BRASIL

Los que no debieron partir: el duelo de los familiares del personal sanitario

Brasil es uno de los países de la región donde han fallecido más profesionales de la salud. Al dolor por la pérdida de un ser querido, a sus familiares se les suma el enfado de saber que el gobierno no supo protegerlos.

Un día después de que su hijo falleciera por COVID-19, Elisângela Da Silva escribió en su muro de Facebook: “La gripecita se llevó a mi hijo”. Era una abierta referencia a la actitud del presidente Jair Bolsonaro, quien desde el inicio de la pandemia minimizó el virus llamándolo así: gripecita. Klediston Kelps tenía 22 años y era técnico en enfermería en la ciudad de Primavera do Leste, en el estado de Mato Grosso, a 560 km de la frontera con Bolivia. Cuando el coronavirus llegó a Brasil en febrero, Elisângela —quien también es técnica— le rogó que por favor no trabajara en la Unidad de Atención de Emergencias (UPA), en donde estaría más expuesto al virus. “Pero era un adulto, no tenía miedo. Hoy miro hacia atrás con pesar y me pregunto: ¿por qué no lo amarré dentro de la casa?”, dice la madre, quien luego de un año ha vuelto a fumar tres paquetes de cigarros al día y por las noches se queda con los ojos abiertos, en tensión, recordando las últimas veces que vio a su hijo.

En junio, Zuca —como lo llamaban de cariño— se había enfermado de dengue y estuvo alejado del trabajo unos días. Quizá por eso intuía que no iba a sobrevivir al virus cuando lo ingresaron a la Unidad de Cuidados Intensivos. Su sistema inmune estaba debilitado y había otro factor que le sugería un pronóstico sombrío: varios de sus familiares tenían antecedentes de problemas cardíacos y uno de los principales síntomas que él sintió al inicio de la enfermedad fue la taquicardia. Entre los últimos mensajes que le escribió a su madre por Whatsapp, poco antes de ingresar a UCI, fue que estaba seguro de que no escaparía de la muerte. Le dio la contraseña de su tarjeta de crédito y se despidió con una frase que al cabo de unos días conmovería al país entero: “Quiero que me dejes rosas blancas en mi ataúd”.

En un duelo lleno de ira hacia el gobierno y su falta de protección a los trabajadores de la salud, Elisângela ni siquiera pudo cumplir ese último deseo. Debido a los protocolos de seguridad, no hubo velorio y ella sólo se despidió de un féretro sellado. Sin embargo, luego de unos días logró llevar las flores al cementerio y subió una foto de las rosas en su muro. Desde un inicio, Elisângela ha utilizado las redes sociales para exteriorizar no sólo su dolor, sino también su resentimiento por un sistema de salud que no cuidó debidamente a su hijo.

Brasil es uno de los países de la región en donde han muerto más profesionales de primera línea. Durante los primeros tres meses de pandemia, el 60 % del personal sanitario afirmó que no se sentía seguro trabajando sin los implementos necesarios. Sólo el 6 % de quienes recibieron los equipos de protección personal (EPP), los clasificaban como buenos o excelentes, y menos de la mitad de todos ellos fueron entrenados para usar estos equipos. Estas condiciones permitieron que el virus se expandiera rápidamente entre médicos, enfermeros y técnicos en todo el territorio brasileño. Según datos del Ministerio de Salud, cada minuto un trabajador sanitario se infecta de coronavirus en el país. Hasta la fecha hay más de 329 mil empleados enfermos. Los más afectados son los técnicos de enfermería, como Klediston. Y aunque la suma del ministerio contabiliza 330 muertes de profesionales, se presume que el conteo es inexacto: solo el Consejo Federal de Enfermería (Cofen) registró desde marzo a 421 técnicos, auxiliares y enfermeros fallecidos.

Contra lo que Elisângela esperaba, manifestar su duelo en internet trajo una ola de discursos de odio que envolvía, además de diferencias políticas, discursos homofóbicos en contra de su hijo muerto. Fue de tal magnitud que al final tuvo que acudir a la comisaría y denunciar a tres personas que la habían insultado y difamado a Klediston. “Mi abogado me ha pedido que no comente, pero han creado historias sobre mi hijo para defender al presidente Bolsonaro. Gente que ni siquiera lo conocía”, cuenta Elisângela. En Brasil, a pesar del número de casos y de muertos, la pandemia creó un espacio de disputa política desde que el presidente y algunos de quienes lo apoyan negaron el virus. En redes sociales, eso se tradujo en debates interminables y discurso de odio, como apunta el análisis de Aos Fatos. “Desde el momento en que Bolsonaro dijo que era una gripecita y que al brasileño no le afectaba nada, puso en riesgo la vida de todos, pero en especial la de los profesionales de la salud. Lamentablemente, murieron 146 mil y mi hijo es uno de ellos”, comenta indignada Elisângela.

Cuando a principios de año Klediston se mudó a Primavera do Leste para trabajar en un puesto de atención primaria, no imaginó que el simple acto de ejercer su vocación podría quitarle la vida. Aunque en un principio su madre no quería que se dedicara a la enfermería por los bajos sueldos de la profesión (su hijo ganaba 282 dólares), él siempre supo que su destino estaba en la atención médica. Elisângela recuerda que estaba muy entusiasmado con su nuevo trabajo. A través de Whatsapp intercambiaban fotos, música y discutían los procedimientos de la profesión. Pero el 1 de julio todo el entusiasmo se derrumbó: “Me han admitido en el ala de Covid-19. He salido positivo”, le contó Klediston en un audio.

Cinco días después de mostrar los primeros síntomas, el joven acudió a un centro de salud. Su corazón estaba acelerado y tenía la presión muy alta. Fue trasladado a un hospital, donde estuvo en enfermería durante catorce días. Al cabo de ese tiempo, los doctores le dieron de alta y él salió en ambulancia del hospital, que lo iba a llevar a su casa. La idea era volver a Primavera del Leste y luego ir donde su madre, en la ciudad vecina de Campo Verde. Había reservado un servicio de Uber que lo trasladaría hasta allá, pero todo cambió cuando en la ambulancia Klediston empezó a sentirse mal otra vez. Le faltó la respiración de forma intempestiva y tuvo que cambiar de trayecto. En vez de ir a su casa, Klediston fue llevado a la UPA donde trabajaba y luego al hospital de la ciudad.

El joven envió otro mensaje, ahora en texto, a su madre: “Vuelvo al hospital, pero sé que ahora no me escaparé”, sentenció. El sábado 18 lo ingresaron a UCI. Al día siguiente lo entubaron y una semana después murió.

“Desde el momento en que Bolsonaro dijo que el Covid era una gripecita puso en riesgo la vida de los profesionales de la salud. Lamentablemente, murieron 146 mil y mi hijo es uno de ellos”, comenta Elisângela

Si cada hogar brasileño tiene un promedio de tres personas, cada pérdida representa al menos dos dolientes. Detrás de los trabajadores de salud, hay familias que intentan entender cómo vivir esta paradójica muerte. Sin embargo, es un dolor que ni siquiera se investiga. El impacto de la pandemia en la salud mental de médicos, enfermeras, técnicos y otros profesionales en el campo aún es incierto, pero se está midiendo. Hay investigaciones ya realizadas en Brasilia y Ceará, otras en curso en la Facultad de Medicina de Ribeirão Preto (FMRP) y Escuela de Enfermería (EE) de la Universidad de São Paulo (USP) y en la Universidad Federal de Santa María (UFSM-PM). En cambio, se desconoce la repercusión del duelo de los familiares de estos profesionales.

“Quizás, como estrategia de defensa, los brasileños no han discutido el número de muertos en el país. Pero la elaboración colectiva del duelo es importante para aliviar el sentimiento de culpa”, analiza Beatriz Schimdt, catedrática de psicología de la Universidade Federal do Rio Grande (FURG), quien investiga las nuevas demandas psicológicas que trae la crisis sanitaria.

Para Elisângela, su demanda tiene la forma de una injusticia. Entre la culpa de no haber retenido a su hijo en casa y la certeza de que el gobierno debió protegerlo mejor, su experiencia del dolor tiene diversos factores de riesgo que podrían convertirla en un duelo patológico. “Todo duelo es un proceso normativo de ajuste ante una pérdida. Pero cuando se trata de algo intenso que dura mucho tiempo y que implica culpa y pensamientos invasivos recurrentes, merece atención profesional”, explica la profesora Schimdt. Hoy la madre de Zuca dice que ha dejado de reconocerse. Llora todo el tiempo cuando escucha música o agarra el osito de peluche de su hijo. “Hago los quehaceres en automático, como una máquina, luego vuelvo a pensar en él. Me desespero, me falta el aire", cuenta. Un par de semanas después de la muerte de Zuca, ella subió un selfie a su muro de Facebook. “No pierdo mi extraña manía de sonreír llorando”, escribió en la descripción. Aunque no tenga idea de cómo será el futuro, sabe que a partir de ahora todas sus sonrisas estarán marcadas por la ausencia de su hijo.

Si Elisângela usó las redes sociales y la prensa para transmitir la muerte de su hijo, Wesla Santos mantiene los sucesos en la punta de su lengua. Su hermana, la técnica de enfermería Williane Santos, de 30 años, fue diagnosticada de laringitis a principios de abril. Doce días después seguía sintiéndose mal y decidió ir al hospital público de la ciudad de Vitória de Santo Antão, en el estado de Pernambuco. Aunque tenía síntomas de Covid-19, no pudieron hacer un descarte porque no había pruebas disponibles. Williane tuvo que regresar a casa sin saber si llevaba el virus en su cuerpo.

Cuatro días después, estaba cansada y sin aire. Fue al puesto de atención primaria cercano a su casa, en donde llamaron a la ambulancia. El vehículo nunca llegó: había sesenta personas en cola. Wesla y su madre llevaron a Williane al hospital de la ciudad en su propio automóvil. Allí, la técnica de enfermería esperó más de diez horas para ser llevada a una cama de UCI. Sin embargo, murió antes de que pudieran trasladarla. Su madre había pasado los últimos días buscando una cama en diversos hospitales, pero no tuvo suerte. Luego salió a los medios a denunciar que su hija había muerto por la demora del personal en colocarle un ventilador mecánico. “Fue muy inhumano y desesperante”, cuenta su hermana Wesla, quien aún no puede hablar del tema sin llorar.

Si normalmente una muerte cercana es un evento trágico que rompe la vida en dos, que nos empuja a un proceso íntimamente doloroso y que complejiza nuestro mundo interior, tener que atravesar un duelo por la pérdida de un profesional de la salud, durante una pandemia, resulta una experiencia especialmente laberíntica. La tristeza se mezcla con el impulso de buscar justicia, con la necesidad de señalar culpables y con la irrefutable frustración de que en otras circunstancias la tragedia no hubiera sucedido.

La indignación se convierte en el combustible que mantiene de pie a los familiares, que los motiva y que les da un propósito en medio del caos. En ese sentido, es totalmente distinto un duelo en el que prevalece la tristeza o la sensación de ausencia a uno en el que impera el enfado. En un país con tantas muertes en el personal de salud, las pérdidas dejan de ser heroicas para transformarse en pruebas de un desamparo sistemático: la desidia de un Estado que no sabe proteger a sus emblemas más sacrificados.

A menudo Wesla tiene que olvidarse de la indignación y el llanto para cuidar a su sobrina, la niña de siete años que dejó su hermana. En las primeras semanas después de la muerte, ella ni siquiera quería abrir la ventana para no mirar al cielo, donde le dijeron que estaba su madre. Por otro lado, pasaba los días mirando los objetos de Williane: un par de lentes, un celular lleno de videos, las fotos que se esparcen por la casa y el lápiz labial rojo que la madre siempre usaba. Ahora, pasados seis meses, la niña volvió a abrir las ventanas y suspira profundamente cada vez que mira al cielo. “Antes solía decir que estaba triste por hacer eso. Ella toma el pintalabios y lo sigue usando, dice que es para parecerse a su madre”, dice la tía.

Cuando el caso salió en los medios, el ayuntamiento ofreció pagar sesiones de terapia para Wesla, su mamá y la niña. A partir de entonces les realizan un seguimiento una vez por semana de forma individual. “Lo entiendo como una obligación del poder público. ¿Pero es posible que todos los que perdieron estén teniendo este apoyo o solo tenemos ese derecho porque la muerte de mi hermana resonó en los medios?”, se cuestiona Wesla. La pregunta tiene una respuesta sencilla. En Brasil encontrar ayuda terapéutica y psiquiátrica no es tan fácil ni barato. El país cuenta con poco más de diez mil psiquiatras en todo el territorio. Esto significa que por cada 100 mil habitantes hay cinco profesionales, cuando lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud es nueve por cada 100 mil. En cuanto a lo económico, una consulta privada con un psiquiatra en Brasil cuesta un promedio de 75 dólares. Por otro lado, el gasto anual en salud mental en el país es de 1,8 mil millones de reales, el 1% del presupuesto anual total para la salud, menos de lo recomendado por la OMS.

Como un modo de reconocimiento a su labor y sacrificio, la alcaldía también pidió autorización para pintar la imagen de Williane en una muralla de la ciudad. “Sé que mi hermana murió peleando, salvando vidas. Lo dejó como una lección”, dice Wesla. El sentimiento de heroísmo de su hermana la consuela, pero no sucede lo mismo en otros casos.

“Depende de la forma de muerte y la relación que el doliente tenía con la persona. Son muchas muertes en un país que aún está comprendiendo cuál es la mejor forma de afrontar la pandemia. Eso trae inseguridad al que se encuentra en duelo”, dice Ivânia Jann Luna, profesora del Departamento de Psicología de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC) y creadora del grupo de apoyo a personas en duelo por Covid-19. “Pensar en el miembro de la familia como un mártir no necesariamente alivia el dolor de la pérdida”, agrega Beatriz Schimdt. A veces la imagen de mártir puede opacar una verdad dolorosa: que en condiciones adecuadas esa persona no debió morir.

La casa de Sandra Maria da Silva, de 72 años, era el bastión familiar. Allí solían reunirse todos los domingos sus hijos y nietos para preparar asados. Pero desde marzo las visitas se interrumpieron por la pandemia. Ese fue el primer dolor de Sandra, que dejó de tener un contacto frecuente con la familia. Solo su hija Maricene Silva y su nieto Norton, de 17 años, que vivían en la casa de atrás, se quedaron cerca de ella. Maricene era técnica de enfermería y por eso tenía cuidado de no acercarse mucho a su madre. Tomó todos los cuidados, a veces dejaba su ropa fuera de la casa y entraba casi desnuda para bañarse, pero no fue suficiente. Madre e hija terminaron contagiadas.

La familia vive en Novo Hamburgo, ciudad de Rio Grande do Sul. Maricene trabajaba en el hospital público municipal, en el sector de cardiología, y en marzo la trasladaron al pabellón Covid-19. Sin embargo, en junio pasó de ser técnica de enfermería a paciente en tan solo unos días: la tuvieron que hospitalizar apenas manifestó dificultad para respirar. Antes de salir de casa, su madre fue a verla y estuvo a su lado durante algunos minutos. Hoy sus familiares creen que esa cercanía originó su contagio.

El 1 de julio, mientras la familia lidiaba con la enfermedad de Maricene, la abuela y matriarca ingresó en otro hospital con síntomas graves de Covid-19. Madre e hija nunca pudieron decir adiós. Maricene falleció el 6 de julio; Sandra, el 17. En ese tiempo, el virus alcanzó a otros familiares: Ulisses Silva (otro hermano de Maricene) y su mujer. Ulisses labora como guardia municipal y siguió trabajando en las calles durante el aislamiento, por eso desde marzo sólo hablaba con su madre a través de videollamadas. “Sabíamos que nuestra hermana trabajaba en un hospital y tenía riesgo de enfermarse, pero aun así en julio la noticia nos tomó por sorpresa. Todo pasó muy rápido: en tres días la entubaron”, recuerda Ulisses.

Desde ese momento, decidió romper el distanciamiento social para ayudar a su familia. “Mi rutina cambió por completo. Me alejé del trabajo para dedicarme a ellas. En todo este tiempo no he parado, todo ha sido tensión: ir al hospital, pedir reportes médicos, informar a la familia”, cuenta. Esa vorágine de diligencias no se detuvo con la muerte, todo lo contrario: en vez de vivir sus pérdidas, tuvo que realizar una serie de trámites burocráticos que lo sumieron en un estrés enorme. Entre los papeleos del cementerio, el ajetreo de elegir un ataúd, el dolor de reconocer los cadáveres en el mortuorio y la responsabilidad de cuidar a su sobrino Norton, Ulisses no solía tener tiempo ni para comer. Llegó a bajar siete kilos. De un momento a otro, el inalienable orden de su vida se transformó en caos y desconcierto.

En un país con tantas muertes en el personal de salud, las pérdidas dejan de ser heroicas para transformarse en pruebas de un desamparo sistemático

Cuando su hermana cayó enferma, Ulisses le pidió a Norton que se mudara a su casa. “Pensamos que sería bueno para él que estuviera junto a mi hijo, ya que son casi de la misma edad”, recuerda. Pero todo empeoró cuando recibieron la noticia de la muerte de Sandra, la matriarca de la familia. Ese día Ulisses estaba preparando un asado con su sobrino y de pronto sonó el teléfono. “No quería creer que había ocurrido lo mismo dos veces. Pero respiré profundo y le dije a mi sobrino: Norton, la abuela ya no va a volver. En ese instante algo se derrumbó dentro de mí”. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para llorar: ahora le tocaba preparar el entierro.

Norton no se quebró en ningún momento durante el funeral de su madre, que se realizó bajo los protocolos de distanciamiento social. Es decir, con diez personas y sin poder abrazarse. Para el entierro de su abuela, la familia decidió que el muchacho se quedara en casa. “Preferimos no exponerlo a una segunda despedida”, cuenta Ulisses, quien no sólo acogió a su sobrino por unos meses sino que decidió albergarlo permanentemente en su hogar. Esa era otra de sus preocupaciones: el cambio de entorno. No se trataba sólo de la experiencia de las pérdidas, sino de tener que enfrentar una nueva realidad en medio de la desolación. Toda muerte cercana trae consigo una transformación inevitable de la vida, pero en el caso de un adolescente —un individuo en plena formación, al fin y al cabo—, cada alteración del orden normal puede ser el detonante de una crisis o el silencioso nacimiento de un trauma. Por eso Ulisses intentó que el tránsito de una vida a otra sea lo menos chocante posible. Contrató a un albañil para que acondicionara una nueva habitación y procuró desde un inicio hacer sentir cómodo y en completa confianza a su sobrino. Después de todo, ese espacio era ahora su nuevo hogar.

Tras la muerte de su madre y su hermana, Ulisses solo ha visto llorar una vez a Norton. Sin darse cuenta, esa ausencia de llanto es un reflejo de sí mismo: “Yo no he podido experimentar mi dolor porque he tenido que brindarle apoyo emocional. Sólo lloré cuando le conté de la muerte de mi madre, pero aún no he podido desfogarme lo suficiente”, admite. Hace tres meses, decidió buscar una psicóloga para tratar el duelo del adolescente. Luego de algunas sesiones la especialista le brindó dos informes. El primero era que su sobrino estaba progresando, ya había podido descargar su llanto a solas, en su nueva habitación, en donde Ulisses acomodó una computadora, una cama y en donde los dos gatitos del chico corretean de un lado a otro. El segundo informe fue más bien un aviso: la profesional le alertó que, tarde o temprano, él también tendría que cuidarse a sí mismo y atender su propio duelo.

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