La vida de nosotras | ENTREVISTA

Las esterilizaciones forzadas: una herida abierta en el Perú

Han pasado más de dos décadas sin que se haya realizado ningún juicio por las esterilizaciones forzadas a miles de mujeres en el Perú entre 1995 y 2001. En esta entrevista, María Elena Carbajal, presidenta de una asociación de víctimas de Lima y Callao, comparte las secuelas físicas y emocionales que estas cirugías en contra de su voluntad les dejaron.

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María Elena Carbajal participa en las marchas convocadas por el colectivo Somos 2.074 y muchas más, que exige justicia y reparaciones para las víctimas de las esterilizaciones forzadas. Somos 2074 y muchas más

A los 26 años, María Elena Carbajal fue sometida a una ligadura de trompas forzada en el Hospital María Auxiliadora, al sur de Lima, tras dar a luz a su último hijo. Su pareja la abandonó tras acusarla de dejarse esterilizar para poder engañarlo. Tuvo que criar sola a sus cuatro hijos. Esa intervención quirúrgica le produjo además prolapso genital, así como daños psicológicos que sobrelleva hasta el día de hoy.

María Elena es una de las más de 272 mil mujeres a las que se les practicaron ligaduras de trompas sin su consentimiento legítimo entre 1995 y 2001 como parte del Programa Nacional de Salud Reproductiva y Planificación Familiar, según varias investigaciones académicas y periodísticas. El punto de partida para la ejecución de este programa se dio el 9 de setiembre de 1995 cuando se modificó la Ley Nacional de Población para incorporar la Anticoncepción Quirúrgica Voluntaria (AQV), es decir, la esterilización, como método de planificación familiar. Desde entonces, las víctimas que sobrevivieron a estos procedimientos y las familias de quienes fallecieron buscan justicia y reparación.

Recién el 2015 se creó el Registro de Víctimas de Esterilizaciones Forzadas (Reviesfo) como parte de una política de búsqueda, identificación y reparación para víctimas de esterilizaciones forzadas durante el régimen del expresidente Alberto Fujimori. Esta base de datos tiene inscritas más de siete mil personas afectadas.

Al ser parte de ese registro, María Elena asistía a terapias individuales y grupales en donde tomó contacto con muchas mujeres que pasaron por lo mismo que ella. Así fueron conociéndose, forjando amistades, compartiendo sus historias y acompañándose en el dolor.

Esas reuniones se suspendieron por falta de presupuesto en 2018, pero parte del grupo siguió en contacto y fundó la Asociación de Víctimas de Esterilizaciones Forzadas (AVEF) de Lima y Callao, que integran 200 mujeres. María Elena, quien en la actualidad tiene 51 años y es asistente de geriatría, preside esta organización que se ha unido a varios colectivos para reclamar su derecho a la justicia.

El 16 de agosto pasado, el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos publicó una resolución que crea un grupo multisectorial para analizar y proponer mecanismos para abordar los problemas de las afectadas. Está integrado por representantes de distintos ministerios. "El problema es que todos son funcionarios públicos. No fueron incluidas las víctimas y organizaciones que nos defienden", dice Carbajal.

Lo que más les preocupa a las organizaciones y colectivos que defienden a las víctimas es que se haga sólo otro diagnóstico y se alargue el tiempo sin respuestas concretas. Sobre el caso de las esterilizaciones forzadas hay miles de testimonios en el Reviesfo, informes del Congreso de la República, los ministerios de Salud y de la Mujer, además de tres informes de la Defensoría del Pueblo.

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María Elena Carbajal preside la Asociación de Víctimas de Esterilizaciones Forzadas (AVEF) de Lima y Callao, que integra 200 mujeres. Somos 2.074 y muchas más

¿Qué quieren decir las víctimas de esterilizaciones forzadas cuando refieren que tras estas intervenciones dejaron de sentirse como mujeres completas?

No se sentían mujeres completas porque no podían tener relaciones con sus parejas por el dolor que les dejó la operación y tampoco podían darles hijos. Hay una compañera a la que esterilizaron a los 18 años cuando solo tenía un bebé. Su esposo la dejó y no ha tenido más compromisos porque otras parejas le han dicho que no es capaz de darles una familia. Nuestros esposos nos decían que no éramos útiles ni para trabajar porque las esterilizaciones nos dejaron muchas secuelas físicas.

El trauma de la esterilización les dejó muchas secuelas…

No es solamente lo que nos hicieron sino lo que hemos tenido que vivir durante estos años. Hemos pasado por separaciones y tuvimos que criar y mantener solas a nuestros hijos. Hemos sufrido discriminación y señalamientos. En los hospitales nos trataban muy mal, no nos querían atender. En provincias, a las mujeres esterilizadas les decían las caponas (se llama capón al animal castrado) y hasta ahora lo hacen. Además, muchas quedamos enfermas. Yo, por ejemplo, quedé con prolapso y recién después de 20 años pude operarme.

¿Qué tipo de problemas físicos les dejaron las esterilizaciones?

Dolores en el vientre, en la espalda, en la cintura, en las piernas; debilidad y desgaste óseo debido a la falta de hormonas. En provincias, hay mujeres que murieron por infecciones al ser operadas en lugares improvisados y con anestesia para animales. Las que sobrevivieron no podían trabajar su chacra y las que hilaban tampoco pudieron seguir haciéndolo porque el bastidor que se usa se debe colocar en el ombligo y la herida no te lo permite, es muy doloroso. Cuando crearon el Registro de Víctimas de Esterilizaciones Forzadas (Reviesfo) nos prometieron hacernos exámenes para saber cuál era nuestro verdadero estado de salud, pero nunca cumplieron con ello.

Además, están las secuelas psicológicas…

Sufrimos de depresión, ansiedad, bajo autoestima y tenemos sobresaltos porque constantemente recordamos lo sucedido. Tengo compañeras que fueron tratadas como animales cuando las esterilizaron. Las llevaron en camiones, las bañaron con agua fría, las amarraron. Por eso, muchas tienen temor de que las personas se les acerquen y se agarran el vientre como si fueran a tocarles la herida. También hemos tenido que enfrentar el sentimiento de culpa porque nuestras familias y conocidos nos trataban de infieles, nos insultaban y golpeaban. Las mujeres de la sierra y la selva además pasaron por el conflicto armado. Es decir, tienen un doble trauma.

También les afecta que el Estado no reconozca lo que les hicieron…

Sí, porque no se nos permite cerrar ese capítulo de nuestras vidas, el que no se haga justicia hace que la herida siga abierta. Teníamos puestas nuestras esperanzas en la audiencia que se iba a realizar el 9 de diciembre del año pasado para ver el caso de las más de 1.300 mujeres que han sido las primeras en denunciar las esterilizaciones forzadas en el Perú. Si aceptaban que habían violado sus derechos, eso era un precedente para el resto, pero esa sesión se aplazó para el 20 de marzo y por el coronavirus esa audiencia ya no se pudo realizar. Cuando les notificaron a nuestras compañeras sobre esta sesión las amedrentaron, les dijeron que no fueran a la audiencia porque si se atrevían a hacerlo las iban a llevar a la cárcel.

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Recortes de periódicos de la época que ya denunciaban las esterilizaciones forzadas que se ejecutaron durante el régimen del ex presidente Alberto Fujimori. Exposición Ikumi-LUM

¿Este tipo de tratos son constantes?

Sí, es indignante que amedrentan a las víctimas, que aplacen nuestro caso e ignoren lo que nos hicieron, pero nosotras nos ayudamos, estamos en constante comunicación y esa unidad nos hace levantarnos y no tener miedo. Cuando una de nosotras está mal, hay muchas otras listas para ayudar. Habernos conocido en las reuniones de Reviesfo nos hizo unirnos y eso nos ha hecho más fuertes, somos la fuerza de la otra.

¿Cómo participaron en ese registro?

Tuvimos que pasar por cuatro etapas: una entrevista psicológica, una entrevista con la asistenta social, hacer una declaración con un representante del Ministerio Público y pasar por el médico legista. Nos dieron constancias que acreditaban que éramos víctimas y después se organizaron reuniones con nosotras. Yo iba a las que se realizaban en San Juan de Miraflores, donde éramos 35 personas y teníamos sesiones de terapias individuales y grupales, además de talleres de manualidades. Así nos fuimos conociendo, cada una empezó a contar su historia y a acompañarnos en el dolor y, posteriormente, en la lucha. Las reuniones duraron muy poco. Unos seis meses después de haberse iniciado, en diciembre del 2018, nos avisaron que Reviesfo se iba a cerrar.

¿Por qué?

Por falta de presupuesto. Justo coincidió con el indulto que Pedro Pablo Kuczynski le dio a Alberto Fujimori. Las personas que nos habían estado acompañando nos reunieron para que organicemos un comité que continuara con lo que se había empezado, pero muchas se desalentaron y ya no querían ir.

¿Cómo consiguió volver a reunir a sus compañeras?

Nos reuníamos con las fundadoras del colectivo Somos 2.074 y muchas más para organizar marchas y plantones. Ahí empecé a alentar a mis compañeras de diferentes conos para continuar con las reuniones semanales. Eso coincidió con que nos llamaron del Ministerio de la Mujer para realizar sesiones en un centro de ayuda psicológica. Entonces, volvimos a tener terapias grupales e individuales y nos fuimos organizando para crear la asociación. Así fue como retomamos nuestras reuniones como grupo, donde escuchando a otras compañeras nos dimos cuenta que hemos tenido la capacidad de seguir adelante y que debemos sentirnos orgullosas de lo que hemos logrado.

¿Debería retomarse el trabajo hecho en Reviesfo?

Hemos pedido en diversas mesas de trabajo que le vuelvan a dar presupuesto al registro porque teníamos acceso al Seguro Integral de Salud (SIS), atención psicológica y la asistencia social del equipo multidisciplinario de los Centros de Emergencia Mujer (CEM). Las terapias psicológicas nos ayudaron a ganar confianza en nosotras y a empoderarnos para seguir adelante en nuestra búsqueda de justicia. No pasarán otros 20 años porque ahora conocemos nuestros derechos y hemos aprendido a no decaer. No queremos dar pena, no pedimos favores, nosotras solo pedimos lo que por derecho nos corresponde.

¿Ahora reciben algún tipo de atención?

Ninguno. Nos dijeron que todas tendríamos SIS, pero eso no fue cierto. Hay muchas mujeres que tuvieron cáncer al ovario a consecuencia de las esterilizaciones, pero deben pagar sus propios tratamientos. Hemos planteado que se nos incluya al menos en algún programa social del MIDIS o que creen algo específico para nosotras, pero eso no se ha dado. Cuando buscas atención y dices que has sido esterilizada, solo logras que te marginen. Muchas de mis compañeras de provincia no hablan español y se asustan con el personal de salud porque no está capacitado para atenderlas.

¿Cómo son las reuniones de la asociación que usted preside?

Nos reunimos una vez al mes porque muchas viven lejos y no tienen los medios para movilizarse. Nuestras reuniones se basan en contar nuestras historias y miedos, pero también en hacer cosas que nos animen y que nos hagan reír. Hacemos lonches, cumpleaños y momentos que nos dan alegría y, por supuesto, nos organizamos en lo que vamos a hacer para no dejarnos vencer. Estar unidas nos ha hecho más fuertes.

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