Foto: Omar Lucas

Inti y Bryan: El primer mes sin detenidos ni culpables

Hace un mes, un hijo de inmigrantes, orgulloso de sus raíces andinas, que quería conocer y dar a conocer todo el Perú, y un iquiteño criado por su abuela que soñaba con volver a la universidad perdieron la vida protestando por sus ideales. La investigación para identificar a los responsables de sus muertes no avanza lo suficiente.

Con su eternidad, Jordan Inti Sotelo Camargo y Jack Bryan Pintado Sánchez han alcanzado una gracia que el pueblo le reserva a unos pocos: ser reconocidos por sus nombres. Inti y Bryan. Bryan e Inti. Le sucede a los famosos, pero sobre todo a los queridos. En su caso, una celebridad a la que seguramente renunciarían para continuar en este mundo, descubriendo el velo de la vida. Pero el heroísmo no pregunta, escoge. Escoge y quita. Quita y da.

Salvador Sotelo Morales perdió a un hijo y al mismo tiempo su nombre. Para la opinión pública desde hace un mes —y tal vez para siempre— será ‘el padre de Inti’, ese muchacho cuyo corazón fue perforado por un proyectil de plomo. Un corazón que latía con orgullo al lucir el tatuaje de un sol tribal. Deidad inca con la que fue bautizado por el abuelo Froilán, el padre de su madre.

“Que les hayan metido bala y que digan que no es lo que más duele”, dice Salvador vestido de negro de pies a cabeza. Hace unos minutos este señor bajito y campechano estaba con una libreta apuntando los teléfonos de una decena de padres cuyos hijos pudieron correr el mismo destino que el suyo. Aquellos muchachos también fueron acribillados con canicas, perdigones de goma, balas y bombas lacrimógenas en los seis infelices días que duró el gobierno ilegítimo de Manuel Merino de Lama. Algunos incluso continúan en cuidados intensivos. Y del grupo que ya fue dado de alta no son pocos los que padecerán las secuelas por el resto de sus días.

El dolor, más que la dicha, hermana. Por eso se han reunido en un sindicato del Cercado de Lima convocados por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, un colectivo que está organizando sus demandas. Saben que solo juntos podrán conseguir que el Estado repare, al menos un poco, el daño incalculable que desde mediados de noviembre sufren sus familias.

Salvador, quien protege su rostro con una mascarilla donde Inti posa con la bandera del Perú, nació en Chilcas, a más de tres mil metros de altura, en la provincia de La Mar, en Ayacucho. En Lima conoció a una cusqueña llamada Luzdilán Camargo y formaron su propio universo con la llegada de sus hijos Pacha, Inti y su melliza Killa. La Tierra, el Sol y la Luna.

Una familia que recibió la noticia de la muerte de Inti en vivo y en directo, en televisión nacional, y aun así tuvo la entereza de decirle sus verdades al gobierno y echar sin ofensas a un grupo policías que merodeaba por el Hospital de Emergencias Grau. Una familia que dejó dicho desde el primer instante que lucharía por la memoria de Inti; y que para no derrumbarse, se cogió fuerte, abrazándose.

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Las muestras de cariño hacia Inti Sotelo y Jack Pintado se han hecho presentes en distintos lugares. Esta es una romería en la Plaza San Martín. Foto: Omar Lucas

Así ha sido desde entonces. Si bien es Pacha quien suele dar la cara en los actos públicos, cuando hay que inaugurar un homenaje o reunirse con alguna institución, todos aportan como les es posible. Hace unas semanas, Salvador escuchó atentamente cómo una vendedora de verduras le decía, sin saber que él era el padre de Inti, que “los dos jovencitos estaban bien muertos”. Que se lo habían buscado por revoltosos. Salvador respiró tan hondo como pudo, y le preguntó: ¿dirías lo mismo si fuera tu hijo? La señora, lejos de reflexionar, dijo sí con más ganas. Un pensamiento instalado en muchísimas personas que creen que salir a las calles a reclamar por un mejor país es de vándalos, holgazanes o ‘terrucos’.

Salvador debe, en ocasiones, enfrentarse a indolencias como esta, aunque valgan verdades han sido excepciones. Más bien ha recibido el pésame desde Tumbes hasta Tacna, como suele decir. En este mes los homenajes han sido variados y han venido de todas partes. Vigilias, placas, retablos, memoriales fotográficos, minutos de silencio, murales y altares. Muestras de genuina solidaridad que en algún momento fueron destruidas para ser repuestas al día siguiente. Actos malévolos que solo fortalecieron la causa.

También hubo ayudas que nunca llegaron. O para ser más exactos: negligencias, como las de la Municipalidad de Lima cuyas cámaras de seguridad no registraron la marcha entre las avenidas Abancay y Nicolás de Piérola. Justo en el cruce donde ocurrieron los ataques. “Si no funcionan las cámaras de la municipalidad funciona la red humana”, dice Salvador sobre la cantidad de fotos y videos que han podido juntar gracias a la buena voluntad de quienes estuvieron allí.

Todos los padres de los heridos se han marchado. Ya casi no queda nadie en el sindicato. Salvador se acomoda la mascarilla y se va hacia su auto. Su hora de entrada en un policlínico de La Victoria donde trabaja tomando radiografías a la vista se acerca. Dice que algunos partidos le han ofrecido inscribirlo como militante e inclusive ha recibido llamadas de desconocidos prometiéndole ‘regalitos’. “No me mancharé”, recalca. Salvador, acaso rindiéndole honor a su nombre, no descansará hasta hallar a los asesinos de su Inti.

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Inti Sotelo era un promisorio guía de turismo que repartía delivery en su bicicleta. Foto: Omar Lucas

A inicios de octubre, un mes antes de los brutales ataques que lo arrancaron de este mundo, Inti dio una exposición con la que Cepea, el instituto donde estudiaba para convertirse en Guía Oficial de Turismo, obtuvo su licenciamiento. Requisito para continuar operando, pero sobre todo para demostrar la calidad académica de los estudiantes.

Maribel Cáceres, su antigua profesora de museología y museografía, pensó en él como el muchacho capaz de contar las bondades del aula museo de Cepea en una grabación sin cortes. Inti debía realizar una revisión cronológica de nuestra cultura prehispánica. Explicar un pasaje mayúsculo de nuestra historia a partir de maquetas, pinturas y cerámicas. Inti, que alguna vez había trabajado como guía de las catacumbas y el convento de Santo Domingo, convenció sin mayores inconvenientes a la plana respectiva del Ministerio de Educación. Poco después les otorgaron la licencia. Ahora esa sala lleva su nombre.

Para quienes compartieron clases con este muchacho que a los 24 años había recorrido varios parajes de la costa, la sierra y la selva no les sorprendió tanto. Mucho menos a Lanya Camargo, su tía favorita, con quien ha ‘ruteado’ en varias oportunidades. Lanya vive en Sicuani, en el Cusco, de donde procede toda su ascendencia materna. Gracias a ella armó dos bicicletas para él el año pasado: una para pasear y otra para trabajar. Cuando no estaba estudiando historia o algún idioma, Inti trabajaba como repartidor de comida por delivery. Durante la pandemia, además, se las ingenió para vender por Internet artículos para ciclistas. Luces, cintillos, cintas reflectantes. Donde había una carencia, había una posibilidad.

“Lo recuerdan como alguien que luchó por su país. Es gratificante, pero también es doloroso”, lamenta Lanya. Nada ni nadie les devolverá al niño que vieron crecer. El niño que quería conocer al Perú y que todo el Perú acabó conociendo.

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Bryan Pintado fue la primera víctima de una semana donde se violaron los derechos humanos.

Son las primeras horas del domingo 15 de noviembre y Oscar Pintado y su madre Moraiba Sandoval están apostados en la puerta principal del Hospital Guillermo Almenara. Adentro hay un cuerpo no identificado de un jovencito que murió atravesado por diez proyectiles de plomo durante las marchas, y Moraiba tiene la corazonada de que puede ser su hijo. Porque para ella Jack Bryan no es su nieto sino su hijo. Lo es desde que se lo entregaron con apenas dos añitos, y se vino con él a Lima desde Iquitos.

Les han dicho que regresen en unas horas. Que los atenderán cuando amanezca. Pero a Moraiba la consume la incertidumbre. Es muy extraño que su Jack —ella no le dice Bryan sino Jack— tenga el celular apagado. Será la presión de la prensa y los manifestantes la que acelerará las cosas. Solo puede entrar uno, y Oscar no está dispuesto a que la presión alta de su madre se dispare si es que efectivamente se trata de su único hijo.

Calma a su mamá como puede y entra. En el frigorífico del hospital descansa la bolsa. Desde unos metros atrás, Oscar pide que la abran. Y entonces ve una cabeza ensangrentada. Orificios en el cuello y en el rostro. Su fisonomía indica que sí, que es él. Su tez morena, su cabello ondeado, sus labios gruesos. Pero necesita cerciorarse de algo. Entonces se acerca y pide que abran el cierre hasta abajo para ver el cuerpo. Su confirmación es veloz: en la pierna izquierda, un poco más arriba de la rótula, está el lunar, de esos de mancha, que tenía Jack. Lunar muy similar, aunque más oscuro, que él tiene en la misma zona. No puede ser otro.

Antes de derrumbarse, Oscar saca su celular y empieza a tomarle fotos. Una tras otra. “Le tomé fotos porque no sabía cómo decirle a mi mamá”, confiesa por teléfono algunas semanas después. Bryan, como ha optado por llamarlo la gente, recibió diez proyectiles de plomo. Dos en el parietal derecho, dos en el pómulo derecho, otros dos en el sub mandibular derecho, dos a nivel de la cintura escapular, otros dos en el hombro derecho y dos más en la parte superior de cara anterior del tórax. En ninguna marcha que jure ser pacífica alguien puede ser acribillado de esa manera.

Oscar ha visto cómo Moraiba, de 67 años, se ha quedado dormida besando la foto de Jack. Y cómo se ha levantado para besar la foto otra vez. “Es más duro para ella que para mí, porque con ella a veces dormía”, cuenta Oscar. Y es que con su nieto ha vivido los últimos veinte años de su vida. Rubiela, su madre, se lo dio en adopción porque consideraba que no tenía posibilidades de mantenerlo al igual que su hijo Oscar, quien se fue a trabajar y estudiar a Yurimaguas. Oscar se reencontró con él recién cuando tenía ocho añitos.

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Amigos y familiares de Bryan Pintado llegaron a su funeral con carteles en los que lo llaman héroe nacional. Foto: Omar Lucas

En San Martín de Porres, en el parque Alberto Hurtado, más conocido como el parque de la 17 por una antigua línea de buses que pasaba por allí, Bryan aprendió pronto que si quería tener algo, lo que sea que fuera, debía trabajar duro por ello. Vendedor de jugos, mesero, albañil, ayudante en una pollería, pintor de brocha gorda e incluso recepcionista en una cabina de Internet. Estudió Derecho en la Universidad César Vallejo, pero solo pudo pagar un ciclo. Ingresó después a la Telesup a estudiar Administración y tampoco pudo pasar del semestre.

“No es lo mismo cuando no tienes la seguridad de que vas a estudiar todos los ciclos”, señala Oscar Pintado, un electricista que se quedó en octavo ciclo de Ingeniería Zootecnista. Bryan se había propuesto ahorrar el próximo año para regresar a la universidad algún día. Oscar está cansado de brindar su testimonio. Algunos periodistas le preguntaron si podía llorar o mojarse el rostro con un poquito de agua. Dice que gente extraña continúa patrullando su casa. A veces en carro, a veces desde el parque.

Por eso Moraiba ha preferido retornar a Iquitos. Se ha llevado consigo libros, ropa y otras pertenencias de su Jack. Mientras tanto Oscar, al igual que Salvador Sotelo, espera cumplir su misión en este mundo para que el espíritu de su hijo, un muchacho que no pidió ser famoso con su muerte, por fin pueda descansar.

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