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Los pueblos que se quedan huérfanos

La pandemia de la covid-19 no solo ha golpeado la salud de las comunidades indígenas sino también su patrimonio cultural. La muerte de los apus supone la pérdida de quienes son los guardianes de sus saberes ancestrales y los defensores de sus derechos.

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La muerte de un apu cubre de luto a la comunidad y genera preocupación por la pérdida de alguien considerado irremplazable. Foto: Leslie Searles

El apu, una palabra quechua que significa cerro, señor o poderoso, es el protector de la historia, la cultura y los saberes ancestrales de una comunidad indígena amazónica. Por eso, su muerte representa una pérdida irreparable para estos pueblos. Para el antropólogo Juan Pozada, la figura del apu varía de acuerdo a cada comunidad indígena; sin embargo, cuando alguno fallece, es como si la comunidad se quedara sin rumbo.

En algunos pueblos, se llama apus a los presidentes de las federaciones; en otros, a los jefes comunales, quienes reciben el encargo de representar la voz del pueblo. En todos los casos, su muerte cubre de luto a la comunidad y genera preocupación por la pérdida de alguien considerado irremplazable.

La antropóloga Beatriz Huertas subraya además el papel político del apu, quien sirve de nexo entre el Estado y la comunidad. Dentro de la visión amazónica, un apu tiene mayor importancia que los alcaldes o regidores municipales, explicó Huertas, especialista en cultura amazónica, en una entrevista para la agencia rusa de noticias Sputnik Mundo.

La covid-19 se ha llevado la vida de algunos de estos apus; aunque a más de un año del inicio de la pandemia, no se tiene un registro de los fallecidos. El Ministerio de Salud (Minsa) solo ha reportado hasta la fecha 148 integrantes de comunidades indígenas amazónicas víctimas de esta enfermedad, pero de acuerdo a diversas organizaciones, esta cifra sería mayor. Solo en la etnia shipibo konibo, aseguran que sus muertos superan los 400.

Para entender mejor la importancia de estos líderes y lo que representa su muerte dentro de una comunidad, Salud con Lupa entrevistó a integrantes de cuatro etnias amazónicas que compartieron experiencias de vida con cinco apus.

Una defensora de la igualdad de género, un hombre que luchó para que su comunidad fuera reconocida legalmente y otro que aseguraba hacer milagros con las plantas; también un abanderado de los derechos humanos y un hombre de perfil bajo que mostró su fortaleza cada vez que defendía los derechos de su pueblo. A todos ellos, la covid-19 se los llevó, pero sus seguidores no dejarán que sus enseñanzas queden en el olvido.

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En la imagen, cuatro apus que se llevó la pandemia de la covid-19. Sus muertes representan la pérdida de parte de la sabiduría y cultura de cada comunidad.

El que luchó por un lugar donde vivir

Los Arazaire aún luchan por no desaparecer. Esta comunidad de la etnia Harakbut, ubicada en el río Inambari, provincia de Tambopata, Madre de Dios, fue fundada por José Tijé Huarao en el año 1977, luego de incansables luchas. Tijé era reconocido por ser el único arazaire en dominar su lengua. Y, como todo sabio indígena, Tijé también conocía la cosmovisión de su pueblo: los mitos, cuentos, leyendas, historia, arte, formas de organización social, técnicas ancestrales productivas y propiedades curativas de plantas

“La muerte de José Tijé significa que hemos perdido al último sabio arazaire. Con él se fue una historia, toda una enciclopedia de saberes ancestrales”, dice el líder harakbut Héctor Sueyo.

Tijé falleció el 14 de julio de 2020, a los 81 años, tras haberse infectado con la covid-19. En vida, entregó su tiempo a la defensa de la Amazonía, el lugar donde vivió. Con sus discursos, motivó a más indígenas a proteger sus tierras de la minería.

Pero el miedo a que su cultura desaparezca siempre estuvo presente. “Siempre he pensado que, cuando pase la carretera, se van a generar invasiones a nuestras tierras. Ya los ríos han cambiado su curso por la minería, todo está afectado. Yo soy tatarabuelo y no sé cómo acabará mi familia”, dijo en octubre de 2019 a un medio local.

Este miedo, sin embargo, era su mayor impulso. En 1954, logró que los Arazaire fueran una de las primeras comunidades en ser reconocidas en la región Madre de Dios. Y en 1977, consiguió el reconocimiento por parte del gobierno central. El apu Tijé también fue uno de los fundadores de la Federación Nativa del río Madre de Dios y Afluentes (Fenamad), organización con la que logró defender su comunidad y veló por el derecho de los pobladores a tener un lugar donde vivir.

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El apu Tijé vivía con el temor de que su cultura desaparezca. Era el único que dominaba la lengua de su pueblo. Fenamad

“Mi papá hizo reconocer a la comunidad mucho antes que saliese la Ley de Comunidades Nativas. En 1977 logró titular a la comunidad Arazaire. Esto hizo que, poco a poco, la gente supiera que había el término o la idea de comunidad. En esos años éramos indígenas, pero no teníamos un concepto claro de lo que era comunidad nativa hasta que mi papá creó la comunidad Arazaire”, explicó Marcia Tijé, actual representante de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Madre de Dios y una de los 11 hijos de José Tijé.

En 2018, Tijé fue elegido para representar a los arazaire en la reunión que el papa Francisco sostuvo con líderes indígenas durante su visita a Puerto Maldonado, la capital de Madre de Dios. Hoy que su muerte pone en riesgo la preservación de la cultura de su pueblo, Héctor Sueyo asegura que los hijos del apu seguirán sus enseñanzas. Marcia Tijé ha confirmado que así será: “Vamos a defender y conservar el legado de nuestro padre”.

El que hablaba con las plantas

César Yojajé cuenta que una tarde, al regresar del colegio, vio a través de la ventana de una vivienda cómo un hombre se convertía en una panguana (ave que habita en la selva similar a una gallina). Al llegar a su hogar, le consultó a su papá quién vivía en aquella casa. “Ignacio Duri Palomeque”, le respondió su padre. “Ignacio Duri iba más allá. Cuando él ponía sus manos calmaba el dolor, él ha hecho milagros”, asegura Yojajé, quien ahora es un líder de la etnia ese eja.

Desde aquel episodio, César Yojajé acudió periódicamente a la vivienda del maestro que trabajaba con el ayahuasca. Para Yojajé, y en general para toda la comunidad de Infierno del pueblo ese eja, en Madre de Dios, Duri Palomeque tenía un don especial para relacionarse con las plantas, lo que lo elevaba más allá del plano terrenal. “Un soñador de las plantas”: así lo describió la Fenamad en un comunicado de homenaje ante su fallecimiento en junio del 2020.

Se sabe que Ignacio Duri fue adoptado por misioneros católicos tras ser abandonado por sus padres. Este hecho alimentaba su leyenda entre sus seguidores. En el comunicado de la Fenamad, se afirma que el chamán Duri recibía revelaciones de espíritus de plantas sobre su naturaleza, ubicación y uso medicinal, lo que resultó en el descubrimiento de varias especies previamente desconocidas para la ciencia.

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La visita a la casa de Ignacio Duri era uno de los mayores atractivos de la comunidad de Infierno para los turistas.

Duri Palomeque estaba gustoso de enseñar su arte al pequeño César Yojajé. “No era creído, se adaptaba a cualquier persona y tenía correa ancha (no se ofendía con facilidad ante alguna broma)”, cuenta Yojajé. Esta disposición para la enseñanza le dio tanta fama que de todas partes del mundo llegaban viajeros para conocerlo.

Ignacio Duri se enfermó de covid-19 en las primeras semanas de junio del año pasado. A través de redes sociales, sus familiares solicitaron apoyo para su tratamiento; sin embargo, fue demasiado tarde. Para Yojajé la verdadera causa de la muerte de su maestro fue otra: después de tantos años dedicados a enseñar a sus seguidores, le había llegado la hora de partir.

“Es un vacío enorme, como si me hubieran quemado uno de mis libros. Es que él era como una enciclopedia humana”, dice Yojajé. Ignacio Duri falleció el 18 de junio del 2020, a los 88 años. Continuará guiando a sus aprendices desde su libro Relatos de un chamán de la Amazonía peruana.

El líder que no eligió serlo

Santiago Manuin solía narrar cómo descubrió que dedicaría sus días a luchar por el pueblo awajún y por la Amazonía. Así lo recuerda Isaías Mayan, vicepresidente de la Federación Indígena Awajún del Alto Comainas y Sawientsa (Fiaacsa): en junio del 2009, Manuin se dirigía por la carretera a una actividad privada cuando se topó de lleno con el enfrentamiento entre los integrantes de su pueblo y la Policía. Él ya colaboraba en organizaciones indígenas. De hecho, había sido presidente del Consejo Aguaruna Huambisa, pero aquel día entendió que debía involucrarse totalmente. Aunque pusiera en riesgo su vida.

Aquel enfrentamiento es el recordado “Baguazo”, cuando las comunidades amazónicas lucharon contra las fuerzas de seguridad para evitar que el gobierno del expresidente Alan García aprobase decretos que afectaran una zona protegida por los pueblos originarios. En este conflicto fallecieron 23 policías y 10 indígenas. Manuin intentó lograr un alto al fuego, pero recibió ocho disparos.

Estando hospitalizado y en peligro de muerte, Manuin decidió luchar por los derechos humanos. En el 2014, Manuin fue reconocido con el Premio Nacional de Derechos Humanos por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, en reconocimiento a una vida de servicios a los pueblos amazónicos.

Mayan conoció a Santiago Manuin en un taller sobre la historia del pueblo awajún. Para él, Manuin era un visionario, porque todo lo que él les decía se cumplía: “Él nos decía que vendrán carreteras, vendrán mineras, y serán nuestros enemigos, porque no vendrán con buena intención, sino que dejarán vacío en nuestra naturaleza. Y eso se está cumpliendo”, dice, apenado, el vicepresidente de la Fiaacsa, quien asegura que Manuin no era solo un apu, sino un “pamuk”, es decir, el jefe que representa a toda una nación.

Agostina Mayán, lideresa awajún, que también estuvo presente en el conflicto de Bagua junto a Manuin, lo recuerda como un hombre que nunca se rendía. “Era una persona con defectos y virtudes. Entre estas últimas, puedo decir que era muy bromista y su ataque a los enemigos era de una manera sutil. Siempre fue dialogante”, dice.

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En 2018, Santiago Manuin fue uno de los elegidos para representar a los pueblos indígenas amazónicos ante el Papa Francisco. Andina

El recuerdo que Mayán tiene de él es agridulce. Ella asegura que una ocasión se sintió menospreciada por el apu, quien se negó a respaldar en un proyecto suyo. “Mujercita —le dijo en awajún— , si tu quieres, adelante, pero yo no voy”. “En el mundo awajún, a veces es así: los hombres creen que una mujer no puede ser líder”, cuenta. Fue la única ocasión en que tuvo un problema con el “pamuk”, con quien trabajaría, junto a otros dirigentes, en defensa de su comunidad.

Manuin peleaba sus propias batallas: fue diagnosticado de diabetes y en el 2016 le amputaron una pierna. Sin embargo, estos hechos no detuvieron su activismo por la defensa de su pueblo. En el 2018, fue otro de los líderes elegidos para representar a los pueblos indígenas amazónicos ante el papa Francisco.

El 1 de julio de 2020, tras varios días internado en un hospital de Chiclayo, falleció víctima de la covid-19 y de la falta de oxígeno que afectó a todo el país en las dos primeras olas. Agostina Mayán asegura que uno de los hijos de Manuin, a quien ella llama Santiago Uchi —es decir, Santiago Chico—, sigue los pasos de su padre. Se ha involucrado en la defensa de los derechos de la comunidad awajún y a ella no le cuesta imaginarlo como un futuro dirigente.

El líder de perfil bajo

“Los líderes que no resaltan son los que más se preocupan por su comunidad”, dice la lideresa awajún Agostina Mayán, para resumir la vida de Solicio Impi Ismiño. Este apu awajún se desempeñó como presidente de la Federación de Comunidades Awajún de Bajo Santiago (Fecas), desde donde luchaba por su comunidad, aún con su carácter tranquilo.

Agostina aún recuerda el sentimiento de cólera que le producía el estilo sosegado y pasivo de Solicio Impi en las reuniones con otros dirigentes, hasta que una vez lo escuchó hablar fuerte y claro para dar su posición contra una hidroeléctrica que sería colocada en su pueblo. “Él sabía escuchar y cuando tenía que actuar, lo hacía”, dice.

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Solicio Impi siempre visitaba las comunidades awajún más alejadas. Facebook: Marco Ramirez Galvez

Con ese perfil bajo, Solicio Impi supo ganarse la amistad, el respeto y cargos importantes dentro de su pueblo. Fue gestor local del programa Juntos, y siempre buscó ayudar a las zonas más lejanas. Su amigo Marco Antonio Ramírez recuerda la ocasión en que Solicio Impi le dijo que deberían acudir al lugar más lejano donde interviene el programa gubernamental. Así llegaron a la comunidad nativa Papayacu, cerca a la frontera con Ecuador, donde cantaron el himno nacional y prometieron su ayuda a los pobladores.

El bromista y dialogante Solicio Impi falleció el 27 de junio de 2020. Según su propia comunidad, fue diagnosticado con covid-19; sin embargo, el Ministerio de Salud (Minsa) no ha reconocido que su muerte se haya debido al coronavirus. En una nota de prensa publicada el día de la muerte de Impi, el sector Salud aseguró que en Amazonas no se habían registrado fallecidos por covid-19 en los últimos cuatro días.

La señora “equidad de género”

Tres meses antes de morir, Prescila Maynas Romayna llamó por telefóno a su amigo y compañero de luchas sociales, Ronald Suárez, actual presidente del Consejo Shipibo Konibo Xetebo (Coshikox), para brindarle palabras de apoyo por el fallecimiento de su madre a causa de la covid-19. Esa fue la última vez que ambos hablaron.

Ronald Suárez conoció a Prescila hace más de 40 años, cuando ella tenía unos 15. Y la sigue recordando como en su última llamada: amable y con ganas de ayudar a quien lo necesitara. “Como no teníamos colchonetas, hemos dormido en el suelo cada que veníamos a Lima para presionar al Gobierno [para lograr] la creación de la Universidad Nacional Intercultural de la Amazonía, y ella decía: ‘vamos, continuemos’”.

Esa constancia y su deseo de ayudar, llevaron a Prescila Maynas a ser la primera mujer en presidir la organización indígena más antigua de Ucayali —la Federación de Comunidades Nativas de Ucayali y Afluentes (Feconau) — y a ser dirigente de la Organización Regional Aidesep Ucayali (ORAU). A las mujeres no se les acostumbra llamar apu, pero Prescila realizaba todas las labores que, por tradición, correspondían a uno, explica Ronald Suárez. Era una lideresa.

Prescila Maynas luchó principalmente para reivindicar los derechos de las mujeres y así ellas también puedan ocupar cargos importantes dentro de la comunidad shipibo konibo. Suárez dice que por esta lucha era conocida como la señora “equidad de género”. “Ella abrió un camino para todos”, agrega Néstor Paiva, también miembro de la comunidad shipibo konibo.

La lideresa Maynas solía ser el rostro de las mujeres shipibos konibos ante los medios de comunicación y ante otras organizaciones, pero en sus momentos libres, seguía entregada a su pasión por la artesanía. También era madre de cuatro hijos, una de ellas era adoptada. “Siempre la quiso como una hija más”, recuerda Ronald Suárez. Su esposo era profesor y, según le contó a Suárez la misma Prescila, al principio él se opuso a su lucha por los derechos de las mujeres y de su comunidad. Con el tiempo, eso cambió.

La primera semana de marzo de 2021, Maynas enfermó de covid-19 y el oxígeno, carente en diversas regiones del país, tampoco llegó a tiempo a Ucayali. Ronald Suárez, quien se encontraba repartiendo víveres a diversas comunidades, llegó con un balón de oxígeno una hora después de la muerte de su amiga. Prescila Maynas falleció el 13 de marzo de 2021 a los 60 años.

“Siempre sus hijos me dicen que aún sienten un vacío, pero en cada reunión con los líderes ella siempre está presente, su nombre no ha dejado de ser mencionado”, cuenta Ronald Suárez.

Cuando un apu muere, deja a su pueblo con un dolor similar al de un hijo que pierde a su padre. La covid-19 no solo arrebató la vida de estos líderes de una manera inesperada, sino que acabó con una parte de la sabiduría y cultura de cada comunidad.

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