Entrevistas

¿Edificios con menos pisos? ¿Huertos en casa? ¿Más vías para bicicletas? Esto sí sería una nueva normalidad

Mario Zolezzi, investigador del Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo (Desco), asegura que la “nueva normalidad” implica más que aprender a usar mascarillas. En esta entrevista, Zolezzi señala algunos de los cambios necesarios para el futuro de nuestro país después de una pandemia.

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La Municipalidad Metropolitana de Lima implementó 4.4 km de ciclovías temporales durante el estado de emergencia. Foto: Andina

Que nos midan la temperatura antes de entrar a un banco o que nos rocíen las manos con alcohol en la puerta del supermercado son sólo un par de cambios a corto plazo que ha provocado la pandemia. La “nueva normalidad”, que tanto se menciona, abarca mucho más que eso. Es una realidad que no aparecerá automáticamente después del registro del último contagiado con coronavirus. Hay que construirla. Los arquitectos tendrán que redefinir los espacios públicos para permitir a las personas mantener una distancia saludable. Los edificios no superarán los treinta pisos y los apretados ascensores ya no serán imprescindibles. En las casas, se empezarán a cultivar tomates y zanahorias en macetas para conseguir una economía local de provisión de alimentos. Las veredas tendrán que ser más anchas y aumentarán las vías para el tránsito de bicicletas y scooters. Las personas tendremos que reconocer que no necesitamos quince pares de zapatos ni un televisor nuevo cada año. Y los gobiernos tendrán que mejorar las condiciones de vida en otras ciudades para descongestionar capitales como Lima. Al menos, esa es la meta.

Una nueva realidad supone una transformación progresiva del uso del espacio público, de la infraestructura urbana y, en suma, de la forma cómo habitamos y vivimos en las ciudades, observa en esta entrevista el sociólogo Mario Zolezzi, investigador del Centro de Estudios y Desarrollo Social (Desco). Aunque por mucho tiempo se haya considerado al boom inmobiliario de Lima una señal incuestionable de progreso, la pandemia ha demostrado que el crecimiento desordenado de las ciudades repercute en la salud y la calidad de vida de sus habitantes, pues favorece la formación de asentamientos humanos sin servicios básicos y viviendas construidas sin criterio técnico. Es el caso de varios sectores de San Juan de Lurigancho, San Martin de Porres, Comas, Villa María del Triunfo y Villa El Salvador, donde las condiciones urbanas precarias favorecieron a la diseminación del virus.

De estas zonas densamente pobladas partieron los llamados caminantes, migrantes que llegaron a Lima en búsqueda de un mejor porvenir. La cuarentena por la emergencia sanitaria y la pérdida del trabajo los empujó a enrumbar a sus lugares de origen, en Huancavelica, Áncash, Piura, Cajamarca, Pucallpa, Apurímac y Cusco, principalmente, según el informe Estado de la Población Peruana 2020 del INEI.

Mario Zolezzi ve en este movimiento migratorio inverso (desde las grandes ciudades a las más pequeñas) una manifestación de la ruralización del proceso urbano, acentuado ahora por la pandemia de la COVID-19. En esta entrevista, Zolezzi comparte los ajustes que se tienen que hacer en nuestra sociedad para poder hablar de una nueva normalidad.

Se estima que durante la cuarentena por el COVID-19 unas cien mil personas dejaron Lima para regresar a sus lugares de origen ¿Esta migración inversa, como usted la ha llamado, se mantiene?

Ese proceso continúa. Muchas personas se plantean la posibilidad de regresar a las ciudades del interior porque estas les resultan más baratas. Los productos están más cerca y hay una menor demanda. De otro lado, en las ciudades grandes como Lima —dominadas por la dictatura del vehículo privado y el transporte público de mala calidad— advertimos la necesidad de estar más cerca de lo verde. Pero la escasez de parques es tremenda. Ante la pésima distribución, acondicionamiento y ocupación del territorio es indispensable generar políticas que fomenten el arraigo en las ciudades pequeñas y medianas del país.

Toda pandemia cuestiona nuestra manera de vivir ¿Comparte esta afirmación?

Totalmente. El distanciamiento físico se da en muchos espacios de manera diferente. El lavado de manos o el uso de gel desinfectante antes de ingresar a un mercado o un banco son pequeños detalles de los cambios que ha traído la pandemia. Los más importantes están relacionados con la lógica de cómo nos desplazamos, cómo organizamos la vivienda y cómo nos relacionamos con otras personas. Las tecnologías de la comunicación, por ejemplo, permiten la dinámica del conocimiento, cuyos efectos veremos en los próximos meses. Los especialistas de todas las ramas están reencontrándose en la red. La distancia social efectivamente se ha reducido. Lo que se ha creado es una mayor distancia física.

Para ese fin, se necesita mejorar el acceso a Internet.

Gran parte de la población no tiene acceso a Internet. Y eso restringe la nueva circulación de ideas, comercio y los deja desconectados. No podemos aumentar la marginación de esos sectores y por eso tenemos que instalar puntos de conectividad segura en espacios públicos.

Ha comentado que la llamada nueva normalidad implica mucho más que usar mascarilla.

Hay que verla desde una dimensión macro. Significa una manera distinta de producir riqueza, de distribuirla, de cuidar nuestra seguridad o de darle mayor importancia a la salud. Es vernos como parte de la naturaleza y de un entramado complejo. Esto conducirá a cambios que recién están empezando. El virus, además, ha atacado el núcleo que hace a las ciudades palpitantes, exitosas.

¿En qué sentido?

Las ciudades van a enfrentar una crisis fiscal, como consecuencia de la inestabilidad en el sector inmobiliario, la reducción de viajes de los trabajadores por el teletrabajo y la migración hacia las ciudades más pequeñas ¿Qué va a surgir de eso? Eso es la nueva normalidad. Las grandes áreas metropolitanas, unas trescientas en el mundo que generan hasta dos tercios del crecimiento del PBI, tendrán que mover sus piezas. Los arquitectos deberán redefinir los espacios públicos. Pensar en un nuevo diseño de las calles, en bancas personales o bipersonales, veredas más anchas, espacios para el tránsito de vehículos menores, como bicicletas y scooter. Habrá que replantearse una densidad menor en altura de los edificios y esto conlleva cambios económicos en la renta del suelo, estilos de vida, definición de espacios urbanos, zonificación urbana. La base territorial será el barrio, con la consecuente demanda de la proximidad de los servicios.

Habrá que pensar en un nuevo desarrollo urbano para Lima.

Será necesario revisar y replantear el Plan de Desarrollo Urbano, tomando en cuenta el viaje de pasajeros, el control sanitario que impone esta pandemia y redefinir los servicios en la ciudad. Asimismo, es una prioridad abordar la articulación de las ciudades grandes con las más pequeñas a través de nodos urbanos. Al replantear la manera cómo vamos a reconstruir la sociedad en esta nueva normalidad, no podemos copiar el presupuesto de este año. Además, es necesario estudiar también esta nueva realidad porque no es necesariamente buena. Una contracción del 30% en el uso del transporte público puede significar un 30% menos de ingresos o un 30% de sobreexplotación de sus trabajadores. Necesitamos poner estos temas en agenda, redefinir lo público y privado en distintos niveles desde la calle, el barrio hasta llegar al Estado.

¿La pandemia afectará también nuestra forma de alimentarnos?

La agricultura doméstica urbana se ampliará por necesidad. El cultivo en macetas de diversos productos, como tomates, zanahorias, hierbas aromáticas, aumentará significativamente. Asimismo, podemos volver a una economía de zona para proveerse de alimentos. La demanda de frigoríficos comunales es una posibilidad que puede parecer ahora exótica, pero será necesaria en la medida que la pandemia se mantenga y la gente tenga problemas de abastecimiento por la crisis económica.

El crecimiento desordenado de Lima y otras ciudades del interior complicó la respuesta a la emergencia sanitaria ¿Qué se pudo o se puede hacer?

El problema es que una parte muy significativa de la población de las ciudades vive en asentamientos humanos sin servicios básicos. La pregunta es ¿cómo mitigar la diseminación del COVID-19 en esos lugares? Por eso, hay que repensar los barrios. No se puede hacer una intervención en bloque porque estos asentamientos son heterogéneos. La forma en que se vive en estos lugares difiere de la forma en que se hace en el centro de las ciudades, en los nuevos asentamientos humanos y las urbanizaciones de clase media, las más nuevas y las más antiguas. Identificar la población de riesgo permite ubicar, a la vez, los lugares dónde desarrollar actividades de colaboración con la comunidad vecinal. Los dirigentes en los barrios pueden ser canales rápidos y eficientes de comunicación de protocolos sanitarios, prevención, detección temprana de casos, pero es necesario capacitarlos.

Una de las secuelas sociales y económicas de la pandemia es el notable aumento del comercio en la vía pública ¿cómo abordar la informalidad post COVID?

Tenemos que formalizarnos de otra manera. Es decir, volver a formas más comunitarias, sociales y colectivas para generar empleo y ordenar la sociedad. El sector comercio está sobredimensionado. El consumismo ha sido alentado de una manera absurda disminuyendo, incluso, los recursos del planeta. Entonces, tenemos que vivir de manera distinta, sin tanta ropa o diez pares de zapatos. Con la pandemia hemos aprendido que reducir ese gasto y destinar ese ahorro al aprendizaje, al pago de servicios de Internet. Supone, pues, otros valores. Por eso digo que la nueva normalidad no es la que aparece estos días. Implica un reacondicionamiento de los espacios públicos y de vivir de mejor manera.

¿Nos enfrentamos a un cambio de era?

El siglo XXI ha empezado recién ahora, en el 2020. Hemos pasado a una etapa en la que los recursos naturales y nuestra capacidad de adquirir nuevos conocimientos, nos brindan nuevos rumbos. El Perú ha desarrollado la minería, el turismo y la agroexportación. Toca apostar por otras capacidades.

¿Como cuáles?

Antes de iniciarse la pandemia, se descubrieron importantes yacimientos de litio en la frontera de Perú, Bolivia y el norte de Chile. El litio se utiliza en baterías de automóviles eléctricos, en los teléfonos. Tenemos que plantearnos hacer apuestas por esas cosas. No debemos seguir los mismos modelos. No somos Alemania. Tenemos una sociedad con una cultura y recursos diferentes.

Usted ha mencionado que es imperativo ser conscientes de la nueva normalidad; caso contrario, pasaremos a ser parte del baúl de los recuerdos.

Creo que la capacidad de adaptación del ser humano nos ayudará a lidiar con los cambios derivados de la pandemia. El hombre es la especie con mayor capacidad de reinventarse. Ahora estamos ante un reto que nos plantea adaptarnos con inteligencia y conocimiento. Hemos estado anclados para que la gran tempestad no se lleve nuestra nave, pero en la medida que esta tempestad vaya amainando, hay que soltar las anclas y movernos a otros territorios. Los conocimientos y las prácticas comunitarias son las que guiarán a la humanidad por nuevos caminos.

Autores:

Andrea Castillo Calderón

Andrea Castillo

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