Juan José Melchor, pescador de Ancón: “Repsol es un monstruo que nos va a querer ganar como sea”

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Juan José Melchor, pescador de Ancón: “Repsol es un monstruo que nos va a querer ganar como sea”

El derrame de petróleo originado por Repsol ha perjudicado a alrededor de 1.500 familias de pescadores peruanos. En este texto, uno de ellos, Juan Melchor, describe la tensión y los problemas que está atravesando desde que el petróleo contaminó la zona donde solía pescar.

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El pescador Juan Melchor nos acompañó a un recorrido por la bahía de Ancón hace un par de semanas. Foto: Rocío Romero

Juan José Melchor, un pescador de 49 años, caminó junto a un grupo de personas por una de las playas de Ancón. En determinado momento, se adelantó, se puso en cuclillas en una parte de la orilla y metió las manos descubiertas en el mar. Enseguida, alzó una sustancia negra y aceitosa y se la mostró a sus acompañantes, un grupo compuesto por periodistas, autoridades y representantes de oenegés. Esto ocurrió unos días después del derrame de petróleo del 15 de enero, ocasionado por Repsol en la refinería La Pampilla. Esa tarde, mientras Melchor sostenía el crudo, se escuchó entre los murmullos: “Juan, no agarres así, te vas a hacer daño”. Él, un mes después, recuerda la escena y se pregunta: “Pero ¿qué más daño que el que ya nos hizo Repsol?”.

En total, se calcula que Repsol derramó más de 11 mil barriles de petróleo en mar peruano, lo que ha comprometido a miles de especies marinas y ha contaminado más de 116 millones de metros cuadrados, una extensión casi equivalente a la superficie del distrito de San Juan de Lurigancho. Además de las consecuencias medioambientales, el derrame de petróleo ha impactado en las actividades económicas de la zona y ha perjudicado a alrededor de 1,500 pescadores artesanales. Melchor, quien trabaja desde hace más de veinte años en las zonas de Ancón, una de las más afectadas junto a Chancay, Ventanilla, Santa Rosa y Aucallama, describe la ironía que es verse, en la actualidad, obligado a trabajar para aquel que le arruinó el oficio. Una vez a la semana o cada diez días, Melchor es convocado para salir en su embarcación y apoyar, junto a otros pescadores, en las tareas de limpieza. “Ellos han dañado nuestro espacio de trabajo y ahora tenemos que estar a sus órdenes. Vamos pacá, vamos pallá, te dicen, y uno tiene que ir”, explica él. Estas expediciones se hacen bajo la dirección de la empresa Lamor, una service contratada por Repsol, que no ha dado capacitaciones de ningún tipo, no ofrece contratos formales y, en muchos casos, ni siquiera los mínimos implementos. “Nos dan un overol plastificado y guantes de los que se usan para lavar los platos”.

Los representantes de Lamor conducen a las embarcaciones a diversas zonas y los pescadores usan absorbentes de hidrocarburos, unos instrumentos hechos de fibras sintéticas, principalmente de polipropileno, que tienen forma de salchicha y con los que repasan el mar para recuperar el petróleo vertido. Durante las jornadas de limpieza los pescadores sobreexigen el motor de su embarcación, ya que deben tenerlo encendido de manera ininterrumpida. “¿Quién se va a hacer cargo si se perjudica nuestra embarcación?”, pregunta Melchor, y explica que, en cambio, para pescar se usa el motor solo hasta llegar al punto en el que se ejecutará la pesca. Una vez en el lugar, apagan el motor, sueltan las redes y esperan pacientemente. Dado que son muchos los pescadores afectados, se rotan los turnos para salir a las tareas de limpieza. Es decir que cada pescador tiene la opción de ser convocado solo entre tres y cuatro veces al mes. Según informa Melchor, el ingreso que percibe por estas jornadas apenas alcanza el 10% de lo que le traía la pesca mensualmente.

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La bahía de Ancón está contaminada por el petróleo y los pescadores han paralizado sus actividades. EFE

Esta práctica —la de convocar a la población afectada para las tareas de limpieza tras un derrame de crudo— no es inusual entre las empresas petroleras. En 2016, por ejemplo, cuando se produjo la fuga de unos 3 mil barriles de petróleo en el río Chiriaco, en la Amazonía peruana, Petroperú pagó a miembros de la etnia awajún, incluidos niños y niñas, mujeres embarazadas y ancianos, para que limpiaran y recolectaran el petróleo vertido. No se les advirtió del peligro de exponerse al hidrocarburo ni se les dio material de protección. Estas acciones agravaron aún más los riesgos de intoxicación en las comunidades afectadas.

Desde esa tarde en la que alzó petróleo con sus manos en Ancón, Melchor siente un hormigueo en el brazo izquierdo cada vez que se expone al sol y durante algunos días tuvo dolores en el cuerpo, como si se tratara de una fiebre pero sin que el termómetro advirtiera calentura. Los pescadores que limpian el desastre de Repsol usan mascarillas para protegerse del covid-19, pero ningún equipamiento que evite que el olor del combustible penetre en su sistema respiratorio. A Melchor, por lo pronto, le ahogan más las deudas que el olor a crudo: tiene un préstamo impago que invirtió para comprar redes de pesca, el inicio de las clases de sus hijos a la vuelta de la esquina y las cuentas de la casa.

Este pescador vive cerca al kilómetro 37 de la Panamericana Norte, en Ventanilla, y pertenece a la Asociación Central de Pescadores de Ancón (Apesca). La pandemia y sus restricciones ya habían significado para él remar a contracorriente. Cuando a mediados del año pasado empezaron a liberarse algunas medidas, el clima también jugó un rol en contra: no había mucho calor y no entraba mucho pescado. La segunda semana de enero, sin embargo, se empezó a normalizar la temperatura y los pescadores celebraban la abundancia de lisa y corvina en las aguas de la zona. Días después, llegaría la marea negra, arrastrando animales muertos cubiertos de petróleo.

Melchor es propietario de una embarcación a motor de cinco metros de largo por casi dos de ancho. Él asegura que si le pusiera 180 soles de combustible, el triple de lo que normalmente invertiría, podría navegar a seis horas hasta otras zonas y conseguir pescado que no hubiera estado expuesto a contaminación. Sin embargo, no tendría ninguna garantía de que se lo compren. Su testimonio y el de otros pescadores artesanales de Ancón coinciden en que, si encontrasen pescado descontaminado, ningún mayorista se arriesgaría a comprárselo después de lo que se ha visto en la prensa. “Además”, dice, cayendo en cuenta de otra paradoja, “¿a quién le vamos a pagar por ese combustible extra? ¿No es acaso a Repsol?”.

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La empresa Repsol no ha informado hasta el momento cómo se establecerían las indemnizaciones para los pescadores EFE

Existe una enorme incertidumbre respecto a los efectos del derrame a mediano y largo plazo. El pasado 11 de febrero, representantes de Repsol Perú, entre ellos su director, Jaime Fernández-Cuesta, comparecieron ante una comisión investigadora del Congreso. En su exposición, afirmaron que las acciones de limpieza se encuentran en un avance superior al 67%. Sin embargo, el científico estadounidense, Steve Murawski, director del Centro de Análisis y Modelado Integrado de los Ecosistemas del Golfo, quien fue consultado por Mongabay Latam sobre este desastre ecológico, asegura que “es imposible limpiar todo. No importa si trabajan desde ahora hasta el 2050”.

De la misma forma, se han expresado otros especialistas en los diversos medios de comunicación. El biólogo marino Daniel Cáceres, representante de Sustainable Ocean Alliance (SOA) en Latinoamérica, explicó a Salud con lupa la reacción en cadena que ha empezado a gestarse. En resumen, se ha contaminado el plancton. De estos organismos se alimentan los peces. De los peces nos alimentamos nosotros. Es decir, cuando Repsol termine la limpieza del mar, solo lo dejará limpio en cuanto a lo que perciben los sentidos. Desaparecerá la marea negra que todos vimos en los noticieros, pero permanecerá la toxicidad en muchos de los peces de las zonas afectadas.

En el Perú, entra a tallar un concepto especialmente problemático para el consumidor: la trazabilidad (o, más bien, la falta de). Es decir, en la nación que es famosa por comer el pescado crudo con limón, no podemos saber dónde se pescó lo que llegó a nuestra mesa. El ideal, afirma la bióloga Joanna Alfaro-Shigueto, es que los consumidores podamos tener pleno conocimiento del origen del pescado que tenemos en nuestro plato: qué especie es, dónde se pescó y qué embarcación la pescó. Sin embargo, ella, junto a otros investigadores, llegó a la conclusión de que en Lima, el 78% de las veces que pedimos un ceviche, el pescado que comemos no coincide con el que nos ofrecen.

Hasta el momento, Melchor no ha escuchado ningún pronunciamiento de la empresa Repsol sobre cómo se establecerían las indemnizaciones para los pescadores.

Yuri Hooker, biólogo marino y coordinador del Laboratorio de Biología UPCH, explica otro concepto crucial para empezar a entender la magnitud de la tragedia, algo que los científicos llaman bioindicadores. Existen especies, como la concha abanico, por ejemplo, que tienen la suficiente resistencia como para consumir las toxinas de los hidrocarburos, acumularlas y permanecer con vida. “Al analizarlas, se puede calcular cuánto contaminante hay en el medio”, comentó Hooker a RPP. “Según la cantidad de toxinas, se debe delimitar esas zonas y prohibir la pesca, calcular cuántos pescadores se verán afectados y con cuánto se les debe indemnizar”.

Hasta el momento, Melchor no ha escuchado ningún pronunciamiento de la empresa Repsol sobre cómo se establecerían las indemnizaciones para los pescadores. “Nosotros sabemos que no se va a arreglar así de rápido. Ya está contaminado. ¿Cuántos años nos van a perjudicar? Serán muchos años”, reclama. Conforme pasan los días, la situación económica de los pescadores, así como la de estibadores, fileteadores, transportistas, vendedores y trabajadores de turismo, se hace más crítica. Melchor señala especialmente la zona de Pasamayo, donde trabaja su hermano, Germán Emilio, como una de las más olvidadas. En una serie de fotografías y videos tomados el domingo 6 de febrero se puede ver la playa desamparada y el mar aún ennegrecido por el crudo, los animales muertos varados en la costa y las piedras cubiertas de petróleo. Por más que Melchor les ha pedido a los ingenieros de Lamor acercarse a Pasamayo, aún la zona no ha sido parte de ninguna ruta de remediación.

La tarde del domingo, Melchor acudió a otra jornada de limpieza y volvió a casa con ardor en la vista. Por la noche, se fue a acostar y en la mañana despertó con malestar. “No sé si es estrés y tanta preocupación, pero tengo la mitad del cuerpo adormecido”. Antes de ser pescador, Melchor sirvió en el ejército peruano, y trabajó en la unidad de enfermería. Él identifica que estos síntomas podrían corresponder a un pequeño derrame cerebral. “Son secuelas de la misma necesidad que estamos pasando”, asegura, y recuerda las deudas y las cuentas por pagar, la matrícula del colegio. Pregunta de nuevo: “¿Cuánto tiempo más vamos a esperar? No estamos pidiendo una limosna. Nosotros teníamos un sistema de vida. Ellos han malogrado nuestro centro de trabajo con su petróleo y tienen que pagar. Pero Repsol es un monstruo que nos va a querer ganar como sea”.

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