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Casa de Todos: el hogar para personas de la calle que pasó de una plaza de toros a un local propio

En marzo del 2020, la Plaza de Acho se convirtió en un refugio temporal para personas indigentes. Hoy, la Casa de Todos funciona en un local propio con un nuevo objetivo: darle a adultos mayores que vivían en la calle herramientas para sostenerse por sí mismos.

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Los adultos mayores que residen en la Casa de Todos permanecen en el albergue por un año o un año y medio. Luego de ese tiempo, se busca que retornen con sus familias o que se sostengan por sí mismos.
Foto: Lucero Ascarza

Cuando inició la pandemia por la covid-19, gobiernos alrededor del mundo dieron a los ciudadanos un mismo mensaje: “quédate en casa”. Pero quedarse en casa no es una posibilidad para quienes no tienen una.

En las primeras semanas de la emergencia sanitaria decretada por el Gobierno, diversos reportajes mostraban a personas que vivían, dormían y morían en la calle, en bancas de parques, en veredas. El cierre de los comedores populares que operaban en el Centro Histórico de Lima por la pandemia fue otro golpe para esta población, que perdió acceso a alimentos. Así, quedaban aún más expuestos al hambre y a las enfermedades.

—La Casa de Todos comienza como una respuesta de emergencia humanitaria. La primera idea era armar un gran comedor, pero después, estudiando un poco más el problema, nos dimos cuenta que había que encontrar una modalidad para alojarlos. En ese momento hablamos con el alcalde de Lima, pues al ser un problema de la ciudad había que tener de socios a la autoridad —cuenta Miguel Ríos, coordinador general del proyecto.

La Sociedad de Beneficencia de Lima Metropolitana, que desde 2018 opera como una entidad privada, se acercó al entonces alcalde Jorge Muñoz, quien ofreció respaldo para llevar a cabo la propuesta. El lugar elegido para acoger a las personas de la calle fue la Plaza de Acho, la tercera plaza de toros más antigua del mundo, que está bajo la administración de la Beneficencia. Se decidió que ese sería un refugio temporal, con el nombre de la Casa de Todos.

Como apunta Miguel Ríos, el criterio en ese momento era básicamente salvar la vida a quienes fuera posible, brindándoles atención médica y psicológica, además de equipos de bioseguridad para prevenir el contagio de la covid-19. Empezaron recibiendo a hombres, mujeres y niños, pero luego consideraron que era mejor que las mujeres y los niños fueran acogidos en otro espacio. Así, la principal población que quedó en el lugar —y que hoy son el centro del proyecto— fueron adultos mayores.

Vista desde el palco presidencial (Franz Krajnik)
En el ruedo de la Plaza de Acho, alrededor de 120 personas indigentes encontraron un refugio, alimentación y atención a su salud.
Foto: Franz Krajnik / Casa de Todos. Rostros de la calle en Plaza de Acho (2020).

Es importante precisar que en el Perú, el Estado interviene en el sistema de protección a los adultos mayores desde distintos frentes. Primero que todo, desde el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, pero también desde las municipalidades, que tienen presupuesto específicamente dirigido a la atención de esa población. Por ejemplo, en 2020, la Municipalidad de Lima recibió S/ 557 mil para prevenir condiciones de riesgo de los adultos mayores a través de sus servicios. Además de la administración y construcción de centros de acogida, el municipio también realiza operaciones para identificar a adultos mayores que viven en la calle. Luego se evalúa si es posible reunirlos con sus familias o si hace falta derivarlos a albergues o establecimientos de salud.

Ese procedimiento es hasta ahora uno de los principales aportes de la Municipalidad de Lima a la iniciativa de la Casa de Todos, señala Miguel Ríos. Es dicho gobierno local el que pone el equipo y la logística para ubicar casos de necesidad en las calles. La Beneficencia, que se sostiene en gran parte con donaciones del sector privado, se encarga de financiar los cuidados y la comida que se brinda en el albergue. Además, hay que resaltar que en el tiempo en que la Plaza de Acho funcionó como un refugio temporal hubo otros actores presentes.

—No se da normalmente que tengas en un solo proyecto trabajando al Ministerio de Salud, la Municipalidad, la empresa privada, las clínicas, los bomberos, Defensa Civil, la Cruz Roja, la Beneficencia. Por eso se llama la Casa de Todos, tiene esa capacidad de unir a todos para poner un granito de arena —señala Ríos.

Durmientes (José Vidal)
Las personas que vivían y dormían en la calle quedaron más vulnerables con el inicio de la cuarentena por la covid-19, pues los comedores donde se alimentaban cerraron.
Foto: José Vidal / Casa de Todos. Rostros de la calle en Plaza de Acho (2020).

Aunque la situación de emergencia hacía difícil transitar y movilizar equipos con la misma facilidad que antes, los trabajadores y voluntarios de la Beneficencia, en alianza con la Municipalidad de Lima, lograron levantar las carpas en cuatro días. Según comenta Ríos, sortearon las dificultades al conversar con el Ministerio del Interior y la Policía para que facilite el transporte y movimiento de todos los proveedores involucrados en la implementación del refugio. De esa manera, el 31 de marzo, la Casa de Todos abrió sus puertas.

La misma semana, el estacionamiento del estadio Cashman Center, en la ciudad de Las Vegas, se convertía en un área temporal para que las personas sin hogar pudieran dormir, luego del cierre de un albergue local que acogía a 500 indigentes, debido a un caso de covid-19. La elección de un estacionamiento como refugio, cuando todos los casinos de la ciudad estaban vacíos, fue cuestionada por la prensa y la ciudadanía. En contraste, el caso de la Plaza de Acho, un espacio donde la élite limeña disfrutaba de espectáculos taurinos y que fue convertido en refugio temporal para personas pobres sin hogar, fue recogido por medios internacionales como un ejemplo.

Hoy la Casa de Todos tiene un propósito distinto al de sus inicios, pero la imagen de los indigentes siendo acogidos y atendidos en un monumento histórico tradicionalmente ligado a la sangre y al maltrato de los animales, persiste en la imagen que la población tiene de esta iniciativa.

De la calle a una plaza de toros

“En esos años [década de 1960], venían los toreros y venía la alta alcurnia [a la Plaza de Toros de Acho]. Llegaban en unos carros antiguazos; unas señoras con unos vestidos hasta abajo (...) En ese tiempo los bolsillos eran grandazos. Y, como mi mano era delgadita, entraba toda; chiquitita entró, y saqué la billetera limpia. Bim, bam, bum. Pero no sé cómo se dieron cuenta. Y yo no se la quería devolver: nunca había visto tanto billete junto, en dólares” — Testimonio de Víctor Sono Neira, de 68 años, para el libro Casa de Todos. Rostros de la calle en Plaza de Acho (2020).

Esa anécdota de robo, que marcó la adolescencia de Víctor Sono Neira con su primer paso por un centro penitenciario, es quizá la muestra más clara de la ironía que tenía para los albergados de la Casa de Todos vivir en un lugar como la Plaza de Acho.

—Era súper interesante esto porque, claro, era algo sumamente elitista. Los toros, los toreros, la alcurnia… Y de pronto, ellos se convierten en huéspedes de este espacio suntuoso, de abolengo. Así era como ellos mismos lo reconocían. Él [Víctor Sono] se mataba de risa y decía “ahora yo soy invitado acá en la plaza, ¿qué va a pasar?” —dice el periodista Carlos Fuller, uno de los autores del libro que recoge las historias y los rostros de residentes de la Casa de Todos.

Víctor Sono Neira (Franz Krajnik)
Pasar de vivir en la calle a vivir en una edificación que normalmente acoge a la clase alta de nuestro país, era una ironía para Víctor Sono Neira, uno de los residentes de la Casa de Todos en en 2020.
Foto: Franz Krajnik / Casa de Todos. Rostros de la calle en Plaza de Acho (2020).

Para realizar el proyecto del libro, impulsado por la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC), los periodistas Carlos Fuller y Luis Cáceres y los fotoperiodistas Franz Krajnik y José Vidal pasaron alrededor de dos meses, junio y julio del 2020, visitando la Plaza de Acho cada semana. Ahí observaron que así como había algunas personas que estaban contentas de estar ahí, otras no se acostumbraban a la dinámica del refugio o tenían problemas de convivencia con otros albergados. Algo que no es de extrañar considerando que las 120 personas de la calle que llegaron a la Casa de Todos no eran un grupo uniforme.

—Había gente que había estado de 20 o 30 años viviendo en la calle y ya no tenía familia. Algunas historias fuertes tenían que ver con drogas, con alcohol o simplemente con temas de soledad o de enfermedades —cuenta Franz Krajnik. Uno de los que él más recuerda es justamente Víctor Sono Neira, quien se les acercó para contarles que él había sido delincuente profesional y que su carrera había empezado ahí mismo, en la Plaza de Acho.

Como Sono Neira, otros tenían un pasado de delincuencia, o cargaban con historias de violencia y culpa; pero lo más común era encontrar a personas de la calle que llevaban en el cuerpo y en la mente los estragos de una salud resquebrajada. De acuerdo a Miguel Ríos, había personas con infecciones severas en la piel. Además, el 70% llegó con tuberculosis. Casi el 41% tenía problemas digestivos complejos y 23 personas vivían con VIH.

Por eso, en los tres primeros meses desde que llegaron a la Plaza de Acho, la meta fue restablecer su salud. Solo cuando ese primer objetivo se cumplió, pasaron al segundo: construir una comunidad. Las historias retratadas en el libro Casa de Todos, dan cuenta de esa realidad. “Entre las enfermeras, los técnicos y los albergados se formó un vínculo que fue más allá de lo profesional (...) Se formaron amistades, aunque, también, hubo algunos conflictos; grupos que se aliaron y otros que se enemistaron”, se lee en la publicación.

Miguel Ríos considera positivo que el espíritu de la iniciativa también haya alcanzado a quienes viven en los alrededores de la Plaza de Acho. Según cuenta, hubo un día que los almuerzos de los huéspedes y de los trabajadores no llegaron al refugio. La solución llegó de donde no esperaban.

—Los vecinos se enteraron y a la media hora nos tocaron la puerta con pescado frito y arroz. Eran personas humildes, que buenamente nos daban lo que podían, y nos resolvieron el almuerzo ese día —dice Ríos.

Quizá las únicas personas infelices con el proyecto de la Casa de Todos eran los grupos que apoyan la tauromaquia. De hecho, la Asociación Cultural Taurina del Perú denunció al alcalde Jorge Muñoz por el uso de la Plaza de Acho como refugio temporal. El Centro Taurino de Lima también se manifestó en contra. Entre los motivos, señalaron que se ponía en riesgo el patrimonio cultural y también la salud de los indigentes, por las bacterias que había en el ruedo. Sin embargo, otra agrupación, el Círculo Taurino del Centro, sí expresó su apoyo a la iniciativa pero pidió que se devuelva la Plaza de Acho en el estado que la encontraron.

Eso se cumplió en enero del 2021, cuando parte de la comunidad que se había construido en la Plaza de Acho pasó a vivir en un local de la Beneficencia en Cercado de Lima. Esta vez, con la seguridad de que es un espacio permanente, donde inicia un nuevo capítulo de la Casa de Todos.

De la Plaza de Toros a la Casa de Todos

“Acá hay bastante que hacer y yo no puedo estar parado, no puedo. Si estoy parado, me duermo (...) Todos los días me levanto entre 2 y 3 de la mañana a regar los árboles frutales. Después del desayuno, regreso acá al huerto porque siempre hay algo que podar”

Hace solo dos semanas, uno de los residentes que se hacía cargo del biohuerto, dejó el albergue para ir a vivir con su hijo, así que Rubén Aguirre, de 82 años, es ahora el principal encargado de las labores de jardinería. En el huerto se encuentra cebolla china, romero, lechuga, espinaca, que luego son utilizados en la comida de los adultos mayores. Rubén está contento porque hace poco les han dado un espacio para una nueva chacra, y espera que pronto pueda ser implementada.

La participación de los adultos mayores en actividades productivas es parte del nuevo enfoque de la Casa de Todos. Si bien ahora su local es permanente, la estadía de los albergados no lo es. Actualmente, hay 59 adultos mayores que fueron rescatados de la calle y la capacidad del local es para 70. Se espera que cada uno permanezca en la Casa de Todos entre doce y quince meses, en los que se busca fortalecer sus aptitudes sociales y laborales para que puedan valerse por sí mismos.

—Hay un cambio importante: de lo que era un refugio para que estas personas pudieran estar resguardadas de la pandemia, a esto que es un lugar donde rescatamos a las personas de la calle por un período y en ese período tratamos de restablecer su salud a todo nivel y darles herramientas de reinserción —señala Miguel Ríos, coordinador del proyecto. La reinserción puede significar el regreso con la familia o un trabajo que les permita sostenerse.

Teniendo en cuenta el objetivo, los criterios para elegir qué personas de la calle pueden ir a la Casa de Todos han cambiado. Por ejemplo, si se trata de un adulto mayor que no tiene las capacidades físicas o mentales para ser independiente, y tampoco una familia a la cual volver, pasa a otro albergue. Uno de ellos es el Hogar Canevaro, que también es administrado por la Beneficencia de Lima. Pero, como señala Ríos, sigue pendiente el problema de las personas de la calle que tienen problemas de salud mental y que requieren una atención especializada, algo que la Casa de Todos no puede ofrecer por limitaciones económicas.

En el albergue de Cercado de Lima, los adultos mayores reciben acompañamiento psicológico continuo, de acuerdo con el perfil de cada uno y a cómo ha impactado en ellos la vida en la calle. Las psicólogas y trabajadores sociales también ayudan a los residentes a navegar entre las dificultades y conflictos de la convivencia del día a día.

Rubén cuenta que hace un tiempo lo “castigaron” con no ir al huerto por un mal entendido. Una psicóloga notó que estaba molesto y se acercó a él para conversar. Así se solucionaron las cosas y él pudo regresar a la actividad que lo mantiene contento. Rubén también está incómodo porque dice que un grupo de residentes tiene más horas de televisión que otro. Espera que conversando con las psicólogas puedan resolver ese conflicto.

En agosto del año pasado, Rubén se escapó de la Casa de Todos. Trepó una reja por la noche, pero solo llegó unas pocas cuadras más allá. Personal de Serenazgo lo identificó y lo devolvió al albergue. Cualquier residente puede retirarse voluntariamente, pero debido a la pandemia, las salidas tienen pautas de seguridad. Ahora Rubén podría irse, pero tiene planeado esperar. Quiere aprender más de jardinería.

De acuerdo a su Plan de Trabajo del 2022, este año la Beneficencia de Lima ha destinado un presupuesto de más de dos millones de soles para la Casa de Todos. Actualmente, esos fondos cubren el pago de personal, logística, infraestructura, servicios y actividades para los adultos mayores. En un comedor de la Beneficencia se prepara la comida que consumen todos los días, teniendo en cuenta que hay personas con dietas diferentes: diabéticos, intolerantes a la glucosa, a la lactosa, al gluten. Según comenta Miguel Ríos, se proyecta que a futuro los alimentos se preparen en la misma Casa de Todos, y está en marcha la idea de instalar una panadería con la colaboración de una familia que se dedica a esta actividad. También se proyecta realizar talleres laborales para quienes tienen capacidad para trabajar y de ser independientes fuera de la Casa de Todos.

En sus dos etapas, el proyecto ha acogido a 250 personas. De ellas, 33 retornaron con sus familias. Pero no todos cuentan con una familia a la cual regresar, y son ellos quienes más necesitan desarrollar sus capacidades para poder sostenerse cuando dejen el albergue.

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El nuevo enfoque de la Casa de Todos busca darle asesoría a los adultos mayores que tienen posibilidades de trabajar, como Carlos Loyola, para que puedan sostenerse por sí mismos fuera del albergue.
Foto: Lucero Ascarza

Carlos Loyola, de 74 años, es uno de los más interesados en participar en los talleres laborales. Aunque ahora apoya en actividades de mantenimiento como limpiar baños y regar flores, lo que realmente quisiera hacer son labores de carpintería o artesanía. Está acostumbrado a las actividades manuales pues, además de haber estudiado una carrera técnica en electricidad, guarda el recuerdo de su adolescencia trabajando en carpintería con su papá y sus tíos.

—Me gustaría aprender a hacer cosas que quizá luego podemos vender en una feria para recuperar un poco la inversión que tienen ellos con nosotros —dice Carlos. Él cree que eso también le podría generar ingresos cuando salga del albergue.

En su vida, Carlos ha tenido muchos trabajos. Fue radiooperador en la Marina de Guerra del Perú, pero la muerte de sus padres lo conmocionó a tal punto que no pudo continuar con esa labor. Entonces, compró el taxi que le dio de comer por casi 30 años. Sin embargo, cuando ese auto se malogró, Carlos se quedó sin nada. Con el tiempo, llegó al refugio temporal de la Plaza de Acho a fines del 2020 y al nuevo local en el 2021.

Pero el camino no se ha terminado. Tanto él, como Rubén y los otros residentes, esperan que la Casa de Todos sea un paso hacia un futuro mejor.

Este reportaje fue parte de una colaboración con la iniciativa Global Health NOW de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de Johns Hopkins, que publicó una versión en inglés de la historia.

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