Si el Perú es el país de América Latina que cultiva más papas, ¿por qué no exporta ni el 1% de su producción?

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Si el Perú es el país de América Latina que cultiva más papas, ¿por qué no exporta ni el 1% de su producción?

Según el agricultor Rolando Gabriel, el mundo se rendiría a nuestros pies si, en lugar de ofrecer solo insumos, comenzamos a producir opciones más competitivas para el mercado: papas al hilo de colores, vodka de papa, papas nativas congeladas, etc. La inversión del Estado en maquinarias y plantas procesadoras sería el punto de partida para industrializar el tubérculo más representativo del país.

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Aunque en el Perú producimos más de 3 mil variedades de papas, seguimos importando este alimento de otros países y nuestra exportación es casi inexistente. Foto: Andina/Minagri

Rolando Gabriel come papas nativas todo el día: en el desayuno con una taza de café, en el almuerzo con una sopa o una pachamanca, y en el lonche con generosos trozos de queso. “Los agricultores siempre decimos que en la mesa puede faltar todo, menos una papa sancochada”, dice el productor y empresario que lleva 25 años en el rubro agrícola. Aprendió el oficio de sus padres, quienes cosechaban este producto para alimentar a su familia. Años después, luego de una temporada en la selva recolectando plátano y café, decidió volver a Huancavelica, su tierra, para cosechar lo que sus padres habían inculcado en él: su vocación por la papa. En 2009, impulsó la creación de la cooperativa Agropia para exportar snacks de papas nativas a Europa. Fue un camino largo y sinuoso poder conseguir la maquinaria necesaria para procesar este producto (un camino en el que, recalca Gabriel, no obtuvo apoyo del Estado: todo el financiamiento llegó de entidades internacionales). Hoy, luego de varios años, los snacks se venden con éxito en países como Alemania, Bélgica, Francia y España.

Cuando sintió que el proyecto estaba encaminado, Gabriel decidió dejarlo en otras manos y explorar nuevas posibilidades del sector agrícola. Ya no quería exportar snacks, sino más bien producir distintas variedades de papas (entre comerciales y nativas) y buscar la tecnología para conservarlas frescas por más tiempo. “Es decir, industrializar este producto, darle valor agregado, y hacer que dure un poco más en los anaqueles de los supermercados”, comenta el productor de 50 años, quien conoce muy bien la realidad papera del país. En 2018, luego de crear la empresa VISALPI (que significa Vista Alegre Productores Industriales), presentó el proyecto al gobierno regional de Huancavelica, en donde solicitaba presupuesto para montar una planta de procesamiento. Fue el inicio de una larga espera. Desde entonces, Gabriel y las otras 21 familias de agricultores que conforman la empresa aguardan por una respuesta que cada vez parece más lejana.

Desde la comunidad de Vista Alegre, en Huancavelica, nos comenta los obstáculos que hoy enfrentan los agricultores de papa: las importaciones que crecen cada año, el desinterés de los gobiernos por exportar nuestro producto, la sobreproducción que hace que el alimento se pierda en el campo, y principalmente, la falta de iniciativas para crear una industria agrícola de este tubérculo.

¿Cuáles consideras que son los principales problemas del sector agrario? ¿Es cierto que las importaciones de papas afectan a la venta de los pequeños productores?

En el Perú hay más de 3 mil variedades de papa. Sin embargo, cada año se eleva el número de las importaciones, principalmente la de papas congeladas. Hasta el 2019, los reportes indicaban un aumento progresivo de este tipo de importaciones. Y eso es algo que a mí me preocupa. Si tenemos tantas áreas de producción y una enorme variedad de papas nativas, ¿por qué buscamos en otros mercados lo que podríamos producir aquí? Es cierto que el porcentaje de importaciones es pequeño en relación a toda la producción de papa en el país (no alcanza ni el 1%), pero cada año ese porcentaje va subiendo y lo peor es que nosotros sí tenemos la capacidad de producir las papas congeladas, e incluso otros productos procesados como los snacks. Lo que hace falta, entonces, es el valor agregado. Desde mi experiencia como productor, estoy convencido de que la clave para el auge de los agricultores es que el Estado ofrezca el valor agregado de la producción. ¿Y qué significa esto? Por lo general, los agricultores cosechan las papas y las entregan en costales de tela, llenas de tierra y sin haberlas seleccionado rigurosamente. Entonces, el valor agregado significa tener la maquinaria adecuada y las condiciones necesarias para hacer una selección muy cuidadosa de las mejores papas (no de forma manual, que es lo que hacemos ahora, sino con máquinas que aceleren los procesos y trabajen a gran escala). También significa tener la tecnología para etiquetar, envasar y poner en cajas el producto. Con el valor agregado, los agricultores se encargan no solo de ofrecer un producto de mayor calidad, sino de hacerlo con la mejor presentación posible. Eso ayudaría para la industrialización del sector papero.

Estoy seguro de que el mundo se rendiría a nuestros pies si pudiéramos ofrecer papas en distintas presentaciones como snacks, papas en tiras, puré de papa, vodka de papa, etc. Nosotros tenemos la mejor calidad de la materia prima: en colores, formas y sabores. El problema está en el procesamiento. Por ejemplo, en el Perú cada persona consume un promedio de 90 kilos de papa al año. Parece bastante, pero en países como Alemania se consume mucho más, creo que algo de 160 kilos. ¿Por qué sucede esto si aquí tenemos más cantidad y variedad de este alimento? Una respuesta es porque allá el 90% de la papa es procesada: mediante bolsas, cajas y envases. Entonces se vuelve un producto más atractivo y sobre todo más fácil de acceder y consumir. En cambio en nuestro país, aunque la gente aprecia mucho la papa, la mayoría no sabe cómo cocinarla. Hay tantas variedades que no todas se sancochan o preparan igual, entonces cuando las cocinan se revientan y el consumidor no llega a valorar realmente lo que ha comprado. Por tanto, lo que nos corresponde a los productores es entregar un producto listo para ingerir o preparar.

Otro ejemplo del valor agregado sería empezar a elaborar papas al hilo de colores. Con nuestra enorme variedad de tubérculos nativos, podríamos transformar la materia prima y entregarla ya lista para el consumo, en una presentación agradable y muy distinta a lo convencional. ¿Pero cómo logramos esto? La única forma es teniendo inversión y maquinaria. Los países que nos venden papa procesada tienen todos los equipos necesarios. Aquí no existen. Ésa es la gran diferencia.

¿De parte del Estado nunca ha habido alguna iniciativa para dotar a los productores de este tipo de maquinarias e inversiones?

No de forma extendida. Quisiera dejar en claro lo siguiente: no buscamos que el Estado nos regale nada, sino que nos ofrezca la oportunidad de montar plantas equipadas y nosotros nos comprometemos a devolver la inversión en cinco años o menos. Es decir, que el Estado invierta en los agricultores mediante préstamos, créditos u otorgando maquinarias para que podamos industrializar nuestra producción y así generar empleos, potenciar económicamente a las regiones y lograr finalmente que la gente se quede en el campo. Sin el apoyo de los gobiernos, no se puede avanzar de manera masiva, sostenida e industrializada. Todo se reduce a esfuerzos aislados y emprendimientos que no terminan de rendir lo suficiente.

¿Y por qué crees que el Estado no se ha dedicado a ofrecer esta clase de apoyos?

Es algo que siempre me pregunto: ¿por qué los gobiernos no se dan cuenta del enorme potencial que tenemos en el campo? ¿Por qué no ven las riquezas que podemos explotar en nuestras tierras? ¿Por qué no hay ningún esfuerzo en dar un valor agregado a nuestras materias primas? Llevo mucho tiempo preguntándome lo mismo. Pienso que una de las respuestas está en que el Estado suele interesarse más por las importaciones que por ofrecer mejores condiciones a los agricultores. Aquí, por ejemplo, podríamos elaborar las mismas papas congeladas que se compran en el extranjero. En realidad, no sólo podríamos cubrir ese mercado sino además innovarlo con papas congeladas de colores para las pollerías, los restaurantes de las ciudades y el mercado nacional en general.

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A través de su empresa VISALPI, Rolando Gabriel ha logrado organizar a 21 familias de pequeños productores de Huancavelica.

En ese contexto, ¿cuál es la participación real del Ministerio de Agricultura? ¿Y cómo es su vínculo con los pequeños productores?

Según lo que he visto, el trabajo del ministerio en el campo se reduce a una labor básicamente informativa o estadística. Levantan datos en las parcelas y luego hacen informes, pero no realizan un apoyo masivo a los miles de productores. Hay algunas iniciativas, sí, pero son pequeñas y no tienen un gran impacto en el sector. Yo pienso que el ministerio debería emprender inversiones focalizadas por cada región, según sus condiciones y potencialidades. Dichas inversiones tendrían como objetivo montar plantas de procesamiento y promover capacitaciones. Con esto, los agricultores de todo el país podrían organizarse y establecer metas en común.

Se dice que no estamos organizados y que por eso es difícil crear una industria unificada. Sin embargo, en mi experiencia, he podido comprobar que la gran mayoría de productores sí quiere organizarse, siempre y cuando vean que hay un mercado rentable, con oportunidades y un soporte estatal. Y es normal: ¿quién querría asumir riesgos si ve que el Estado lo deja a su suerte? Bajo las mínimas condiciones aseguradas, los agricultores harían de todo para ponerse de acuerdo y canalizar sus demandas y necesidades. Por ejemplo, en VISALPI hemos reunido a 21 familias de pequeños productores. En su momento, para crear la empresa, cada uno de los socios aportó alrededor de mil soles para llevar a cabo el piloto de una planta. Eso fue lo que demostramos en el gobierno regional cuando presentamos el proyecto: que tenemos la voluntad de impulsar el sector papero en nuestra región. Y que somos capaces de hacerlo con financiamiento. Pero llevamos tres años esperando y todavía no tenemos respuesta. Es difícil avanzar así. A veces perdemos la motivación de seguir, porque nosotros no podemos montar una fábrica que cuesta más de medio millón. No está en nuestras posibilidades. Aun así, tuvimos la iniciativa de reunir 60 mil soles entre todos los socios para colocar esta planta piloto. Por eso sí creo que los agricultores estamos dispuestos a asumir riesgos si vemos que hay oportunidades de salir adelante.

Con relación a los riesgos, hace años la cooperativa Agropia se lanzó a exportar snacks de papa, a pesar de no ser un rubro muy desarrollado en nuestro país. Con el tiempo les ha ido muy bien y hoy muchas familias en Huancavelica viven gracias a este emprendimiento. Sin embargo, según datos oficiales, en el Perú importamos más papa de la que exportamos. Teniendo una enorme variedad de este alimento, ¿por qué crees que no le sacamos provecho?

Pienso que las instituciones del gobierno no dan mucho énfasis en exportar papas al mundo. Por ejemplo, el caso que mencionas de la cooperativa Agropia se dio en realidad por financiamientos internacionales, no por apoyo del Estado. Fue gracias a estas inversiones que finalmente pudimos construir la planta para trabajar en la producción, transformación y comercialización de la papa.

Si el Estado realmente invirtiera en el rubro de exportación de tubérculos nativos yo creo que los agricultores estarían en una situación muy distinta. Más allá de conseguir un producto de calidad, lo que se necesita es apoyo económico y marketing internacional. ¿De qué sirve tener un excelente producto si nadie se entera? Y en eso podría enfocarse el gobierno. Nosotros hemos solicitado apoyos específicos, pero siento que no les dan importancia. El Estado es tan lento y burocrático que lo único que queda es que nosotros mismos impulsemos nuestras iniciativas.

Ahora precisamente son tiempos difíciles en donde muchos sectores han solicitado apoyos del gobierno. Luego de un año de pandemia, ¿de qué forma esta crisis ha afectado en el trabajo de los agricultores?

En los primeros meses tuvimos que bajar nuestros precios. Algunos clientes, sobre todo del sector gastronómico, dejaron de comprar y parte de nuestra producción se quedó en el aire. Sin embargo, en comparación con otros rubros, no ha sido tan duro. Pudimos trabajar de la misma manera y, a pesar de la caída de precios, hemos enviado la misma cantidad de papas al mercado de Santa Anita, en Lima, para abastecer a toda la ciudad.

Pero hay algo que me preocupa: desde hace varios meses ciertos insumos que utilizamos para cosechar han subido sus costos. Por ejemplo el abono. El año pasado muchos productores tuvieron que vender sus animales para poder comprar este insumo. Sé que en el 2021 ocurrirá lo mismo o quizá la situación empeore. A pesar de esto, el sector de agricultura no ha recibido ningún bono del Estado durante la pandemia. No es como en otros países que, cuando hay una crisis, los productores reciben subsidios y son apoyados por sus gobiernos. Aquí cada uno debe ver cómo sobrevivir.

Algunos especialistas indican que uno de los principales problemas de este sector es la sobreproducción. Es decir, que los agricultores producen más papas de la que consumimos y, por tanto, el alimento termina perdiéndose. ¿Cuán cierta es esta afirmación?

En los últimos años sí ha habido un problema de sobreproducción, y eso también ha hecho que los agricultores tengamos que bajar nuestros precios para evitar que se pierda una parte de la cosecha. Hay varios factores que nos han llevado a esta situación, como la escasa demanda de algunas variedades o los cambios de clima, pero quisiera destacar otro componente. Hace algunos años las pollerías del país nos compraban una enorme cantidad de papa blanca para freír. Es una industria que consume mucho este producto y nosotros nos encargábamos de proveérselo. Pero últimamente con las importaciones de papas prefritas congeladas las cosas han cambiado. Ya no nos compran y ahora prefieren adquirir este alimento del extranjero porque viene listo para preparar. Esto hizo que una parte de nuestra producción perdiera fuerza en el mercado y que, poco a poco, se quedara sin vender.

Pero hay una forma de resolver el asunto de la sobreproducción, sobre todo la de aquella que debería abastecer durante los meses de cosecha baja. Por lo general, entre marzo y setiembre nuestras cosechas son abundantes, pero luego se reducen en los siguientes meses. Una solución para eso es el biofilm, una tecnología que conserva la papa fresca hasta por cuatro meses. Entonces la idea es producir una gran cantidad de este producto durante la época de abundancia y luego almacenar una parte para vender en los meses de escasez. La industria gastronómica siempre nos pide que proveamos no solo el mismo número de papas al año, sino sobre todo con la misma calidad. Pero eso no se puede, salvo que usemos el biofilm para conservar, almacenar y luego vender como si recién hubiese salido de la cosecha. Es lo que estamos buscando implementar con la planta de procesamiento. En realidad, es un tema de desarrollo tecnológico.

¿Cómo ves el futuro de los pequeños agricultores? ¿Percibes en los jóvenes un interés por desarrollar el sector que heredan de sus padres?

Ese es otro problema: cuando a los jóvenes les toca estudiar o trabajar, prefieren migrar a las ciudades y desvincularse de la labor agraria de sus padres. No ven rentabilidad en el campo. Les parece algo del pasado y sin oportunidad de desarrollo. Entonces van a Lima y estudian profesiones como contabilidad, derecho o alguna carrera técnica. Y eso es porque los mismos productores no han sabido transmitirles la idea de que aquí se puede hacer mucho, no solo como agricultor, sino también desde otras carreras afines al sector productivo. Es algo que yo he intentado inculcar a mis hijos, por ejemplo. Desde pequeños les he dicho que no importa qué suceda en el mundo, el ser humano siempre necesitará consumir y alimentarse. En ese sentido, la supervivencia está en el campo, es aquí de donde brotan los productos básicos para vivir. Con mis hijos he hablado tanto de esto que, de los cinco que tengo, el mayor es agrónomo, la segunda estudia industrias alimentarias y el tercero se prepara para ser ingeniero industrial. Como jóvenes, tienen ideas nuevas y conocen mejor la tecnología que nosotros. Pero son muy pocos los que finalmente deciden continuar en el rubro agrícola. Estoy convencido de que si las nuevas generaciones vieran que hay una industria competitiva y rentable, la gran mayoría se quedaría en el campo e invertiría en la cosecha de sus chacras. Mientras tanto, hasta que eso suceda, solo nos queda seguir trabajando y tratar de mejorar el sector agrícola de nuestra región.

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