No quiero llamar la atención: tengo TLP

Hablemos de salud mental

No quiero llamar la atención: tengo TLP

El estigma a las personas con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) es muy común porque sus síntomas (impulsividad, arranques de ira, desánimo, entre otros) suelen tomarse como problemas de conducta o formas de llamar la atención. En este artículo, Nelly Lucía Herrera Santos desmiente los prejuicios y cuenta su experiencia con este trastorno.

TLP
Everything Bagel/Shutterstock

Cuando me preguntan qué sentí al recibir mi diagnóstico, siempre respondo que fue un alivio y una condena. Un alivio porque al fin todo lo que me ocurría tenía una explicación y eso quería decir que yo no era la única en el mundo que se sentía así. Y una condena porque lo primero que hice al ver el código F60.3 (como se denomina el Trastorno Límite de la Personalidad en el DSM-5) fue buscar en internet qué significaba y los resultados me derrumbaron: en ese entonces, hace más de diez años, las páginas decían cosas como “es una enfermedad mental que no tiene cura” o “las personas con TLP no son capaces de llevar una vida normal”. Recuerdo que ese día, frente a la computadora, sentí que estaba condenada a vivir con sufrimiento, que nunca mejoraría y que nadie jamás podría ayudarme.

Pero quizá lo más difícil fue cuando tuve que dar la noticia a mi familia y amigos. Era importante hacerlo porque durante mucho tiempo algunos de ellos consideraban mis comportamientos como “raros” o “tóxicos”, y yo necesitaba que me entiendan, que sepan que muchas de mis interacciones respondían a un diagnóstico y no simplemente a un capricho por llamar la atención. Que si “de la nada” tenía un arranque de cólera no era porque quisiera manipular a nadie, sino porque me costaba regular mi angustia. Que si fruncía demasiado el ceño no era porque estuviera molesta todo el tiempo, sino porque llevaba un vacío por dentro que no sabía cómo desaparecer. Que si pasaba de la euforia a la tristeza en tan solo unos minutos no era porque “estaba loca”, sino por algo llamado “desregulación emocional”. Sin embargo, por más que me esforcé en explicar que algunas de mis conductas eran síntomas de una condición, mi familia pensó que había llegado al extremo de adjudicarme un trastorno solo para seguir llamando la atención.

Mientras tanto, muchos amigos de ese entonces creían que era mentira porque no lucía como alguien que tuviera una “enfermedad mental”. Fue frustrante tener que invertir grandes dosis de energía en demostrar que realmente había sido diagnosticada. Es decir, no solo tenía que lidiar con la noticia abrumadora de mi trastorno, sino que encima debía soportar que mi círculo más cercano no me creyera o le restara importancia. Con el tiempo fui entendiendo que uno de los problemas entorno al TLP es que a la gente le cuesta comprender que ciertas actitudes consideradas “manipuladoras” o “egocéntricas” son en el fondo síntomas muy concretos, y por tanto resultan difíciles de manejar. Se piensa que uno lo hace con una intención específica o para conseguir algo, pero la mayoría de las veces es el reflejo de una inestabilidad emocional que no encuentra otra forma de expresarse.

En mi caso los síntomas se manifestaron a lo largo de toda mi vida, pero nunca pensé que respondían a un diagnóstico de salud mental. Desde muy joven tuve una enorme sensación de vacío que no podía explicar. Sentía que ninguna actividad era completamente placentera o satisfactoria. Y esto me llevaba a probar conductas que me exponían a peligros como tomar alcohol hasta perder el conocimiento, o comprar compulsivamente con mi tarjeta de crédito dejándome deudas que tardé varios años en pagar. Era una forma de llenar ese vacío crónico que, luego entendí, es uno de los síntomas más característicos del TLP. Para lidiar con esto, yo solía refugiarme en el trabajo. Aunque era muy feliz haciendo lo que hacía, llegaba al extremo de trabajar de amanecida, los fines de semana y de obsesionarme con las tareas que debía realizar. Muchos podían interpretarlo como una gran productividad o un amor al oficio, pero en el fondo no era otra cosa que una necesidad por aplacar ese vacío existencial que dominaba mi vida.

También he experimentado conductas autolesivas, que en mi caso cumplían un rol de castigo ante lo que yo consideraba “la mediocridad de mis actos”. Recuerdo claramente este tipo de conductas en el colegio, cuando las tareas no resultaban de la manera en que había planificado. Una vez, en cuarto de primaria, me pasé todo un fin de semana preparando un trabajo, pero cuando debía llevarlo al colegio no lo encontraba por ningún lado y entonces me invadió una ira tremenda contra mí misma. Me había esforzado tanto y ahora todo ese empeño no servía de nada. La desesperación fue tan grande que, por más que mi papá intentó ayudarme haciendo una versión impresa del trabajo, mi única solución fue romper esos papeles y autolesionarme. Solo tenía nueve años.

Otro síntoma muy presente en mi experiencia ha sido el miedo al abandono. Esa sensación de que nadie te quiere, de que nadie te acepta como eres. Durante mucho tiempo, para no sentirme abandonada, tuve que aparentar ser una persona que no soy, tratar de ser “normal” o hacer masking (cuando encubres lo que sientes para encajar), porque el miedo nos empuja a ser intensos con las personas que queremos. Por supuesto, esto también tiene que ver con el estigma, pues uno siente la enorme dificultad de decir “la verdad”, de decir realmente lo que siente por temor a ser juzgado. Recuerdo que cuando hacía mis prácticas preprofesionales, mis amigas del trabajo me invitaban a salir y yo ponía mil pretextos para no ir. Decía, por ejemplo, que no tenía dinero a pesar de que todas ganábamos lo mismo. La verdad era que me sentía mal, o había tenido una crisis, o había dejado de tomar mis pastillas otra vez y estaba en una recaída, o simplemente me sentía miserable. Era tan desgastante tener que explicar todo esto que prefería no decir nada.

El estigma a las personas con TLP es muy común porque sus síntomas se suelen tomar simplemente como un problema de conducta. Por ejemplo, el mayor prejuicio que existe sobre nosotros es que somos personas “manipuladoras”. Las autolesiones, los bajones de ánimo, la impulsividad o los arranques de ira se perciben muchas veces como una forma de llamar la atención para retener a alguien o conseguir un objetivo en concreto. Y aunque a veces es difícil saber interpretar este tipo de acciones como síntomas, hay patrones que deben tomarse con mayor seriedad cuando una persona reacciona así. Esto no significa que se deban justificar dichos comportamientos, pero sí que deben abordarse desde otro enfoque y mirada.

Además de los síntomas que he mencionado, una persona con TLP también puede presentar intentos de suicidio, inestabilidad de sus vínculos afectivos, alteración de la identidad (cuando la percepción de uno mismo está distorsionada) e ideas paranoides pasajeras. Con frecuencia, para diagnosticar a alguien con este trastorno, es necesario que tenga por lo menos cinco de los nueve síntomas más característicos. Pero algo que no se dice mucho es que estos síntomas no son estáticos, pueden mutar con el tiempo, surgir nuevos o desaparecer los que tenías para luego volver a presentarse cuando menos te lo esperas.

Desde mi diagnóstico hasta el día de hoy he tenido un proceso de psicoeducación que me ha permitido entender mejor el TLP. Pero durante los primeros años solo había confusión y miedo. No conocía a nadie más que tuviera la misma condición. Algunas de las personas con las que me vinculaba me veían como una chica rara y a veces yo misma no sabía cómo explicarme. Me tomó un tiempo encontrar la ayuda que necesitaba. Entraba y salía de varios consultorios de salud mental, en donde sentía que juzgaban o invalidaban mis emociones (diciendo, por ejemplo, que era muy joven para pensar así, que estaba viendo problemas donde no había, que no era necesario buscar un diagnóstico, que debía terminar con mi novio, o que si quería morir era mi asunto), hasta que tuve la suerte de atenderme con un psiquiatra empático y validante quien me explicó que, con un tratamiento de medicamentos y terapia, la intensidad de mis síntomas podía variar y disminuir con el tiempo. Fue un chispazo de esperanza. Me había llevado cuatro años encontrar una contención emocional que al mismo tiempo me hiciera comprender la complejidad del trastorno.

En esa primera vez el psiquiatra me habló de la terapia dialéctico conductual (DBT por sus siglas en inglés Dialectical Behavior Therapy), que suele aplicarse a personas que tienen TLP para controlar los síntomas de impulsividad e inestabilidad. Es un tratamiento de tercera generación de terapias psicológicas y se caracteriza por integrar elementos cognitivo-conductuales combinados con la aceptación que proviene de la filosofía zen y budista. Requiere de sesiones individuales y grupales y, sobre todo, de mucha práctica para comprender las habilidades y poder emplearlas cuando se necesita.

Quise llevar esta terapia pero tuve que esperar varios meses porque no había cupos en el Hospital Hermilio Valdizán. Una vez que pude acceder al tratamiento, realicé dos de los cuatro módulos para completarlo, pero luego lo dejé porque recuperé un poco de estabilidad y sentí que podía manejarme por mi cuenta. El camino de recuperación de una persona con TLP nunca es lineal, diversos factores pueden influir para abandonar un tratamiento. En mi caso fue el económico: necesitaba conseguir un empleo con urgencia y esto distrajo mi prioridad por la terapia.

Años más tarde, luego de haber terminado mi carrera y ya con una vida independiente, retomé con más responsabilidad la atención de mi salud mental, completando la terapia cognitiva conductual en 2019, y la DBT en 2021. En este último año también tuve la oportunidad de llevar EMDR (por sus siglas en inglés Eye Movement Desensitization and Reprocessing), un tratamiento que me ayudó a comprenderme mucho más y a reprocesar traumas de la adolescencia. Aunque el acceso a estas terapias es un lujo en nuestro país, gracias a la virtualidad pude llevarlas desde Cusco, el lugar donde vivo desde hace un par de años. Uno de los motivos por los que salí de Lima fue precisamente para recuperarme. No ha sido fácil cambiar de vida tan abruptamente, pero a veces es necesario romper con todo para empezar de nuevo.

Aunque cada persona con TLP vive su proceso de forma diferente, lo que nos une es ese camino accidentado lleno de golpes y caídas, que muchas veces dura toda la vida pero que se vuelve más tolerable con la ayuda necesaria y el entorno correcto. A pesar de haber adquirido tantas habilidades en estos años, sigo aprendiendo de esas caídas, pero ahora mientras más hondo caigo más fuerte me levanto. Ya no me siento como hace una década. Ya no creo estar condenada. Ya no pienso que mi vida consista solo en existir. Puede ser agotador y requiere mucho esfuerzo no perder la esperanza, pero ahora he encontrado la motivación para seguir adelante y construir cada día una vida mejor.


Nelly Lucía Herrera Santos es creadora de contenidos y dirige el proyecto digital "Una chica con TLP" en Instagram.

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