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Más que un jardín bonito: ¿cómo nos protegen las áreas verdes?

A pesar de que la evidencia todavía es limitada, hay buenas señales de que las áreas verdes en las ciudades aportan mucho más que estética. La presencia de parques, jardines, árboles y plantas nos protege de los estragos del cambio climático y mejora nuestra salud.

Áreas verdes
Cuando hay zonas con vegetación, fuentes de agua o techos verdes, la temperatura disminuye.

Caminar en un parque, tirarse bajo la sombra de un árbol o admirar un jardín interior son, a menudo, actividades que pueden transmitirnos paz y tranquilidad, pero la presencia de áreas verdes en las ciudades hace más que eso. Aunque la evidencia todavía es limitada, hay estudios que señalan que vivir en una ciudad con árboles, plantas, y jardines es mucho mejor que vivir sumergidos en cemento.

Uno de los grandes desafíos para determinar claramente el efecto de la vegetación en nuestra salud es realizar estudios con diseños más rigurosos que permitan medir su impacto directo. Para Viviana Sánchez-Aizcorbe, especialista en infraestructura verde del centro Clima, el problema es que la relación salud humana-naturaleza en términos científicos es bastante nueva como investigación. Aún así, la evidencia que se tiene hasta ahora es prometedora. “Lo que se está encontrando a la fecha”, dice Sánchez-Aizcorbe, “es que la naturaleza urbana limpia el aire, reduce el ruido y regula la cantidad de agua cuando hay tormentas”. Estos aportes no son poca cosa en un mundo que experimenta cada vez con más crudeza los efectos del cambio climático. De hecho, las áreas verdes en nuestras ciudades podrían convertirse en herramientas útiles para hacerle frente. A continuación, veamos tres maneras de hacerlo.

Moderan las temperaturas extremas

Se considera que uno de los beneficios más claros de tener áreas verdes en las ciudades es la posibilidad de moderar los extremos de temperatura, que según datos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) serán cada vez más frecuentes. Las olas de calor han sido y muy probablemente seguirán siendo causa de muerte de miles de personas. Según datos de la ONU, en lo que va del siglo se han registrado 140 mil muertes a causa de ochenta y tres olas de calor en el mundo, cuya frecuencia ha aumentado en las últimas décadas. Tan sólo en Estados Unidos, según datos de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), mientras que en la década de los sesenta ocurrían dos olas de calor anualmente, desde 2010 el promedio es de seis al año. Y no solo ha incrementado su frecuencia; el último informe científico del IPCC dice que se ha producido un aumento de la intensidad y el número de días de las olas de calor a escala mundial.

Ese problema empeora en las ciudades cubiertas con cemento, hormigón o asfalto porque son materiales que absorben la energía del sol y la irradian en forma de calor, lo que mantiene a las ciudades más calientes. En cambio, cuando hay zonas con vegetación, fuentes de agua o techos verdes, la temperatura disminuye. Este enfriamiento sucede, en parte, por la evapotranspiración, que es el proceso por el cual se elimina el vapor de agua a través de las hojas de las plantas. La temperatura también disminuye porque las hojas de los árboles impiden el paso del sol, lo que mejora la calidad del clima en las ciudades y el confort para sus habitantes.

De hecho, un artículo de 2021 publicado en Nature Communications exploró la temperatura de 293 ciudades europeas comparando las zonas donde hay árboles con las que no los tienen, y concluye que “los espacios verdes urbanos sin árboles son, en general, menos eficaces en la reducción de las temperaturas superficiales, y su efecto de enfriamiento es aproximadamente de dos a cuatro veces menor que el enfriamiento inducido por los árboles urbanos”. Por lo tanto, si una ciudad quiere enfrentar el calor, definitivamente requerirá vegetación.

Pero no solo se trata de aumentar las áreas verdes en las ciudades sino de hacerlo con el mejor conocimiento disponible y con la vegetación adecuada para que estos espacios sean eficientes y no perjudiquen otros aspectos de su entorno. “La ciudad de Lima, por ejemplo, trata a los parques como macetas o jardines al cubrirlos con un tipo de césped conocido como grass americano (Stenotaphrum secundatum) que consume mucha agua para una ciudad con estrés hídrico como la nuestra”, señala la especialista en infraestructura Viviana Sánchez Aizcorbe. Por eso es importante que las autoridades tengan en cuenta que la vegetación es mucho más que un adorno y que busquen la asesoría de los profesionales en el tema para escoger las especies más eficientes.

Mitigan la contaminación

Otra ventaja de la vegetación urbana para la salud está relacionada con la contaminación del aire. La OMS afirma que “aumentar el número y la calidad de los espacios verdes puede mitigar los contaminantes climáticos de corta vida que producen un fuerte efecto de calentamiento global y contribuyen notablemente a más de siete millones de muertes prematuras al año relacionadas con la contaminación atmosférica”.

Esta mitigación es posible gracias a que la vegetación urbana puede capturar varios contaminantes como las partículas, los óxidos de nitrógeno y azufre, el amoníaco y el ozono. En un artículo de 2019, los autores explican que las plantas pueden eliminar los contaminantes de la atmósfera a través de dos mecanismos: “el primero consiste en la deposición directa de partículas y gases contaminantes en las superficies de las hojas y los tallos. El segundo consiste en la absorción de partículas y gases en la planta a través de las aberturas estomáticas de la hoja, que la planta utiliza para la fotosíntesis y la respiración”.

Este beneficio de la naturaleza urbana es importante porque la contaminación atmosférica contribuye al aumento de las temperaturas y olas de calor que, como mencionamos en el bloque anterior, pueden provocar muertes por infarto de miocardio o derrame cerebral a causa de la fatiga térmica, en particular en personas con enfermedades preexistentes. De manera que si hay vegetación, probablemente hay más posibilidades de evitar estos decesos. Además, las enfermedades que surgen de la contaminación del aire como el asma en los niños también podrían disminuir si se cuentan con más árboles en avenidas y lugares concurridos.

Son un refugio frente al estrés

Aunque se trata de estudios de muestras pequeñas y basados en percepciones, parece haber resultados consistentes sobre los impactos de la naturaleza urbana en la salud mental. Un artículo del 2018 que revisó seis estudios sobre esta asociación reveló que todos llegan al mismo hallazgo: “la exposición a la naturaleza urbana, en comparación con los entornos urbanos construidos, mejora múltiples medidas de la función o el desarrollo cognitivo, incluyendo la atención o la capacidad atencional y la memoria”.

La mayoría de estos estudios son experimentos en los que le piden a un grupo de voluntarios caminar por una reserva natural urbana durante treinta y noventa minutos y a otros, dar un paseo urbano construido (sin vegetación), para luego preguntarles por su estado de ánimo y atención. En general, los resultados mostraron que “los participantes que caminaron por una reserva natural urbana mejoraron la atención y la capacidad de reflexionar sobre un problema de la vida”.

Algo parecido sucede incluso si se reverdecen los espacios interiores. Un equipo de investigadores de Bolivia publicó un artículo en 2017 en el que analizan el impacto de las áreas verdes en el proceso de aprendizaje. Encuestaron a ochocientos estudiantes sobre su percepción tras una implementación de plantas ornamentales en el patio de un colegio en la ciudad Sucre, y concluyen que esta vegetación “genera una sensación de bienestar, aspecto que sugestiona al estudiante a tomar una mejor actitud en el proceso de aprendizaje-enseñanza”.

En ese mismo estudio, los autores revisan diferentes trabajos en los que se postulan resultados similares: la presencia de espacios verdes puede propiciar la creatividad y la atención entre los niños, reducir el estrés, el Trastorno de Déficit de Atención, así como la hiperactividad. Explican que las personas expuestas a ambientes urbanos se ven obligados a utilizar su atención para superar los efectos de la estimulación constante de la urbe, mientras que en los entornos naturales ocurre una “fascinación suave” que capta la atención de las personas pero también les ofrece placer.

“La falta de espacios de recreación nos vuelve ciudadanos más tensos. En Perú, la gente está bastante estresada y no hay suficientes espacios para que puedan pasar tiempo en familia, solos, con amigos o pareja, y descansar un poco”, señala Sánchez-Aizcorbe. De ahí que instancias internacionales como la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) consideran a los espacios verdes urbanos imprescindibles para el bienestar físico y mental de las personas, y recomiendan que cada habitante disponga de entre diez y quince metros cuadrados de espacios verdes en sus ciudades.

Para la especialista en infraestructura verde, aunque el metro cuadrado por habitante es un indicador que se utiliza mucho, no es necesariamente el mejor porque debería ajustarse también a la accesibilidad. “Puede haber áreas verdes, ¿pero dónde están? Sabemos que se concentran en las zonas más ricas (...) Muchos parques en realidad son clubes, y hay que pagar para ingresar. Con ello, le quitas ese espacio a personas que necesitan relajarse”, explica Sánchez-Aizcorbe.

Ante todo lo detallado, aunque la evidencia no sea suficiente, lo que se sabe hasta ahora ya es un buen indicio de hacia dónde debe ir la planeación urbana si es que queremos ciudades más preparadas para navegar el cambio climático, más limpias, más sanas, más estéticas. Es decir: espacios que nos permitan alcanzar una mejor calidad de vida. Ese camino nos lleva invariablemente a la naturaleza urbana.

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