Opinión | EDITORIAL

La charlatanería no es inofensiva

Sobre la pseudociencia y la misión de Salud con lupa.

Hace un par de semanas, Salud con lupa recibió dos cartas notariales a propósito de un reportaje firmado por nuestra periodista Lucero Ascarza. El reportaje contaba que la Universidad Peruana Cayetano Heredia había ofrecido una conferencia sobre medicina antroposófica, un enfoque terapéutico de raíces esotéricas que recurre a la homeopatía y otras prácticas que carecen de evidencia científica. Lo titulamos: “Una universidad que forma médicos le abre las puertas a las pseudociencias”.

Una de las cartas, enviada por la universidad para que nos rectifiquemos, nos acusaba de adoptar una posición dogmática, contraria a la apertura que requeriría el diálogo científico para que el conocimiento progrese. “Los paradigmas científicos están en constante cambio –lo que hoy es verdad puede no serlo mañana, y muchas teorías inicialmente ridiculizadas terminan dando lugar a nuevos paradigmas, como los historiadores de la ciencia han demostrado. La ciencia no censura el diálogo –lo promueve de forma respetuosa, pues nadie es dueño de la verdad”, afirmaba la carta.

Todo eso suena muy bien. Muy razonable. Muy acorde con la sensibilidad de nuestros tiempos. Sin embargo, sugiere un mensaje peligroso: la idea de que cualquier propuesta terapéutica, tenga sustento en la ciencia o no, merece que se le preste atención. La idea de que cualquiera que prometa curar enfermos –más aún si recurre a un lenguaje que suene científico– debe ser tomado en serio, aunque carezca de rigor. Démosle cabida, por si acaso: no vaya a ser que al final sí tenga razón.

Dicho mensaje resulta peligroso porque amenaza la salud de las personas. La charlatanería no es inofensiva. Dar una palmadita en la espalda a quienes promueven curas milagrosas y miran con sospecha la medicina convencional puede llevar a los pacientes a abandonar los tratamientos más seguros, una aventura que puede pagarse muy caro. Como hemos explicado antes, en el caso del cáncer, la decisión de recibir terapias alternativas en lugar de tratamientos convencionales aumenta el riesgo de muerte. Pero además, un discurso como ese alimenta una actitud que parece crecer en este tiempo: la desconfianza en la ciencia, suplantada por teorías de la conspiración que se expanden con el miedo.

Esa actitud es la base más frágil sobre la que se puede pisar al tomar decisiones de salud y establecer políticas públicas. Para poner un ejemplo: se estima que, entre 1999 y 2008, 330 mil personas murieron en Sudáfrica porque su presidente, Thabo Mbeji, prohibió los antirretrovirales por negarse a aceptar la epidemia del sida. Más recientemente, el rechazo a las vacunas contra la covid-19, a las que se acusaba de ser una herramienta en un plan de una élite para controlar a la población del mundo, obstaculizó el avance de los programas de inmunización, claves para reducir la mortandad en la pandemia.

En nuestro país, el efecto pernicioso del movimiento antivacunas se agravó debido a la falsa seguridad que muchas personas sentían por consumir dióxido de cloro –ese cebo de culebra– o ivermectina, un fármaco que algunos médicos siguieron recomendado aun después de que la comunidad científica internacional descartara su efectividad contra el coronavirus.

Es cierto: ni la ciencia ni los científicos son infalibles. Y es cierto también que la ciencia es un camino lleno de curvas. Lo que se creía verdadero puede ser revisado y refutado, pero no a partir de emociones, creencias o experiencias personales aisladas, sino a partir de procesos sistemáticos y replicables, cuyos resultados son sometidos a la verificación de otros expertos. El conocimiento científico es siempre preliminar: nos ofrece una aproximación a la realidad, la mejor que podemos obtener hasta el momento, si se ha hecho bien la tarea. Se trata del esfuerzo colectivo de edificar sobre los cimientos que otros instalaron.

Hoy, que los bulos viajan a toda prisa en WhatsApp y Telegram, la confianza en la ciencia es más necesaria que nunca. Quienes trabajamos en Salud con lupa creemos que parte de nuestra misión es ayudar a construir esa confianza y combatir la desinformación. Para ello, hemos lanzado especiales como Científicamente comprobado –una plataforma para tomar el pulso al progreso de los tratamientos contra la covid-19–, y Desinformantes, una base de datos de los principales difusores de mentiras respecto a la pandemia. También hemos publicado un especial sobre los efectos adversos atribuidos a la inmunización y los mitos más repetidos por los antivacunas.

Además, estamos empeñados en explicar, en un lenguaje cercano a un público no especializado, la información que produce la ciencia y que nos puede ayudar a vivir más saludables. Deseamos hacer este trabajo cada día mejor porque sirve de algo. Desarrollar una mentalidad crítica y comprender cómo funciona la ciencia es una primera barrera para evitar que nos traguemos los cuentos de los mercaderes de la magia y los profetas de las teorías de la conspiración.

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