Hablemos de salud mental

¿Es amor o hipomanía?

Cuando tienes trastorno bipolar puede llegar a ser muy difícil identificar cuáles son tus verdaderos sentimientos. ¿Estoy enamorada o es un síntoma de mi trastorno? Esta pregunta me la he hecho varias veces a lo largo de mi vida. Y no siempre he tenido una respuesta clara.

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Ilustración: Héctor Huamán para Salud con lupa

El corazón acelerado. Las manos sudorosas. Las piernas temblorosas. La mente que da vueltas en diferentes direcciones. Así más o menos se siente estar enamorada. Pero hay un problema con el que yo no contaba. La hipomanía, síntoma del trastorno bipolar con el que convivo, produce sensaciones muy similares. A lo largo de la vida, esta situación me ha traído más de un dolor de cabeza. Y una gran colección de corazones rotos.

La primera vez que sentí que alguien me gustaba de verdad tenía trece. Esa relación duró cerca de diez meses y terminó sin novedad. Pero durante los siguientes años, hubo historias fugaces que no recuerdo a detalle. A decir verdad, no podría decir exactamente cómo empezaron, son como sombras o huecos en una gran línea de tiempo.

No eran personas que me atrajeran demasiado ni me parecieran realmente interesantes. Pero, entonces, ¿por qué permití que entraran a mi vida y se convirtieran en algo importante? La explicación recién la descubrí a partir de obtener mi diagnóstico, porque antes solo podía sentir bastante confusión al respecto.

Resulta que cuando pasas por un episodio de hipomanía tus emociones o sentimientos se magnifican. Lo que en estabilidad se podría considerar como un simple gusto o interés, durante esta etapa se puede llegar a convertir en una obsesión o en lo mejor que te ha pasado en la vida. Pero dura poco.

Por ejemplo, en mi “normalidad” me podía parecer interesante que una persona tuviera gustos musicales similares a los míos. Pero en hipomanía podía llegar a pensar que esa era una señal divina y que significaba que tenía al amor de mi vida frente a mis ojos.

A pesar de no tener las cosas del todo claras, hay dos historias que sí me sé de memoria. La primera es mi historia con un brasilero que, según yo, se parecía a Ryan Gosling. Esa fue razón suficiente para pensar que tenía que estar con él. Forcé las cosas, incluso sabiendo que no teníamos química y que probablemente él solo pasaba tiempo conmigo por aburrimiento. Cada vez que me lo encontraba, se encendía en mí una chispa extraña que me hacía sentir que estaba dentro de una película de Hollywood. Pero de Hollywood no había nada (o quizás sí) y todo se rompió cuando me enteré que tenía una relación en Brasil. Simplemente me olvidé de él y el sentimiento, que no era sentimiento, se desinfló.

La segunda es mi historia con un mesero de Pizza Hut. Recuerdo que sus ojos me miraron mientras entregaba un par de platos en la mesa contigua. Fue ese momento simple y para algunas personas irrelevante, el que consiguió que, por semanas, me obsesionara la idea de empezar algo con él. Todos los días, religiosamente, me inventaba una excusa para pasar por la ventana del restaurante con la esperanza de que me viera. Hasta que decidí a regresar a la misma mesa en la que nos “conocimos” y gracias a mi mirada penetrante, con las pupilas dilatas por la hipomanía, se convenció de dejarme su número en la cuenta. Esta pseudo relación, como la anterior y muchas otras, terminaron antes de empezar. El amor que creía sentir desapareció después de un par de salidas.

Pero la euforia, la exaltación y la energía desmedida no son lo único que perjudica nuestra forma de relacionarnos con los demás en el terreno romántico. También hay otro detalle, que no es pequeño y del que se habla poco. Ese detalle se llama hipersexualidad.

Si hablar de sexo sigue siendo tabú, hablar de la hipersexualidad, lo es todavía más. La hipersexualidad es esa subida brutal de líbido que desinhibe cada parte de tu cuerpo y te hace sentir que no existen límites para expresarte a través de él.

Esa combinación de factores me llevó a perder la vergüenza en muchas situaciones, pero también a “enamorarme” varias veces en un solo mes y a involucrarme en situaciones de riesgo que pudieron haberme costado la vida.

Hay personas que en hipomanía se casan con alguien que acaban de conocer. Pero luego se dan cuenta, cuando la euforia se convierte en desolación, que cometieron el peor error de sus vidas. Otras tienen bebés que no saben cómo concibieron, mientras que algunas son infieles en relaciones de pareja sin pensar en las consecuencias, porque su cerebro no se los permite.

Tener un trastorno mental no es una justificación para herir o traicionar a otras personas, pero si esta condición se detectara a tiempo, muchas de estas situaciones se evitarían. No habría tantos corazones rotos, tampoco tantas familias destruidas, ni tantas personas sintiéndose miserables por todos los errores que cometieron mientras no eran completamente conscientes de lo que estaba pasando.

Por eso dilatar la llegada del diagnóstico es muy peligroso, sobre todo para nosotros mismos. Contrario a lo que mucha gente piensa, las personas con problemas de salud mental somos más vulnerables a sufrir abusos de nuestras parejas que a convertirnos en abusadores.

Esto no es algo que se me ocurrió a mí. Es una realidad que ha sido comprobada a través de varias investigaciones alrededor del mundo. En España, por ejemplo, tres de cada cuatro mujeres con trastorno mental han sufrido violencia física y/o psicológica de su pareja alguna vez en su vida1.

A mí, la hipomanía me orilló a ilusionar y desilusionar a mucha más gente de la que puedo contar con los dedos, pero también me acercó a personas que me hicieron conocer de cerca el maltrato.

Cuando por fin pude pelar mis emociones y sentimientos como una cebolla gracias a mis años en terapia, logré entender cómo se veía realmente el amor y de qué manera se construía una relación para que se sostuviera en el tiempo.

Y eso es lo que he venido haciendo los últimos siete años y medio, con una persona que no piensa que soy difícil de amar por tener problemas de salud mental. Que es validante, cariñosa, paciente y que me acompaña en este camino lleno de baches, pero también de momentos bonitos y gratificantes.

La verdad es que el trastorno bipolar no es un obstáculo para tener una relación sana. Las barreras reales son la falta de psicoeducación, la inmadurez emocional y el no tener a la mano las herramientas necesarias para poder experimentar las subidas y bajadas de forma controlada.

Nosotros, como cualquiera, merecemos querer y ser queridos. Esto no debería ponerse en duda ni un segundo, aunque algunas personas todavía piensen lo contrario.

1. Según datos recogidos por la FEDEAFES (Federación de Euskadi de asociaciones de familiares y personas con enfermedad mental). También se puede encontrar más información en el siguiente estudio de la Universidad Pública de Navarra: https://roderic.uv.es/bitstream/handle/10550/32950/47-60.pdf?sequence=1

Carolina Díaz Pimentel es periodista neurodiversa y activista por la salud mental. Creadora del proyecto digital "Mas que bipolar" y columnista en Salud con lupa.

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