Cannabis en el botiquín

¿Qué pensamos en América Latina cuando vemos una planta de marihuana?

En esta entrevista Diego García Devis, oficial senior del programa de política de drogas de Open Society Foundations, nos cuenta a partir de su experiencia cuáles son los estigmas alrededor del cannabis que más se repiten en América Latina y la necesidad de transformar la perspectiva desde la que abordamos la regulación del consumo de drogas en la región.

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"Cuando las personas escuchan la palabra legalización creen que se trata de un acceso sin restricciones y amplio a la marihuana. Nosotros preferimos hablar de una regulación responsable", dice Diego García Devis. Shutterstock

Diego García Devis lleva seis años trabajando en el programa de política de drogas de Open Society Foundations. Él recuerda que llegó a este campo laboral por un interés personal en reducir la violencia en América Latina que en gran medida se conecta con las políticas de drogas. Seis años después, ha comprobado que el fenómeno de las drogas en nuestra región se extiende mucho más allá de los mercados negros y el narcotráfico. Tiene un impacto directo en el desarrollo rural, índices de pobreza, acceso a la salud pública, encarcelamientos masivos, poblaciones jóvenes que dependen de economías ilícitas y muchos otros aspectos de nuestra vida en sociedad.

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Diego García Devis, oficial senior del programa de política de drogas de Open Society Foundations.

Desde hace unos años, el interés de la ciencia por las propiedades medicinales de ciertas sustancias está permitiendo que se abran nuevos debates sobre la política de drogas. En América Latina el caso con mayor consenso es el del cannabis medicinal. Sin embargo, aunque algunos países incluso han legalizado su consumo, la mayor fuente de abastecimiento sigue siendo los mercados negros. En esta entrevista García Devis explica el peso del estigma alrededor de la marihuana en los intentos por regular mejor el mercado y propiciar un consumo adulto responsable.

Con 192 millones de usuarios alrededor del mundo, la marihuana es la droga de uso recreacional más común pero, al mismo tiempo, todavía es ilegal en casi todos los países. ¿Por qué crees que se mantiene así?

En América Latina, y en el mundo en general, se mantiene una narrativa del consumo de drogas desde un punto de vista criminal o patológico: las usan quienes rompen la ley y los adictos. Esto sucede a pesar de que la evidencia muestre que no es así. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito señala que cerca del 10% de consumidores son usuarios problemáticos. Es decir, el 90% de personas que consume drogas son usuarios funcionales. Con la marihuana incluso hay pruebas de que no genera adicción sino dependencia pero se le criminaliza, en parte, porque la Convención de Drogas de la ONU en 1961 la incluyó como una de las sustancias que debe ser más fiscalizada, al lado, por ejemplo, de la cocaína y la heroína.

Resaltas una diferencia entre la adicción y la dependencia, ¿cuál es esta?

Bueno, yo no soy un experto en este tema pero básicamente cuando se trata de adicción, el organismo genera una relación con la sustancia, estamos hablando de una dependencia fisiológica. En cambio, con el cannabis el usuario depende psicológicamente de la sustancia quizás para aguantar un día de trabajo o buscar un momento de ocio. Entonces los tratamientos para cortar su consumo son distintos. El efecto en el organismo al tratar de dejar de consumir cannabis no es igual que al de dejar la cocaína. El tabaco genera adicción y, aún así, hay más libertad para su consumo que el del cannabis.

Claro, no se ven imágenes de muerte por sobredosis de marihuana ni de alguien atravesando síndrome de abstinencia por dejar de consumirla. Aún así, hay mucho estigma alrededor de esta planta. ¿Qué prejuicios has notado que se repiten más en América Latina?

Hay varios estigmas hacia la marihuana y hacia los usuarios que se repiten en la región. Lo primero que uno nota viene de la concepción de un individuo productivo. Tú eres lo que puedes producir económicamente para la sociedad entonces la marihuana ha caído en el estigma del relajo y el ocio. El que fuma marihuana no es alguien productivo que aporte al desarrollo económico de la sociedad. Esto es clarísimo en la región anglosajona.

En Estados Unidos existe un estereotipo que relaciona directamente el comercio y el consumo de marihuana con la población afroamericana, ¿notas algo similar en nuestra región?

En Estados Unidos eso es clarísimo. Y se debe en parte al primer zar antidrogas de ese país, Harry J. Anslinger, de los años treinta. Él era un supremacista blanco que consideraba que los afros y los chinos eran unos vagos que pervertían a la juventud blanca con el opio y la marihuana. Esa mirada definió cómo se iba a enfrentar la guerra con las drogas en el continente. En nuestros países la asociación no es tanto de raza sino mucho más etaria y clasista. Señalamos al usuario del cannabis como el hombre o mujer joven que no estudia ni trabaja y eso afecta aun más a los que viven en zonas marginales. Es más criminalizado un joven que fuma cannabis en Barrios Altos que uno que lo hace en Miraflores. Eso sucede en toda América latina, la norma tratará a los jóvenes que consumen marihuana según su estrato socioeconómico.

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La industria del cannabis medicinal es hoy en día una de las que más lobby hace para conseguir regulaciones que le favorezcan y limitar el autocultivo.

Desde hace unos años la marihuana ha pasado a protagonizar otro tipo de discusiones, por ejemplo, sobre sus propiedades medicinales. En algunos países de la región se han aprobado incluso legislaciones al respecto pero sigue primando el mercado negro.

Sí y eso es un gran riesgo en la medida que se ha ampliado el consumo del cannabis terapéutico y medicinal pero no hay una producción estandarizada ni farmacéutica, entonces puede haber efectos contrarios para la salud de los usuarios. Por ejemplo, si algunos productos se hacen a partir de cepas con altos contenidos de THC, pueden generar ansiedades y paranoias y otros trastornos psicológicos en el consumidor. Alguien que acude a una producción no fiscalizada de cannabis puede conseguir una tintura o una crema con TCH cuando en realidad solo necesita CBD. Por eso nosotros insistimos en que debe haber información muy clara de lo que se está ofreciendo. Un adulto debe saber exactamente qué contenido de cannabis va a consumir y qué efectos puede tener. Un mercado no regulado y artesanal que pretende surtir una demanda de cannabis medicinal puede ser muy nocivo para la salud de las personas.

En América Latina al parecer son las madres quienes han asumido la labor de insistir por una mejor legislación y regulación del cannabis medicinal.

Totalmente, ellas han liderado la regulación de este mercado de cannabis. Ha sucedido en México, en Colombia, en Brasil, en Argentina. Hay historias sobre cómo con el autocultivo han desarrollado el cannabis medicinal que necesitan sus hijos y eso ha empujado mucho a la legislación en nuestros países. Creo que es lamentable que en la regulación en Perú no se haya considerado el tema del autocultivo.

Aunque mencionaste que la producción artesanal de cannabis medicinal podría ser riesgosa, ¿por qué avalar el autocultivo en el caso de las madres?

Ese es un punto muy interesante. Si tenemos una regulación suficiente, uno puede aprender a identificar el tipo de semilla que necesitas para producir un tipo de cannabis. La semilla determina la cepa y su porcentaje de CBD o THC. Además hay injertos que se pueden comprar, la mayoría los provee Estados Unidos, Canadá y Holanda. El autocultivo permite que te asegures de la cepa que utilizas. Existen protocolos para hacer una producción aséptica y adecuada. También reduce costos porque saca a las farmacéuticas del medio. La industria del cannabis medicinal es hoy en día una de las que más lobby hace para conseguir regulaciones que le favorezcan y limitar el autocultivo.

Claro, frente a un mercado negro donde compras un frasco sin saber realmente lo que contiene, es mucho más seguro que una madre prepare la medicina exacta que necesita su hijo. Ella se va a asegurar de conseguir el cannabis adecuado.

Sí, es un camino mucho más seguro. En Estados Unidos hay más regulación sobre la información que se brinda de los productos hechos con cannabis. En España también hay un modelo muy interesante que podría servir como base para el tema de las madres. Ellos tienen los clubes cannábicos donde tú pagas una membresía y, de acuerdo a tus necesidades, te producen la marihuana con toda la información sobre sus semillas y los efectos que puede tener.

¿Para probar nuevos modelos necesitaríamos más ajustes en la legalización del cannabis en la región?

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La reforma sobre el consumo de drogas, y de cannabis en este caso, parte desde una palabra que provoca resistencia. Cuando el ciudadano escucha “legalización” cree que se trata de un acceso sin restricciones y amplio a la marihuana. Nosotros preferimos hablar de una regulación responsable: el Estado debe determinar quién, dónde y cuándo se debe producir y consumir marihuana. Eso no sucede ahora. En la región existe un mercado libre de drogas que nadie controla ni regula porque solo tenemos una prohibición ineficiente.

Desde Open Society Foundations proponen abordar el tema de las drogas como un fenómeno social. Es decir: una mejor regulación no solo solucionaría un problema penal o de seguridad pública sino que también impactaría muchos otros aspectos de la vida de los ciudadanos. ¿Nos podrías contar algún caso?

Hay un ejemplo muy interesante sobre eso. En algunos estados de Estados Unidos, después de la legalización y la regulación del cannabis, se vio un incremento en el uso de adultos mayores. Eso demostró que ellos no tenían una resistencia a la sustancia sino a la ilegalidad de la misma. Un anciano que tiene dolor crónico o un pensionado que quiere tener un rato de ocio hoy puede acceder a la marihuana de forma legal y segura. Se les permite explorar otras dimensiones de su persona al regular el consumo lúdico o terapéutico. Incluso pueden reducir el consumo de otras sustancias como el alcohol.

En un texto que escribió Héctor Abad Faciolince para la iniciativa Drogas, políticas y violencia dice que “una persona tiene derecho a decidir sobre su vida, incluso a hacerle daño a su vida”. Él se está refiriendo al ideal de conseguir una regulación que brinde toda la información necesaria a una persona adulta y que, a partir de ahí, ella pueda tomar una decisión.

Existe un concepto de derecho que a nosotros como organización nos gusta mucho. Lo usó primero la Corte Constitucional Colombiana en 1994 y, últimamente, lo retomó la Suprema Corte de Justicia Mexicana para descriminalizar la tenencia y uso de drogas. Es el derecho al libre desarrollo de la personalidad: el derecho a la autonomía e identidad personal que busca proteger la potestad del individuo para tomar decisiones de manera informada. Finalmente, creemos que ese es el rol del Estado. Evidentemente estamos hablando de un uso adulto de la marihuana y no de un mercado amplio para los adolescentes. A nosotros nos interesa que esos términos queden claros.

¿Y crees que el enfoque medicinal es un pequeño avance en la discusión sobre la marihuana? Algo que ayude a verla más allá del porro que fuma un adolescente, por ejemplo.

Definitivamente hoy hay más posibilidad de tener una discusión abierta sobre los diferentes efectos que tiene esta sustancia y la prohibición de la misma. Existe un consenso más avanzado en el uso medicinal del cannabis en la región. Sin embargo, tampoco se puede simplificar el fenómeno de la marihuana a una visión criminal y ahora desde la patología. Hay otros usos como el terapéutico, el recreativo, el lúdico a los que se podría acercar un adulto informado. Hay muchos matices en el fenómeno de las drogas que tienen que ver con el desarrollo rural, la pobreza, el acceso a la salud pública y mucho más. Esperamos que otras sustancias sigan la senda del cannabis. Se podría investigar más las propiedades de la hoja de coca y otras plantas tradicionales que tenemos en la región y regularlas mejor. En la guerra contra las drogas se necesita abandonar la narrativa monolítica y aceptar sus todos sus matices.

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