad Sostenible; o el compromiso de varios países de la región para descarbonizar hospitales a través de una hoja de ruta que busca reducir las emisiones del sector salud, las cuales representan aproximadamente 4,4 % de las emisiones globales netas de gases de efecto invernadero. Este plan incluye la reducción de consumo agua, gas y energía eléctrica, el uso de ventilación e iluminación natural, una mejor gestión de residuos y la generación de inventarios de gases de efecto invernadero.

Si bien todas estas estrategias de mitigación y adaptación deben realizarse a escala local, también deben contar con las regulaciones e incentivos pertinentes para que sean adoptadas y sostenibles. “¿Esto está pasando en América Latina? No a la escala que debería”, dice Valdés. “Hay países que están haciendo más, implementando estrategias de mitigación y adaptación a gran escala. Lo que sí está claro es que no podemos quedarnos sin hacer nada”.

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