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¿Has pensado hoy en tu sentido del olfato?

Frente a la vista o el oído, el olfato es un sentido al que prestamos poca atención. Pero el COVID-19 nos ha demostrado que nuestra capacidad de percibir olores puede ser un síntoma útil para entender nuestro estado de salud. Un trastorno olfatorio podría impactar en nuestra creación de recuerdos, la relación con la comida y hasta ser señal de enfermedades como el Parkinson o Alzheimer.

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Para ayudar a algunos pacientes de COVID-19 a recuperar el olfato, se les está sometiendo a un entrenamiento olfativo que consiste en oler esencias de aromas definidos como el limón, la canela o el clavo de olor. Shutterstock

Si se te nubla la vista o dejas de percibir sonidos, será difícil que pase mucho tiempo sin que acudas con un especialista. Darte cuenta de que te cuesta más leer las letras pequeñas de un libro o que no escuchas con claridad lo que te dicen por teléfono es muy sencillo. Sin embargo, ¿pasa lo mismo cuando se trata del olfato? ¿Podrías distinguir algún cambio en tu capacidad de oler? A pesar de que cerca del 5% de la población mundial padece algún tipo de trastorno del olfato —un porcentaje que supera el 20% conforme las personas envejecen—, la alteración olfatoria suele ser frecuentemente ignorada.

La Asociación Colombiana de Otorrinolaringología describe la anosmia (pérdida del olfato), como un padecimiento difícil de valorar por la subjetividad que implica identificarlo y por la poca importancia que recibe tanto del personal de salud como por el mismo paciente. Las pruebas olfativas no suelen formar parte de los exámenes de salud general para la población ni tampoco es una prioridad frecuente entre especialistas como gerontólogos, neurólogos o médicos generales.

Un estudio con 230 pacientes que acudieron a una clínica del olfato y del gusto en Estados Unidos reportó que el 80% había acudido a dos especialistas antes de llegar ahí y que el 60% de ellos había recibido poca o nula información sobre su trastorno olfativo y sus consecuencias. A eso hay que sumarle el hecho de que las personas no distinguen fácilmente cuando su capacidad olfativa se deteriora. En un estudio a nivel nacional con adultos mayores de Estados Unidos encontraron que el 74,2% no reconoció que tenía una disfunción olfativa.

Todas esas razones subrayan la necesidad de ponerle mayor atención a nuestra capacidad olfativa, pero en tiempos de pandemia esta necesidad ha cobrado mayor relevancia debido a diversos estudios que han reportado alteraciones olfatorias, ya sea la anosmia o la hiposmia (disminución en la capacidad olfativa), en un importante número de pacientes con la infección por el virus SARS-CoV-2.

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Uno de los estudios más amplios se hizo en Irán con 10 mil personas y reportó que el 48.23% tuvo alteraciones de gusto u olfato; otro, llevado a cabo en Reino Unido, encontró estos síntomas en 59.41% de las 579 personas analizadas; mientras que otro más realizado en Europa con 417 pacientes halló alteraciones en el olfato en 85.7%. Aunque son análisis con muestras pequeñas dan señales de que se trata de un síntoma recurrente.

¿Por qué sucede? Hasta ahora no se ha encontrado el proceso específico a través del cual la infección por SARS-CoV-2 puede propiciar problemas de olfato, pero especialistas ya aventuran dos posibles explicaciones fisiológicas a partir de estudios previos con virus similares.

Una de ellas es por efecto de la inflamación dentro de la nariz que el sistema inmune produce para responder al patógeno; al impedir que el virus llegue a las neuronas también puede bloquear las células olfatorias y disminuir la capacidad de oler. “Ese es el mecanismo más frecuente de las anosmias postvirales en general, pero para este virus es probable que no suceda eso ya que los pacientes que presentan anosmia por SARS-CoV-2, en general, no se quejan de secreción nasal o de sensación de nariz obstruida”, explica Sofia Waissbluth, otorrinolaringóloga y académica del Departamento de Otorrinolaringología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

La segunda posibilidad es una alteración a nivel de las neuronas olfatorias, que son indispensables para el buen funcionamiento del olfato. Se sabe que este coronavirus entra a las células humanas cuando la proteína S (Spike) presente en su envoltura se une, como llave a la cerradura, a un receptor presente en la envoltura de las células humanas conocido como ACE-2.

También se ha identificado que ese proceso suele ocurrir con más facilidad en los órganos donde hay una alta expresión de ACE-2 como los pulmones o en el cerebro, pero también en las células de soporte del epitelio respiratorio, el tejido que recubre nuestras fosas nasales.

Así que cuando respiramos el virus, el patógeno entra a través de la proteína ACE-2 de las células de soporte. Lo curioso es que las neuronas olfatorias no tienen ese receptor, por lo cual aún se desconoce cómo es que este coronavirus puede alterarlas.

De acuerdo con Waissbluth, el virus podría afectar a las células de soporte que están alrededor de las neuronas olfatoriasy de las terminaciones nerviosas del bulbo olfatorio, lo que permitiría que entre al sistema nervioso central y dañe la capacidad de olfato de las personas, pero hasta ahora son solo hipótesis difíciles de demostrar.

Las consecuencias de un olfato alterado

Perder la capacidad para oler va más allá de dejar de identificar “buenos” o “malos” olores. Las personas con trastorno de olfato, alrededor del 5% en el mundo de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, no pueden notar gases tóxicos o humo, en caso de haber algún incendio, por ejemplo, lo que podría significar un riesgo de sufrir accidentes o intoxicaciones; tampoco pueden reconocer alimentos echados a perder ni saborear la comida, lo cual puede propiciar trastornos alimenticios por comer mucho o poco y, en consecuencia, problemas de peso, desnutrición o de presión arterial.

Una persona que no percibe olores corre el riesgo de no poder identificar situaciones peligrosas como un incendio o una fuga de gas. Además, al no saborear por completo la comida podría desarrollar trastornos alimenticios

Algunos estímulos olfativos pueden desencadenar diversas respuestas emocionales relacionadas, por ejemplo, con la memoria y las relaciones sociales. Por eso, la anosmia puede llegar a afectar la calidad de vida y el estado de ánimo de los pacientes. Incluso se ha detectado que la pérdida del olfato puede ser una señal temprana de deterioro cognitivo y de enfermedades como el Párkinson, Alzheimer o la esclerosis múltiple.

Pero en los casos de pacientes con COVID-19, estos problemas no parecen ser tan graves. Aunque hay reportes de personas que siguen con estas alteraciones hasta dos meses después de haberse recuperado, de manera general las células olfatorias logran regenerarse en un tiempo aproximado de entre tres y cuatro semanas.

E incluso cuando no sucede tan rápidamente, hay esperanzas: se ha propuesto, por ejemplo, el uso de suplementos alimenticios como el zinc o el omega-3, sin embargo, lo que parece tener mejores resultados es la estimulación olfatoria. En 2013, especialistas reportaron mayor capacidad olfatoria a través de sets de tubos de 4 olores de entrenamiento (rosa, eucalipto, limón, y clavos de olor) que las personas debían oler por 5 minutos, 2 veces al día, durante 12 o 24 semanas.

“Para el entrenamiento olfatorio, pueden comprar o elaborar aceites esenciales, de 4 a 6 tipos distintos. Hay que usar olores fuertes, como canela o limón. Pero siempre es mejor tener la opinión de un profesional. La gente puede asumir que su anosmia la provocó el virus cuando en realidad hay muchas otras causas que pueden propiciar trastornos del olfato. Es importante que las personas no se autotraten si no saben cuál es la causa ni el punto de partida para analizar mejor su evolución”, explica Waissbluth.

Hay, incluso, quienes proponen la anosmia como un método de detección de COVID-19, como Richard Doty de la Universidad de Pennsylvania, en Estados Unidos, e inventor de la prueba UPSIT (las siglas para University of Pennsylvania Smell Identification Test), con la cual ya ha identificado alteraciones olfatorias en más de 500 mil individuos.

“No parece irrazonable que evaluar el olfato de personas que pueden estar en riesgo o que tengan signos sutiles de COVID-19, como fiebre leve, puede ayudar a identificar a los pacientes con COVID-19 que necesitan tratamiento temprano o cuarentena”, dijo Doty.

Para Waissbluth, sin embargo, dado que estas pruebas son costosas y no están disponibles en todos los centros, es improbable que se conviertan en una prueba masiva de detección. Lo que sí puede ocurrir es que se incluyan preguntas puntuales sobre el olfato en cualquier punto de detección. Pero para eso necesitamos, primero, ser más conscientes de qué tan bien o mal distinguimos los olores.

“Muchas veces las personas no necesariamente son conscientes de que tienen un problema del olfato”, explica Waissbluth. “La gente no le da tanta atención, como sí se lo dan a la vista o a los problemas de audición. Si vemos a la pandemia de COVID-19 por el lado positivo, lo cierto es que ha abierto una gama de posibilidades para entender bien el olfato, y que la gente tome más conciencia de él”.

Autores:

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Aleida Rueda

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