La pérdida de un bebé en gestación: historias de duelos invisibilizados

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La pérdida de un bebé en gestación: historias de duelos invisibilizados

Estos son los testimonios de tres madres que perdieron a sus hijos durante el embarazo. Sin protocolos que determinen de forma clara qué pasa con el cuerpo de los bebés que mueren en gestación, todo queda a criterio del personal médico de turno en los servicios de salud en Chile. Se espera que esto cambie tras la aprobación del proyecto de Ley Dominga.

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En 2018, se registraron 2.006 muertes de bebés en etapa de gestación en Chile. Estas son las cifras más recientes que ha publicado el Instituto Nacional de Estadísticas. Para esta investigación, se lanzó una encuesta a través de Google Forms para llegar a madres que han sufrido el fallecimiento de sus bebés en etapa gestacional o perinatal. Es decir, durante el embarazo o en los primeros siete días de vida del bebé. A la fecha de esta publicación, 113 mujeres habían contestado este formulario. Del total, el 59% afirmó haberse sentido vulnerada por el sistema médico tras el fallecimiento de su hijo. 76 de ellas dejaron su contacto para contar su historia.

El primer encuentro

El 7 de diciembre de 2020, Pamela (34) y José Miguel (35) llegaron a urgencias de la Clínica Los Carrera en Quilpué, porque ella llevaba varios días sintiendo unos dolores extraños. Allí le dieron la noticia: estaba embarazada. Tiempo después se enteraron del sexo y le pusieron Martín Ignacio.

A los tres meses de embarazo, la pareja decidió contarle a sus familias y empezar a materializar la llegada de su bebé al departamento. “Encargamos en total ocho muestras de pintura, hasta que nos decidimos por una. Dejamos el dormitorio pintado de un verde bien bonito. De hecho, hemos comprado otras cosas de ese mismo color. Es el color de Martín, decimos nosotros”, cuenta José Miguel.

La madre recuerda su embarazo como uno bueno, sin dolor ni vómitos. Así fue hasta finales del cuarto mes, cuando comenzó a sentir unos dolores “así como cuando a la mujer le va a llegar el período menstrual, pero multiplicado por 100”, explica Pamela. Este susto la llevó a urgencias de la Clínica Reñaca a finales de marzo. Ella dice que nunca olvidará las caras de la ginecóloga y la matrona que la revisaron al llegar: “Miraban el ecógrafo y no me decían nada, solamente se miraban entre ellas. Ahí yo supe al tiro que algo andaba mal”.

Le diagnosticaron incompetencia cervical. Esta condición produce que el cuello del útero se dilate y puede ser la causa de un aborto. Le explicaron que lo único que podían hacer por ella era un cerclaje de emergencia, un procedimiento en el cual se trata de cerrar el cuello del útero para que no se produzca un aborto natural. Recuerda que le dijeron que aún con la operación, tenía un 80% de probabilidades de perder a su hijo. “Por el tema del covid, yo tuve que entrar sola [a urgencias]. Me dieron esta noticia sola y yo me puse a llorar, obviamente. Fue una situación terrible”, asegura.

Ella dice que nunca olvidará las caras de la ginecóloga y la matrona que la revisaron al llegar: “Miraban el ecógrafo y no me decían nada, solamente se miraban entre ellas. Ahí yo supe al tiro que algo andaba mal”.

La ginecóloga le explicó que los dolores que sentía eran contracciones, probablemente perdería pronto a su hijo. “Mi guagua se movía mucho y en el ecógrafo incluso se veía que él tiraba muchas patadas. Entonces, yo decía: ‘¿Pero cómo? Si yo lo siento. O sea, ¿cómo me están diciendo que casi lo estoy perdiendo, si yo siento que patea, que se mueve?’”.

Ese mismo sábado quedó internada y el domingo a primera hora la subieron a pabellón para hacerle el cerclaje. Mientras José Miguel la esperaba en un pasillo de la clínica, Pamela ya no aguantaba el dolor. La anestesiaron y a los 30 segundos se durmió. Cuando despertó, el médico que realizó el procedimiento le explicó que a pesar de sus esfuerzos, la única opción que tenían para tratar de salvar a su hijo no tuvo éxito. El paso siguiente era inducirle el aborto con el fármaco misotrol.

Le dieron las pastillas para abortar y el lunes 22 de marzo entró en trabajo de parto. “Yo hasta vomité del dolor, porque era atroz. En algún momento sentía que odiaba toda esa situación, lo único que quieres es que se acabe todo eso pronto”, explica Pamela. La subieron a pabellón para administrarle anestesia y recibir a su guagua.

Antes de anestesiarla, le preguntaron si quería estar dormida o despierta durante el procedimiento. Pamela no quería ver el proceso, por lo que pidió estar dormida. Así fue. Cuando volvió en sí, lo primero que hizo fue pedir ver a Martín. Recuerda que en ese momento, el personal médico comenzó a mirarse entre sí, como si no entendieran qué pasaba. “Yo lo único que hacía era pedir a mi guagua, y en eso se me acerca una enfermera y me dice: ‘Pame, es que nosotros te preguntamos y tú dijiste que no querías verlo, y ya lo tenemos en el líquido en el que debemos ponerlo para preservarlo’”, relata hoy, aún desconcertada.

Cuando volvió en sí, lo primero que hizo fue pedir ver a Martín. Recuerda que en ese momento, el personal médico comenzó a mirarse entre sí, como si no entendieran qué pasaba.

Pamela no recuerda haberse negado a conocer a su hijo. Insistió hasta que se lo mostraron, pero antes le explicaron cómo iba a verlo: en un frasco transparente, flotando en líquido preservante color rojizo. La madre rompió en llanto cuando lo vio. “Mi bebé estaba ahí en la misma posición en que nosotros lo veíamos siempre en las ecos”, recuerda, mientras muestra con su cuerpo que su bebé tenía las manos cerca de la cabeza, como agarrándosela.

Entre el shock de la situación, Pamela ni siquiera pensó en la posibilidad de llevarse a Martín para sepultarlo. Fue José Miguel quien tomó la iniciativa de hacerlo. Ambos estaban de acuerdo y él le comunicó la decisión al personal médico. Todo habría quedado acordado para retirarlo el día en que Pamela dejara la clínica.

El 23 de marzo, la madre se fue de alta: “Nosotros esperábamos ese día llevarnos a nuestra guagua y se demoraron un montón en llegar a darnos una explicación, y cuando llega una matrona nos dice: ‘Es que su bebé se fue para estudio’. Y yo dije: ‘¡¿Pero por qué se fue para estudio si nosotros nunca hemos firmado nada?!’”. Pamela dice que la matrona les explicó que ya habían dado la orden para que trajeran a su hijo de vuelta y que deberían esperar al día siguiente para poder llevárselo. Les hizo firmar un documento para registrar que se llevarían el cuerpo del bebé.

José Miguel estaba indignado: “Sea donde estemos, en un hospital o una clínica, no puede darse una informalidad como que si uno no firma un documento para que se lleven a alguien a estudios, lo hagan por iniciativa de ellos [del centro asistencial]”. La pareja no quiso seguir insistiendo con que les entregaran a Martín de inmediato, se conformaron con poder llevárselo al día siguiente.

Fueron a la Clínica Reñaca junto a la funeraria para retirar el cuerpo de su hijo. El padre cuenta que nadie en el establecimiento sabía dónde debía buscar a su hijo. Lo mandaron a distintos lugares, hasta que finalmente le indicaron a dónde dirigirse. No recuerda exactamente qué lugar era, pero lo describe “como un quirófano más”.

Una funcionaria puso un biombo para separar a los padres del resto de los médicos y pacientes que caminaban por este sector, y fue a buscar al niño. La mujer volvió con Martín en sus brazos. “Lo tenía envuelto en una toalla y se le veía solamente la carita. Ahí lo acostó, pero ni siquiera lo trajo en una camilla. Lo traía en brazos no más. Lo peor fue que [el lugar] ni siquiera estaba preparado para que nosotros fuéramos”, recuerda José Miguel.

Martín pesó 391 gramos. Era tan pequeño que sus papás tuvieron que arroparlo con un chaleco y un gorro que le tenían. José Miguel recuerda ese primer encuentro con mucha tristeza: “Fue extraño, porque uno lo único que quiere es que tu hijo te mire y él estaba ahí con sus ojitos cerrados”. La despedida fue breve. “Hasta el día de hoy tengo esa sensación de que no lo cargué, de que no lo besé. Son cosas que deberían permitírtelas. Tomar una foto, son cosas tan simples como esas, marcar una huella”, dice Pamela.

En Chile existen normas y orientaciones emitidas por el ministerio de Salud respecto al manejo clínico y administrativo que se debe llevar a cabo tras la muerte de un bebé en gestación. Sin embargo, no hay ningún protocolo que regule y permita fiscalizar la forma de proceder del personal de salud tras el fallecimiento de un bebé. Esto genera que la calidad del trato que reciben los padres y sus hijos, quede a criterio del personal de turno.

La psiquiatra Soledad Ramírez del Centro SerMujer, especializado en salud mental perinatal, sostiene que hay mucha información en torno a la muerte gestacional cuya entrega debe ser regulada adecuadamente: “Hay áreas que quedan borrosas y la pareja se entrega un poco al criterio de la persona que esté ahí [informando]. Yo creo que más que porque se entregue información equivocada, es porque los profesionales tampoco están sensibilizados e informados”.

Respecto a las opciones que tiene cada pareja frente a la muerte de su bebé y todo lo que esto conlleva a nivel médico y administrativo, la psiquiatra sostiene que el personal de salud debiera “entregar información empáticamente, que permita la expresión emocional, la expresión de preguntas y dudas, y la toma de decisiones para empoderar a los padres”.

Las opciones tras las muerte

Karen (30) iba en tercer año de la carrera Nutrición y Dietética cuando se enteró que tenía casi 20 semanas de embarazo. Estaba terminando abril de 2016, vivía con Giorgio (31), su pareja de ese entonces, y tenían una relación estable, pero no estaba dentro de sus planes tener un hijo. “Me estaba cuidando con anticonceptivos. Era muy difícil que por mi cabeza pasara que yo estuviera embarazada”, explica. Tras dolores en los pechos y antojos que antes no había sentido, decidió hacerse un test de embarazo. El resultado: positivo. “Salió muy débil”, pensó. Hizo una segunda prueba: positivo. Era seguro, estaba esperando una guagua.

A pesar de que fue inesperado, Karen y Giorgio recibieron muy contentos la noticia. Les contaron a sus respectivas familias y a los pocos días consiguieron una hora con “el mejor ginecólogo de La Serena”, según lo que ellos habían escuchado.

Entraron juntos muy felices a la consulta en el centro de salud Aego. Giorgio llevaba su celular en la mano. Karen recuerda que el doctor les dijo: “Guarden todo artefacto tecnológico, porque yo no quiero que de esto queden fotos, ni que graben. Muchas veces los embarazos no son buenos o hay complicaciones, entonces yo prefiero que no se hagan ilusiones antes de”. Le realizó la ecografía y Karen asegura que dijo: “Claro, tu guaguita viene con problemas”.

Ella no entendía nada. “¿Qué problemas?”, pensaba. El ginecólogo les aseguró que el diagnóstico de su bebé era hidrops fetal, una condición que hace que el feto se inflame gravemente, al punto de que puede costarle la vida. El doctor le dijo que su embarazo no era viable, que si su guagua no moría entonces, moriría al nacer. La madre seguía sin entender, y entonces el doctor se agarró de un ejemplo para explicarle qué pasaba con su hijo. La pareja recuerda que les dijo: si yo les pudiese definir cómo es su bebé, se los podría definir como un michelín, con todos los órganos afuera. Ambos quedaron en shock.

Al preguntarle al ginecólogo qué podían hacer o a qué experto podían acudir para recibir ayuda, su respuesta los descolocó. “Me dijo tú no hagas nada, tu bebé va a morir en cualquier momento. Esto igual va a ser complicado para ti. Nadie te puede ayudar, no hay exámenes, así que no busquen otra alternativa”, asegura la madre. Giorgio lamenta el trato que recibieron de parte de este doctor: “Yo sé que él tenía razón. Mi hijo falleció, pero la forma en que él lo dijo, sin darnos alguna otra opción, sin explicarnos un poco más...yo no quedé satisfecho. Karen tampoco”. Antes de abandonar la consulta, el médico le dio a Karen una licencia de 11 días para sobrellevar la situación.

Los padres no creían lo que estaban viviendo, querían agotar todas las alternativas. Decidieron viajar a Santiago para encontrar especialistas que los pudieran ayudar y ver si efectivamente el diagnóstico de su bebé coincidía con lo que les había dicho el primer ginecólogo.

“Me dijo tú no hagas nada, tu bebé va a morir en cualquier momento. Esto igual va a ser complicado para ti. Nadie te puede ayudar, no hay exámenes, así que no busquen otra alternativa”, asegura la madre

En Santiago, a Karen le realizaron una ecografía 3D en un centro particular que confirmó la patología. En ese mismo examen, a los cuatro meses y medio de embarazo, se enteraron del sexo de la guagua: era un niño, lo llamaron Gaspar. “¿Realmente mi bebé es como un michelín que está con todos sus órganos afuera?”, le preguntó Karen al doctor. Dice que él le respondió que no, que eso no era posible, y que no había criterio para que alguien le hubiera dicho eso. “Entonces me explicó: Tu bebé está formado, solo que el hidrops hace que tenga un poco más de edema [inflamación] en su cuerpo y que hayan algunos órganos que no se desarrollen de buena manera”, recuerda la madre.

Por recomendación de ese mismo doctor, llegaron a la consulta del ginecólogo obstetra especialista en medicina fetal Sebastián Illanes, en la Clínica Dávila. Karen y Giorgio recalcan que él fue de los pocos profesionales que los contuvo durante este proceso. “Yo voy a hacer todo lo que esté a mi alcance, pero tenemos que afiatarnos a un milagro, porque es difícil y estamos haciendo lo médicamente posible”, le dijo el profesional.

Al doctor Illanes no le pareció adecuado el trato que un colega de La Serena le había dado a su paciente. Hace hincapié en la importancia de comunicar las malas noticias con humanidad. “Creo que el médico se tiene que olvidar de todos los tecnicismos, tiene que ser humano para dar la noticia y no usar términos técnicos. Tienen que ser términos cercanos, de tal manera que la paciente entienda las cosas generales”, dice.

La pareja viajaba de La Serena a Santiago para realizar ecografías semanales. Cada control daba cuenta de que Gaspar iba aumentando su peso y tamaño. A la semana 25, el doctor Illanes les comunicó a los padres que ya habían hecho todo lo humanamente posible, pero no había forma de revertir la situación. Su hijo estaba perdiendo mucho líquido amniótico y no podían determinar por qué. Esto complicaba todo el escenario, así que les recomendó quedarse en La Serena junto a su familia.

Karen estaba a punto de cumplir siete meses de embarazo y seguía sintiendo movimientos dentro de su vientre, eso la calmaba. De un momento a otro, la situación cambió. El viernes de esa semana ella recuerda haber sentido muy fuerte a Gaspar. Al día siguiente ya no sentía nada: “Ahí me preparé para lo peor”.

Llegó a urgencias del Hospital de La Serena y la hicieron pasar de inmediato: era un embarazo de alto riesgo. Mientras esperaban al doctor, una interna la llamó y le hizo una ecografía: “Me dijo ¿sabes qué? No encuentro el corazón de tu hijo. Es mejor que esperemos al ginecólogo, porque necesitamos una respuesta certera, concreta y con experiencia”.

Rato después la volvieron a llamar. Cuando Karen entró a la sala de ecografía, notó que además del ginecólogo había tres internos. El doctor hablaba mucho con ellos, no interactuó demasiado con la paciente. Comenzó a hacerle la ecografía y la madre recuerda que él le dijo “sí, se murió tu guagua”, y que luego empezó a reír por la conversación que estaba llevando con uno de los estudiantes. La hospitalizaron al día siguiente en el mismo establecimiento.

11 de julio. Karen fue internada en una habitación para ella sola. Comenzaron a inducirle el parto con misotrol, una pastilla intravaginal. Su mamá y su pareja se turnaban para acompañarla. Ella recuerda que al poco rato tuvo contracciones fuertes, pero el equipo médico le dijo que no podían hacer nada hasta que éstas se dieran cada cinco minutos. Horas después le pusieron otra pastilla intravaginal. Las contracciones eran más fuertes y más seguidas.

Eran cerca de las 20:30 cuando Karen fue al baño y rompió la bolsa. “Le empecé a gritar a mi mamá que había roto la bolsa y llegaron muchas enfermeras. Empecé a sangrar y había una matrona que me decía que aguantara, que me tenían que llevar a la sala de parto y poner la anestesia”. Mientras la trasladaban, ella pedía que por favor llamaran a su pareja. Estaba alterada. En la sala de parto, la matrona insistía en que aguantara un poco más, que seguían esperando al ginecólogo y al anestesista. Ninguno de ellos llegó a tiempo.

Con la voz temblorosa y ojos llorosos, Karen cuenta: “Entre muchas contracciones nació Gaspar. La matrona no pudo sacar la placenta de mí, entonces yo seguía con contracciones mientras mi hijo ya estaba afuera”. Cuando le preguntaron si quería ver a su guagua, ella dijo que sí. “No era una masa sin sus órganos, era un bebé. Estaba formadito, tenía sus piecitos un poco inflamados, pero no era una persona deforme, era un bebé”. Giorgio entró a la habitación y vio a su hijo en los brazos de su pareja. “Fue un momento cortito. La imagen que más tengo guardada es a Karen estando acostada con Gaspar acá al ladito”, cuenta Giorgio, apoyando una mano sobre su pecho.

Lo tuvieron en brazos uno o dos minutos, luego se lo llevaron. “No tengo idea a dónde, no me dijeron nada”, dice la madre. Esos minutos que compartió con su hijo todavía le pesan: “Tengo esa deuda de no haberlo tenido tanto, de no haberle sacado una foto, un recuerdo de haber estado con él más tiempo”.

Tras el parto, llevaron a Karen a pabellón para hacerle un raspaje y así sacar la placenta y cualquier otro resto que pudiese haber quedado. Al día siguiente fue a verla una asistente social que le dijo que si necesitaba apoyo psicológico podía ir al Centro de Salud Familiar (CESFAM).

Luego les explicaron que tenían dos opciones con respecto a qué hacer con el cuerpo de Gaspar: dejarlo en el hospital para realizarle una autopsia y determinar por qué murió, o que se lo llevaran para sepultarlo, pero sin realizarle ningún tipo de estudio. Giorgio estaba bastante seguro de lo que quería hacer: “Quizás sepultarlo no nos iba a ayudar a salir adelante, a seguir avanzando”, reflexiona. Sin embargo, para Karen este fue un momento sumamente complejo: “Esa fue una de las decisiones más terribles que tuve que tomar. Obviamente yo quería que le hicieran estudios para saber qué es lo que había pasado y tratar de encontrar respuestas, no quería que me pasara otra vez si es que yo quedaba embarazada. Pero también quería llevármelo para tener su recuerdo, poder enterrarlo y darle un funeral”, explica.

Según el Reglamento de Hospitales y Clínicas del ministerio de Salud, los padres de un bebé que falleció antes del nacimiento o después de este, pueden retirar sus restos en un plazo de 72 horas. Esto, siempre y cuando sea posible identificarlos o diferenciarlos de las membranas ovulares o del tejido placentario, independiente de su peso o edad gestacional. Sin embargo, no todos los establecimientos de salud del país cumplen con entregar esta información, privando a los padres del derecho de despedir a sus hijos.

La pareja no tenía por qué escoger entre sepultar a Gaspar o hacerle exámenes para indagar en la causa de fallecimiento. La normativa vigente explicita su derecho a hacer ambas cosas. Como esto nunca se les informó, los padres tomaron una decisión sin saber realmente cuáles eran todas sus opciones.

Finalmente, con el apoyo de su familia, la pareja optó por dejar el cuerpo de su bebé para que realizaran estudios y saber la causa de su muerte. Karen pensaba que la autopsia arrojaría exactamente la respuesta de por qué su hijo falleció. Su pena fue enorme cuando le dieron el resultado: Gaspar falleció por asfixia intrauterina. La mujer cuenta que días después, una psicóloga del mismo hospital le dijo que eso era lo más común del mundo, que a su bebé no lo estudiaron y que haberlo dejado ahí fue una pérdida porque no obtuvo respuestas ni pudo llevarse a su hijo. “Creo que fue mi culpa por haber tomado la decisión de no llevármelo. Hasta el día de hoy es lo que más me duele”, lamenta.

Los bebés que no son retirados

El 18 de septiembre de 2020, Betzabeth (32) se hizo un test de embarazo. No estaba asustada, tenía todo bajo control. Junto a Fernando, su pareja, lo habían planeado. Ella sabía que el 2 de septiembre ovularía y que el 15 le debía llegar el período. No le llegó. El test dio positivo.

Betzabeth trabaja en una empresa donde confeccionan materiales textiles para las fuerzas policiales y militares. En esos días, había estado con mucho trabajo y no alcanzaba a ir al médico. Cuando ya tenía unas cuatro semanas de embarazo, tuvo un leve sangramiento y no pudo seguir postergando su visita. Junto a Fernando, partió inmediatamente a urgencias del Hospital Dr. Víctor Hugo Möll de Cabildo. El matrón que la atendió le explicó que tenía sangramiento de implantación, algo habitual después de haber concebido y que puede ser fácilmente confundido con una menstruación.

A pesar de que los controles daban cuenta de que tanto ella como el bebé se encontraban bien, la madre sentía un dolor constante en la parte inferior de la espalda y le costaba pararse. “Yo tenía dos meses y me tenían que ayudar a levantarme porque no podía mover las piernas”, explica. El dolor lumbar no se detenía y ella lo mencionaba en sus controles con distintos matrones, quienes nunca le dieron demasiada importancia.

A finales de diciembre, Betzabeth notó que estaba sangrando. No era mucho, pero el color era un rojo intenso. Ella sabía que no era normal sangrar. Ya tenía 18 semanas con 4 días. Partió a urgencias el 29 de diciembre.

“Yo tenía siempre la duda de que algo estaba mal dentro de mí, que no sentía a mi bebé. Sabía que se había ido y que por algo era el sangramiento”, lamenta. El matrón le dijo que sentía los latidos del bebé, pero a ella no le inspiró mucha confianza porque se veía “demasiado joven”. A pesar de que insistía en que algo andaba mal, la mandaron a su casa con paracetamol e indicación de reposo.

Betzabeth pasó el 31 de diciembre acostada. Recuerda que hacía mucho calor y ella trataba de descansar. Se acomodaba hacia un lado, hacia el otro. El dolor no disminuía, ya no aguantaba más. Pasadas las 12 de la noche, decidió partir junto a Fernando al Hospital de Cabildo.

El matrón que la atendió decidió derivarla al Hospital San Martín de Quillota para que un equipo más especializado pudiera revisarla. Fernando y Betzabeth se separaron, ella se fue en ambulancia acompañada por una técnico en enfermería (TENS). Llegó al Hospital de Quillota a las 5 de la mañana. Tras hacerle la ecografía, la ginecóloga le dijo: “No, tu bebé está muerto, tienes que abortar. Te vas a tomar una pastilla y tienes que esperar que haga efecto”, recuerda Betzabeth. Lloraba silenciosamente.

La hospitalizaron y le dieron una pastilla sublingual a las 7 de la mañana. Comenzó a sentir dolores parecidos a cólicos cuatro horas después. Al rato llegó una comitiva de médicos a preguntarle si podían hacerle otra ecografía para confirmar el diagnóstico. Ahí, le explicaron que su bebé venía con un cromosoma menos y eso generaba más dificultades. “Siempre estuvo todo bueno y en el último minuto me dijeron: ‘Sí, viene con un cromosoma menos. O sea, es mejor que tu bebé se muera ahora a que se muera después, porque después será más doloroso’”, reclama Betzabeth.

Las contracciones se volvieron cada vez más intensas. Sentía que le corría sudor helado por el cuerpo y se agarraba de las sábanas. Alcanzó a ver pasar a una enfermera y le pidió ayuda. Betzabeth sintió que algo cayó dentro suyo: “Algo se desprendió y era como cuando uno tiene el agua hervida y tira el huevo, así mismo”, explica.

Tras hacerle la ecografía, la ginecóloga le dijo: “No, tu bebé está muerto, tienes que abortar. Te vas a tomar una pastilla y tienes que esperar que haga efecto”, recuerda Betzabeth. Lloraba silenciosamente.

El personal médico la acostó, pero el dolor seguía. Le explicaron que apenas tenía 4 centímetros de dilatación y que tenía que llegar a los 10 para que pudieran sacar a su hijo. Betzabeth no podía parar de llorar. Al cabo de un rato, abortó. Su embarazo llegó hasta las 19 semanas y un día.

La matrona le preguntó si quería conocer a su hijo y ella dijo que no. “¿Está segura?”, le preguntó. Se arrepintió de su respuesta. “Ahí lo arroparon, lo taparon y me mostraron la carita. Era negrito o negrita, no sé si era hombre o mujer, porque había fallecido ya hace mucho tiempo. Recuerdo que su nariz era igual a la mía: chiquitita y en puntita”, dice. Esa fue la primera y última vez que vio a su bebé.

Cuando se llevaron a su guagua, trasladaron a Betzabeth a pabellón para hacerle un legrado. Despertó cerca de las dos de la tarde. Estuvo cuatro días hospitalizada y en observación. La matrona le consultó qué haría con el cuerpo del bebé. Betzabeth cuenta que le dieron dos opciones: sepultarlo o hacerle una biopsia para investigar sobre la causa de fallecimiento. “La matrona en ese momento me dijo: ‘¿Para qué lo vas a sepultar? ¿Para qué vas a gastar plata?’. Así, con esas palabras. ‘Te va a salir igual que como si sepultaras a un adulto: un millón y medio’”, recuerda.

Pagar la sepultura de un bebé que falleció en gestación no siempre es la única alternativa que tienen los padres. Desde 2012, Fundación Amparar a ayudar a familias que viven esta situación: ofrecen gratuitamente a estas familias el servicio funerario, la cremación, una ceremonia y el ánfora con las cenizas, que pueden dejar en el Cementerio Santísima Trinidad de Recoleta o llevársela a casa. Creman a los bebés por separado y el ritual de despedida se hace de manera privada para cada familia. Hasta la fecha, el programa ha despedido a 130 bebés que fallecieron durante el embarazo o antes de cumplir 28 días de vida. Por temas de logística y recursos, Amparar atiende mayoritariamente casos en la Región Metropolitana y sus alrededores.

Betzabeth se encontraba sola en el hospital, Fernando estaba en casa, a dos horas del establecimiento. La madre se dejó llevar por las palabras de la funcionaria en ese momento. Hoy se arrepiente totalmente de su decisión: “Yo ahora no tengo ningún lugar para ir a llorarlo. En ese minuto, cuando la matrona me dijo que para qué iba a gastar plata, claro, fríamente dije ‘¿para qué?’”. Nunca supo qué pasó con el cuerpo de su hijo, ya que no le explicaron qué harían con él después de hacerle la biopsia. “Hasta el día de hoy, pienso: ¿estará todavía en el hospital o no?”.

Luego de la hospitalización, decidió irse a casa de sus papás en Santiago para realizarse exámenes y confirmar que todo estuviese bien. Consultó por su ficha clínica y la biopsia del bebé. Desde el Hospital de Quillota le dijeron que se demorarían un mes en entregarle los documentos. Cuando se cumplió el plazo, volvió a la Región de Valparaíso y fue directo al centro asistencial. Solo le entregaron su ficha clínica: “Cuando fui a buscar la biopsia, no me la querían entregar, porque decían que yo podía malinterpretar las cosas que salían ahí”, cuenta. Betzabeth asegura que la secretaria de Anatomía Patológica le negó el examen porque debía solicitarlo un médico. A la semana siguiente, una matrona se lo entregó.

Quería entender qué había pasado con su guagua. Nadie le explicó en detalle los resultados de la biopsia. Decidió investigar sola: leyó varios estudios en internet al respecto. Está segura de que hubo negligencia en su caso, ya que dos matrones la revisaron en su momento y le dijeron que todo estaba bien. “No quise seguir indagando [sobre la causa de fallecimiento], porque igual sentía que yo también me estaba hundiendo, entrando en una depresión”, admite Betzabeth.

Aún en duelo, la mujer siente que pese a todo ha podido salir adelante con el apoyo de su pareja y su familia, además de las madres que conoció a través de los grupos que impulsaron la aprobación de la Ley Dominga. Este proyecto busca que exista humanidad, empatía y un trato digno para los padres a la hora de enfrentar la muerte de su hijo o hija en etapa gestacional o perinatal. Recientemente, la iniciativa fue aprobada de manera unánime en el Congreso Nacional y fue despachada al presidente de la República para ser promulgada ley. De ahí en adelante, el Minsal tendrá seis meses para trabajar junto al comité técnico de Ley Dominga en un protocolo que estandarice aspectos relacionados al trato médico y administrativo de este tema.

“No quise seguir indagando [sobre la causa de fallecimiento], porque igual sentía que yo también me estaba hundiendo, entrando en una depresión”, admite Betzabeth

El 13 de mayo, Betzabeth envió un reclamo dirigido a la Unidad de Anatomía Patológica del Hospital San Martín de Quillota, en el que se lee lo siguiente: “Me negaron la entrega del cuerpo de mi bebé, ya que sólo le hicieron la biopsia, y tampoco me quisieron dar información de qué sucedió con sus restos”. En el texto, la madre explicita que desea sepultar a su bebé y, por ende, averiguar dónde se encuentra su cuerpo.

Dos semanas después, la mujer recibió un correo electrónico de la Oficina de Informaciones Reclamos y Sugerencias, en el que le notificaban que el hospital respondió su reclamo. El mail no adjuntaba la respuesta, Betzabeth debía entrar a un enlace externo señalado en el texto y ahí descargar la carta que le escribieron desde Anatomía Patológica del centro asistencial. Betzabeth no supo ver el documento y se sorprendió cuando recibió una llamada de una secretaria del Hospital de Quillota el 15 de julio. Ahí, le explicaron que todavía conservaban el cuerpo de su bebé y que debía ir al establecimiento para gestionar su sepultura.

El 2 de agosto, Betzabeth y Fernando llegaron a Quillota. En una pequeña sala, explica Bels, en la que no dejaron entrar a Fernando, se reunió con una matrona, una médica de la Unidad de Anatomía Patológica, una asistente social y una psicóloga. Le explicaron cuáles eran los pasos a seguir para sepultar a su bebé. “En ningún momento me pidieron perdón”, dice la madre.

Luego, ella y Fernando pudieron conversar con la asistente social y la psicóloga, quienes les explicaron que tras la tramitación de la Ley Dominga, el hospital comenzó a implementar ciertos protocolos al respecto. Betzabeth cuenta que le hicieron firmar un consentimiento informado en el que afirmaba haber recibido información sobre el retiro del cuerpo del bebé: “Me hicieron firmar un papel donde salía toda la información que me entregaron el lunes, no el primero de enero cuando yo perdí a mi bebé, porque ahí nadie me asesoró”.

Betzabeth y Fernando llaman a su bebé Pepita. Nunca llegaron a saber el sexo con seguridad, pero recuerdan que en una de las ecografías les dijeron que eran altas las probabilidades de que fuera una niña. Actualmente, la pareja se encuentra en contacto con el hospital para realizar los trámites correspondientes para despedir a su hija.

Según la normativa legal, los hospitales y clínicas deben mantener los cuerpos de los bebés fallecidos durante 72 horas, a la espera de que sean retirados por los padres. Si las familias no los retiran en el transcurso de ese tiempo, el establecimiento puede disponerlos como material biológico para incinerar.

Sin embargo, existen centros asistenciales que tienen una consideración especial por la situación emocional en que puedan encontrarse los padres. Por ejemplo, el Hospital Herminda Martín de Chillán conserva a estas guaguas durante 30 días. En el Hospital Clínico de la Universidad de Chile llegan a preservarlas incluso durante meses.

Algunos centros asistenciales, como el Hospital Clínico UC Christus, han buscado alternativas para no disponer de estos cuerpos como material biológico para incinerar. En una ocasión, este hospital y el programa Dignifica del Hogar de Cristo trabajaron en conjunto para darle una despedida digna a 54 bebés que nunca fueron retirados. Dignifica ofrece sepultura gratuita a los bebés que no alcanzaron a nacer o que fallecieron antes de cumplir los 28 días de vida en más de 20 hospitales y clínicas de la Región Metropolitana y Rancagua. El programa asegura que desde 2018 despide un promedio anual de 536 bebés.

El ministerio de Salud asegura que el Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) no cuenta con cifras nacionales de los bebés fallecidos en gestación (mortinatos) que no han sido retirados por los padres y, por ende, dispuestos como material biológico en cada establecimiento. El concepto de mortinato que maneja el DEIS contempla los fallecimientos desde las 22 semanas de gestación en adelante. Actualmente los datos están siendo revisados para poder publicarlos en el futuro.

Para este reportaje, se gestionó el contacto con los hospitales y clínicas involucradas en los testimonios para que pudiesen aclarar cuáles son sus protocolos frente al procedimiento médico y administrativo tras la muerte de un bebé en gestación. Hasta la fecha de publicación de este trabajo, ninguno ha respondido.


*Los apellidos de las madres y padres involucrados en este reportaje fueron omitidos para respetar su privacidad en el proceso de duelo.

*Este reportaje se realizó en el Taller de Periodismo Avanzado de la facultad de Comunicaciones de la Pontificia Universidad Católica de Chile bajo la edición de la profesora Paulette Desormeaux.

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