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Desde España: ¿cómo viven la segunda ola los médicos latinos de primera línea?

Como voluntarios o con el título recién homologado, cientos de médicos latinoamericanos jugaron una rol clave durante los primeros meses de la pandemia en España. Ahora, en medio de la segunda ola, nos cuentan la dura experiencia de luchar muy lejos de sus familias y sin una red de apoyo necesaria para sobrellevar el impacto psicológico.

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Mariana y Fernando, una pareja de médicos ecuatorianos, atendieron a pacientes Covid-19 durante la primera ola en España, mientras en su país de origen temían por la salud de sus familiares. Antonella Piaggio

Una población muy envejecida, una cultura de gran contacto social y un sistema sanitario que no era tan sólido como se pensaba. España fue en marzo uno de los epicentros europeos del coronavirus y lo está volviendo a ser en la segunda ola de la pandemia que recorre el viejo continente.

Hasta la irrupción del Covid-19, España se preciaba de tener una de las mejores sanidades públicas del mundo. Según un informe de 2019 del Global Health Security Index (GHS), el país contaba con una excelente capacidad para prevenir, detectar y responder ante cualquier brote de enfermedad infecciosa. El coronavirus vino a desnudar las flaquezas del sistema.

La abrumadora cifra de ingresos del inicio de la pandemia desbordó hasta los hospitales más reconocidos y reveló las carencias de personal y medios que dejaron los recortes de la crisis económica del 2008. Los sanitarios, exhaustos tras ocho meses de pandemia, han salido a las calles a manifestarse para pedir mejores condiciones labores. Sin embargo, nada ha cambiado todavía.

En la primera línea de este reto sin precedentes luchan también miles de sanitarios latinoamericanos, algunos desde sus puestos de trabajo habituales y otros incorporados de emergencia desde las listas de voluntarios que buscaban manos por todo el país, especialmente en el epicentro de la primera ola de la pandemia: Madrid.

Los hospitales españoles necesitaban en marzo, y siguen necesitando ahora más personal. Por eso, los médicos latinoamericanos con el título pendiente de homologar se movilizaron a través de sus asociaciones para acelerar ese proceso administrativo. El Gobierno español ofreció una vía rápida excepcional para agilizar estos trámites e incorporarlos durante la pandemia, pero no ha sido suficiente.

El sistema sanitario español acusa la emigración de miles de profesionales formados en el país pero que ejercen en naciones como Reino Unido, con salarios que pueden ser hasta tres o cuatro veces más altos. Hasta ahora no se ha tomado ninguna medida para intentar que regresen.

Al peso que acarrearon todos los sanitarios durante esos meses iniciales de caos y desconcierto, los sanitarios migrantes sumaban el de estar muy lejos de sus familias y el de afrontar una crisis inabarcable sin esa red de apoyo tan necesaria. Estas son algunas de sus historias.

Mariana Maldonado y Fernando Yepez

[Matrimonio de médicos ecuatorianos]

Los dos son médicos, trabajan en el mismo hospital y tienen un hijo de cuatro años. La caótica irrupción de la pandemia en España les colocó ante un rompecabezas: compaginar la presión de la emergencia en su centro con el cuidado de su pequeño las 24 horas tras el cierre de las escuelas. “Si tienes a tu familia relativamente cerca para ayudarte, es distinto, pero teniéndola al otro lado del planeta es muy duro. Lo logramos resolver gracias a nuestro jefe, que nos dejó trabajar a uno de mañana y al otro de tarde”, explica Fernando Yepez.

Mariana es otorrinolaringóloga y Fernando cardiólogo en un hospital de propiedad pública y gestión privada de Alicante. Los dos trataron a pacientes Covid-19 durante la primera ola de la pandemia, que sacudió con especial fuerza a España, y ahora enfrentan el embate de la segunda. Al peso de la incertidumbre sobre la enfermedad y el miedo a llevar el contagio a casa, se les suma la preocupación por sus familias en Ecuador, otro de los países que sufrió con mayor crudeza el primer golpe de la crisis: son mayores, personas de riesgo y no saben cuándo podrán volver a verlos.

“Mi papá vive solo en Quito, él está confinado desde marzo. Te preguntas muchas veces cómo estás acá cuidando un montón de gente cuando tu papá está solo”, reconoce Mariana Maldonado. Y añade: “No ha sido una buena experiencia para nadie, pero si tienes a tus familiares lejos y dentro de un grupo de riesgo todavía lo llevas peor”. Fernando, por lo menos, tiene el alivio de saber que su hermana está allí para lo que puedan necesitar sus mayores.

En el hospital donde trabajan no se llegó nunca al “desastre” que desbordó muchos otros del país, pero el ver las situaciones dantescas que se estaban viviendo en un sistema sanitario robusto como el español les hizo temer lo peor en su Ecuador natal: “Si aquí han pasado las cosas que han pasado, imagínate en Ecuador, que la corrupción es lo normal”, comenta Fernando.

El Colegio de Médicos de Alicante puso a disposición de los facultativos una línea de asesoramiento psicológico, pero el arrastre de la emergencia hizo que muchos doctores no pudieran detenerse a reflexionar sobre cómo se sentían y atender su salud mental con esa herramienta. “No teníamos tiempo ni para hablar de lo que estaba pasando”, recuerda Mariana, que acusa la factura emocional de una de las decepciones que dejó la pandemia para los sanitarios en España: los aplausos diarios a su trabajo cayeron en saco roto cuando los profesionales salieron a manifestarse para pedir mejores condiciones de trabajo. Los recortes de la crisis de 2008 se han sentido más que nunca en esta crisis, que ha llevado al límite al sistema. “Seguimos siendo la última rueda del coche en España, no te cuentan todas las horas que haces, no está bien remunerado. Laboralmente tienes todas las de perder”, lamenta Mariana, al recordar una de las quejas que los sanitarios españoles ya tenían antes de la pandemia y que sigue sin resolución.

Mildre Sánchez

[Dermatóloga venezolana]

La pandemia sorprendió a muchos sanitarios en su puesto de trabajo, pero otros salieron a su encuentro sin tener la obligación. Es el caso de Mildre Sánchez, una médica venezolana que dejó el confort de la clínica privada en la que trabaja como dermatóloga y se anotó enseguida como internista en varias listas de voluntarios para ayudar a contener el desborde que produjo en los hospitales de Madrid el golpe inicial del coronavirus.

Había anuncios buscando sanitarios en todas partes, “también en los chats de médicos venezolanos en España”, recuerda Mildre, que integró un equipo de cuatro doctores que atendía a un promedio de 130 pacientes al día. Tenía en su casa a su marido, sus dos hijos, su cuñada y dos sobrinos, le daba miedo llevarles el virus, pero sentía que tenía que salir a ayudar. Todos lo comprendieron y extremaron las medidas de precaución para no contagiarse. “El primer día fue el peor porque tenía 15 años sin hacer medicina interna y estaba en medio de una urgencia muy difícil, había que aprender a manejar los trajes, pero al final lo fuimos llevando”, recuerda.

“Fueron semanas muy duras, tuvimos el apoyo de una psiquiatra para ayudar a los pacientes, que tenían absoluto pánico: estaban aislados completamente, no se sabía mucho del coronavirus, la tasa de mortalidad era alta”, relata. La psiquiatra no solo les ayudaba a manejar las crisis de los pacientes, también les preguntaba cómo se encontraban ellos. “El trabajo era tanto que no nos daba mucho tiempo de pararnos a sentir y razonar lo que estábamos viviendo”, admite Mildre.

En su equipo Covid-19 coincidió con una colega venezolana y esa conexión le ayudó a sobrellevar mejor la intensidad del trabajo. “No era la primera vez que nos enfrentábamos a situaciones de emergencia, en nuestro país hacemos un poco de medicina de guerra, estamos acostumbrados a manejar situaciones caóticas, con recursos escasos y condiciones precarias; eso nos preparó para enfrentar un poco esta pandemia”, considera Mildre, que llegó a España hace tres años.

La diferencia clave con sus experiencias anteriores en Venezuela son los recursos. “Pienso a diario que esto me podría haber tocado en mi país, de voluntaria en algún hospital y a lo mejor estaría en esa lista de sanitarios que han muerto contagiados”, confiesa. En esa lista están algunos de sus amigos. En junio tenía previsto viajar a Venezuela para dar una charla sobre migración en un congreso de dermatología pero “ya no pasó”. No sabe cuándo podrá volver a ver a sus padres y a su hermana, que han estado muy preocupados de que ella se contagiara. Les ayuda enviándoles dinero y medicinas.

Paola Gudiel

[Neumóloga guatemalteca]

En muchos discursos de la pandemia se ha elevado a los sanitarios a la categoría de héroes: seres que exponen su propia vida para salvar la de otros. Pero lo cierto es que detrás de esa imagen idealista hay personas comunes que no se alistaron en ninguna guerra y tienen, como todos los demás, temores, angustias y dificultades.

A Paola Gudiel, neumóloga guatemalteca en León, la crisis del Covid-19 le ha empujado a reconsiderar su profesión. “Dentro de cinco o diez años no me veo haciendo esto, la situación de este año me ha hecho replantear si quiero seguir en esto toda mi vida. Ves morir a mucha gente, incluso joven, de la noche a la mañana sin nadie”, relata antes de comenzar su primer descanso en seis meses.

Para Paola la pandemia ha sido traumática y pronostica con abatimiento que “va a durar mucho más de lo que la gente piensa”. “Ha sido sin duda lo más traumático que he vivido. Nunca había visto morir a tanta gente de golpe ni me imaginé que esto pudiera pasar”, relata.

León es una de las provincias más envejecidas de España, por lo que Paola y sus compañeros atendieron a pacientes de Covid-19 muy graves y asistieron al efecto devastador de la enfermedad en los ancianos. “Cuando veías que al menos uno de los que lo tenían todo en contra lograba salir del hospital todo tenía un poco de sentido de nuevo”, recuerda.

Paola ha vivido este tiempo separada de su marido en la misma casa: cada uno usando una habitación y un baño distintos, sin comer juntos. “Tenía pánico a contagiarle, porque no sabes qué puede pasar y si tienes la mala suerte de que te toque a ti”, explica. Y añade: “Eso lo hemos vivido muchos compañeros, muchos han pasado meses sin ver a su familia, sin abrazar a sus seres queridos”.

La otra persona más importante de su vida, su padre, está solo en Ciudad de Guatemala y ha sufrido mucho temiendo por la exposición continua de su hija a un virus desconocido y letal para algunas personas. “A veces mi padre leía las noticias de aquí antes que yo, me decía que si no tenía material que no me arriesgara, que lo dejara. Yo le tenía más que amenazado de que debía que quedarse en casa y no salir”, cuenta Paola, que lleva 23 años en España.

Ni su padre ni nadie fuera del hospital la han visto con un equipo de protección Covid-19. “Yo no tengo ninguna foto de todo aquello, lo pasé tan mal que mi vida se paró cuando ocurrió esto”, reconoce, y contiene la respiración ante un otoño e invierno que se revelan igual o peor de duros.

Autores:

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Cristina García Casado

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