La pandemia dejó al descubierto la precariedad del sistema de salud peruano: servicios fragmentados, financiamiento segmentado y una descentralización que transfirió responsabilidades sin asegurar capacidades. La corrupción y el deterioro de la gestión agravaron esas fallas. Quedó pendiente una transformación que permitiera al Estado ejercer autoridad sanitaria y articular instituciones que trabajaban por separado, para garantizar el derecho a la salud.
Los gobiernos de Castillo, Boluarte, Jerí y Balcázar no abordaron esa agenda. Entre julio de 2021 y julio de 2026, ocho personas ocuparon el Ministerio de Salud. Los relevos interrumpieron políticas y alteraron prioridades, mientras las sucesivas gestiones administraban la precariedad y respondían a las urgencias. El MINSA y EsSalud se volvieron cotos de caza: el «tarjetazo» familiar, partidario y de paisanaje desplazaba al mérito. La salida de funcionarios experimentados privó al sector de conocimientos y memoria institucional.
Las reformas pierden fuerza
Las elecciones abrieron la expectativa de superar ese periodo. Fuerza Popular llegaba con un programa que proponía separar financiamiento y prestación, fortalecer la rectoría del MINSA, modificar la gestión territorial, relanzar los CLAS y establecer un sistema nacional de cuidados. Eran propuestas discutibles, algunas apenas esbozadas, pero ofrecían un punto de partida. Correspondía explicar cómo se llevarían a la práctica.
Con el gobierno instalado, aquellas reformas fueron perdiendo presencia. El discurso presidencial concentró la salud en infancia, adultos mayores e infraestructura. La política general añadió redes y reducción de esperas. En septiembre, Dyer presentó tres prioridades presupuestarias: transformación digital, primer nivel de atención y anemia.
La agenda se fue descafeinando. Mejorar establecimientos, comprar equipos y digitalizar procesos puede resolver problemas importantes. Aun cumpliendo esas metas, seguirían pendientes las fracturas que dificultan ofrecer servicios completos, oportunos y de calidad. El gobierno tampoco explicó cómo esas intervenciones prepararían las reformas prometidas.
Nadie espera transformar el sistema en cien días. En ese plazo sí podía definirse una dirección, reunir un equipo y asignar recursos a objetivos medibles, con una línea de base, plazos y responsables. La elección de un empresario como ministro se justificó por su experiencia gerencial. Si Dyer concentraba su trabajo en mejoras operativas, correspondía conocer sus metas y cómo pensaba alcanzarlas.
La situación exigía prepararse desde antes de asumir. El presupuesto estaba en ejecución, las capacidades institucionales se habían deteriorado y había epidemias en curso. El sarampión y la tosferina, largamente desatendidos por los exministros Vásquez, Quiroz y Velasco, requerían respuestas diferenciadas; las lluvias y las fallas de saneamiento podían agravar el dengue y la leptospirosis. El Niño se sumaba a unas elecciones regionales y municipales que debilitaban a las autoridades salientes y ponían en peligro la continuidad del trabajo territorial.
Demoras y continuismo en la conducción
Sin embargo, la conformación de los equipos estuvo marcada por demoras y continuismo. María Sofía Cuba fue designada viceministra de Salud Pública un mes después del cambio de mando. En EsSalud pasaron 47 días hasta el nombramiento de Zulema Tomás. Hubo conducciones interinas, pero las demoras generaron incertidumbre y parálisis, además de una sensación de improvisación. Fuerza Popular llegó a Palacio sin haber completado los equipos sectoriales. Haber ganado las elecciones no significaba estar preparado para gobernar.
En el MINSA, los nombramientos rápidos conservaron figuras de las administraciones anteriores. Dyer eligió como jefe de gabinete a Luis Quiroz, ministro de Jerí y Balcázar y antes jefe del SIS durante Boluarte, con César Vásquez al frente del sector. Nombró secretario general a Juan Carlos Gonzales Hidalgo, cuyo anterior vínculo matrimonial con la familia Acuña reconoció, aunque negó una cuota partidaria. Para Prestaciones y Aseguramiento escogió a Carlos Espinoza, que venía de dirigir Personal de la Salud.
El ministro había calificado de catastrófica la administración recibida. Incorporar a sus anteriores conductores exigía explicar qué desempeño justificaba confiarles el cambio, especialmente en un sector afectado por el reparto político de cargos.
También costó saber cuáles eran las prioridades que orientaban su gestión, porque cambiaban con cada entrevista o visita inopinada en la que el ministro parecía «descubrir» el desastroso sistema de salud que había heredado. Esas variaciones motivaron mi artículo «Estas son mis prioridades; si no le gustan, tengo otras». La repetición de estas visitas, sin una agenda concreta de soluciones, con responsables y plazos definidos, fue desgastando el impulso de los primeros días. Lo que inicialmente podía transmitir decisión y cercanía terminó por restarle credibilidad: poco a poco, la figura ministerial se devaluó hasta convertirse en un meme.
En esas condiciones se decidió reorganizar el MINSA por 90 días. Una nueva estructura debería responder a funciones y objetivos definidos, con recursos para cumplirlos. El ministro justificó la medida por la necesidad de reducir la burocracia y simplificar los procesos administrativos. Mejorar el archivo o la mesa de partes ayuda; la reorganización debe permitir, además, conducir el sistema, coordinar con las regiones y preparar los servicios para los retos sanitarios del presente y del futuro.
La respuesta ante las emergencias
El Niño permitía comprobar esa capacidad. El plan del MINSA fue aprobado el 4 de septiembre, 38 días después del cambio de gobierno, sin recursos adicionales específicos. El riesgo se conocía. Ese tiempo debía haberse aprovechado para preparar servicios, organizar suministros y acordar responsabilidades territoriales.
A la demora se añadió otra falla: el Ejecutivo creó el 12 de agosto la Comisión Nacional de Gestión del Riesgo del Fenómeno El Niño sin incluir al ministro de Salud entre sus integrantes permanentes. La omisión se corrigió el 21 de octubre, 70 días después.
A fines de octubre, el Congreso aprobó un crédito suplementario multisectorial que, según el MEF, contempla S/691 millones para prestaciones sanitarias y anemia. Es un aporte relevante, aunque no corresponde íntegramente a la preparación frente a El Niño. Queda convertir esos fondos en personal disponible, medicamentos distribuidos y establecimientos preparados.
El abastecimiento, entretanto, empeoraba. Según DIGEMID, la proporción de establecimientos del MINSA y gobiernos regionales con disponibilidad de medicamentos esenciales superior al 80% cayó del 81,74% en julio al 77,37% en septiembre. Casi uno de cada cuatro quedó con una disponibilidad del 80% o menos. El deterioro continuó durante la nueva administración.
La vacunación contra el dengue también perdió velocidad. El análisis de Juan Carbajal sobre registros del HISMINSA mostró que el promedio diario de primeras dosis cayó un 51,6% entre septiembre y el periodo del 1 al 25 de octubre, cuando debía protegerse a la población ante el aumento del riesgo.
Al 30 de octubre, el dengue mostraba un incremento agudo y acumulaba 85.535 casos y 84 fallecidos. El sarampión registraba 2.707 confirmados al 21 de octubre, en 22 regiones y el Callao, con transmisión comunitaria extendida; la leptospirosis sumaba 13.962 casos y 50 muertes hasta la semana epidemiológica 41. Estos acumulados incluyen meses anteriores al gobierno. Su responsabilidad es contener las epidemias y reducir sus consecuencias.
El proyecto presupuestario de 2027 tampoco permite esperar un esfuerzo mayor. Defendido por Dyer, propone S/680 millones menos para la función Salud respecto del presupuesto inicial de 2026 y reduce metas: vacunación completa en menores de 15 meses, del 82,7% al 78%; controles de crecimiento completos en menores de un año, del 53,3% al 46%. Menos recursos y menor ambición para la infancia, una prioridad declarada. El crédito de 2026 no corrige esa programación.
Mientras persisten estas dificultades, el ministro promociona su TikTok con escolares en Piura, aparece en una corrida de toros en Acho y viaja con la presidenta a El Salvador. En medio de las epidemias y de la emergencia por El Niño, esos gestos expresan la ligereza con que el gobierno enfrenta los graves problemas del país. La promoción personal y la frivolidad debilitan la autoridad que Dyer necesita ejercer para conducir la respuesta sanitaria.
En conclusión, en estos cien días, la agenda de gobierno se ha devaluado y Fujimori ha mostrado dificultades para conformar un equipo capaz de afrontar las emergencias y el colapso funcional de los servicios, agravados por El Niño, y sentar las bases de la transformación que su propio partido prometió.
